Opinión

  • | 2017/06/22 00:01

    ¿Sufre su organización de algún trastorno?

    Cuando nos enfocamos en algo, entonces, aumenta nuestra productividad y, en consecuencia, la excelencia en nuestro lugar de trabajo.

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Nuestro trastorno organizacional

Me llamó la atención lo que dijo Daniel Goleman sobre el mal crónico que viven las organizaciones, en su libro Focus. El trastorno de déficit de atención organizacional consiste en la baja atención y la permanente desconcentración que vivimos las personas en los puestos de trabajo. Lo que parece obvio (realmente no lo es) tiene que ver con que nuestra atención determina el desempeño; es decir, pobre atención, pobre desempeño. Por ejemplo, según Goleman, hay de un 20% a un 40% de probabilidades de que usted se distraiga mientras lee este artículo (Goleman, 2016).

Tan grave es la situación que muchas empresas de Silicon Valley han optado por prohibir laptops, celulares y dispositivos digitales durante las reuniones porque han descubierto un déficit de atención en los participantes de las reuniones. 

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Como decía Herbert Simon, el mayor problema de nuestras sociedades actuales radica en que la abundancia de información crea escasez de atención. Esto lo dijo Simon en una época en la que las industrias de la atención como la televisión, el internet y la publicidad no estaban en su mayor apogeo.

En el mundo de la empresa, el directivo se ve asediado por el día a día que, en ocasiones, le impide tomar buenas decisiones. La razón es que el mundo empresarial y organizacional premia e incentiva la velocidad en la toma de las decisiones y la ejecución sin tener en cuenta que por esta presión se termina actuando de manera precipitada. ¿Cuántas veces tomamos una decisión trascendental para la organización sin el más mínimo análisis y nos pasamos el resto de nuestro tiempo corrigiendo los errores que ello conlleva?

General Mills, empresa famosa por marcas como Betty Crocker, Yoplait, Häagen-Dazs, entre otras, alcanzó en los años setenta y ochenta a estar en más de trece sectores de la economía y contó con más de cincuenta negocios diferentes tales como restaurantes, alimentos y juguetes. Al no tener claros sus objetivos, iba por el mercado estadounidense comprando negocios y, naturalmente, destruyendo valor. Algunas decisiones, como incursionar en Europa, tardaron solo diez minutos en considerarse. ¿Nos sucede que muchas veces tomamos decisiones presionados por el día a día sin considerar su alcance, las consecuencias y el impacto para la organización?

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Por esta razón, a muchos directivos les recomiendo que deben “parar su marcha” e “ir a la estación de servicio a llenar el tanque de la gasolina”. Esto significa detener su frenético ritmo y dedicarle un tiempo a pensar y planificar estratégicamente: sacar tiempo para revisar objetivos, tomar nuevas decisiones, llevar a cabo una autoevaluación y, sobre todo, ajustar la agenda a sus prioridades. El día a día nos consume, nos resta capacidad y nos nubla la claridad que necesitamos para tomar buenas decisiones. 

¿Cuánto tiempo dedicamos a un retiro o a una salida al campo; a un buen seminario de reflexión personal complementado con unas lecturas atrayentes y motivantes? Estos son momentos de renovación personal y de acopio de fuerzas, de energía y un aumento de la perspectiva de nuestro papel directivo.

Gestión de nuestros compromisos

Asimismo, otra tarea clave para un directivo es aprender a gestionar los compromisos. ¿Cuántas veces repetimos la expresión: “tenemos que tomarnos un café”? Y la mayoría de las veces este compromiso se queda en el aire. ¿Cuánto nos serviría aprender a no hacer tantas promesas que no vamos a cumplir? Las formas polites de nuestra cultura nos llevan a comunicarnos para quedar bien y no para transmitir mensajes, acercarnos a objetivos o cultivar relaciones y amistades.

En Europa, concretamente en los países nórdicos, por ejemplo, si se tiene la intención de hacer algo, simplemente se hace. En esta cultura jamás se dirá: Tenemos que vernos sino que si dos personas tienen interés en verse, con agenda en mano, le ponen fecha a ese compromiso. Por tal razón, “si tiene la intención de hacer algo, póngale fecha en el calendario o hágalo en el momento” (Fernández, 2016).

El “tengo que…” nos resta atención y concentración porque nos quedamos con la tarea pendiente sin terminar. Por eso, ante una actividad que requiere nuestro tiempo, hágase cuatro preguntas de control: ¿puedo hacerlo ya?, ¿puedo decidir no hacerlo porque no añade valor o no es estratégico?, ¿debo agendarlo para hacerlo en otro momento?, ¿puedo delegarlo?

Debemos reconocer que el verdadero secreto de un buen directivo consiste en prometer menos y dar más y, para ello, el gran tesoro con el que contamos es la gestión de las expectativas. Recordemos que la satisfacción es igual a realidad menos expectativas.

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En resumen, cuando nos enfocamos en algo, entonces, aumenta nuestra productividad y, en consecuencia, la excelencia en nuestro lugar de trabajo.

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