Opinión

  • | 2016/06/13 00:01

    Tecnología y la nueva democracia

    ¿Llegaremos al fin de la democracia representativa?

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La democracia representativa es un triunfo sobre el poder absoluto, fruto de las revoluciones liberales que llevaron a la burguesía al poder político del que carecían por sangre y origen. El modelo de un Estado que se desvincula del patrimonio personal del monarca surge en ese momento junto a la necesidad de que los burgueses asumieran dicho poder, exigiendo designar representantes dada la imposibilidad de que todos participaran en el gobierno.

Dicho modelo evolucionó en el tiempo ampliando la base de participación como consecuencia del reconocimiento político a las masas de trabajadores, inicialmente acabando con la exigencia de capacidad económica o ilustración para tener derecho al voto y luego con el reconocimiento del mismo derecho a la mujer, para que exista hoy un voto universal reconocido en casi todas las democracias a sus ciudadanos con mayoría de edad, para elegir sus representantes.

La democracia representativa es hoy una forma extendida de organización social en Occidente, no universal, sin duda, y en una de sus facetas más interesantes, supone la fuente y origen de la casta de políticos profesionales cuyo oficio es precisamente representar a su electorado.

Sin embargo, si bien hace solo unas pocas décadas era de hecho condición para su elección contar con alguna ilustración y conocimiento, permitiendo que hombres de relevancia cultural y solvencia moral representaran a la población, el paso del tiempo ha llevado al empobrecimiento del sistema debido a que quienes lo dominan no son los ciudadanos sino precisamente los políticos profesionales, quienes a veces no cuentan con habilidad mayor que la necesaria para hacerse elegir.

Pero como cada acción tiene su reacción, a lo largo del planeta puede verse una tendencia que busca restar poder a los elegidos, cansada la población de los abusos, la corrupción, y la relevancia de los egos por sobre los intereses públicos, que se refleja de una parte en el recrudecimiento del populismo, y de la otra, en el creciente poder de las redes sociales para fiscalizar a los gobiernos.

El populismo es hoy expresión del cansancio, pero es también un engaño que se basa en hablar desde el resentimiento popular para cautivar masas ignorantes con mensajes imposibles, sin que exista realmente compromiso real sobre sus intereses. Sean los Estados Unidos con Donald Trump, España con Iglesias, Maduro en Venezuela o la extrema derecha en Austria, los elegidos o quienes pretenden serlo, manipulan a su antojo con consecuencias que pueden ser desastrosas para las economías.

Sin embargo, la realidad económica y la tecnología moldean ahora el pensamiento de las masas y no les resulta fácil a los elegidos mantenerse ajenos a lo que piensa la población. El caso de China, una economía abierta en un régimen autoritario, demuestra que la libertad política viene tras de la libre empresa y que un pueblo sin hambre no es fácil de reprimir.

La tecnología, por su parte, supone la mayor fuente de democracia en el presente. El acceso al internet equilibra el acceso al conocimiento y permite conocer en un instante la realidad sin que sea sencillo para los elegidos ocultarla a su antojo.

El cambio de mentalidad hace que los elegidos sean fiscalizados en tiempo real y sufran las consecuencias de sus expresiones, moldeándose la opinión idealmente sin filtros.

La democracia, pues, no debe ser lo que ha sido hasta ahora y seguramente llegará un momento en que los electores intervengan directamente en la toma de decisiones por medios electrónicos. Solo piense que su celular con reconocimiento de huella puede resultar mas seguro para emitir un voto que algunos métodos actuales de votación.

Cuando este sistema se masifique, la posibilidad de intervenir en cualquier decisión podría hacer que los elegidos dejen de ser importantes. Y eventualmente ese día sí vuelvan a ser importantes los prohombres pero para ilustrar a la masa, permitiendo que sin intermediarios los pueblos expresen su voluntad. Con el riesgo que ello implique.

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