Opinión

  • | 2016/04/27 00:01

    Sí, al parque

    Los festivales al parque han sido vitrinas para nacientes artistas y renovación constante de las diferentes escenas, espacios de intercambio entre productores y promotores de conciertos, de hecho han ido más allá de las luces y los sonidos abriendo la puerta a clínicas de formación de nuestros músicos.

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Bogotá no solo es la capital de un país: en el entramado de calles y carreras que  la constituyen en una mole de cemento y concreto, habitan amalgamadas toda una serie de culturas y pueblos; nacionales y extranjeros, naturales y artificiales, que sin duda, algún día colonizaron y domaron a poquitos estos 2620 metros sobre el nivel del mar, buscando construir  un mejor nivel de calidad de vida y tratando de establecer nuevas metas personales o colectivas.

Es una ciudad que progresivamente y en medio de los avatares del tiempo, ha procurado adaptarse a los cambios de las personas, de las generaciones, de la tecnología y por ende de la cultura; diciendo con ello, que aunque no tenga el arraigo cultural que tienen ciudades como Medellín o Barranquilla; Bogotá ha ido construyendo en medio de la tierra de nadie, motivos de orgullo como sus festivales; si, quizá no tengamos carnavales, pero nuestros festivales “al parque” se han constituido en una zona democrática de convivencia ciudadana, de pluralidad cultural, de expresión sin fronteras, pero ante todo de “parche” en medio de algo tan universal como la música.

De ahí, que anunciada la posible decisión de política pública en torno a consolidar varios festivales en uno, termina siendo no una forma práctica de administrar presupuesto, o de facilitar logísticas y espacios públicos, o en su defecto de sintetizar un esfuerzo de la administración distrital y su burocracia; no, cerrarle el telón a jazz al parque, salsa al parque, rap al parque y Colombia al parque para fusionarlos, termina siendo propinarle un mazazo contundente a unos públicos maduros y de una trayectoria de años, que en medio de estas agendas musicales ha visto representado algo más que el gusto particular por la música, para encontrar un pareto cultural que los representa y los incluye.

Los festivales al parque han terminado siendo vitrinas para nacientes artistas y renovación constante de las diferentes escenas, espacios de intercambio entre productores y promotores de conciertos, de hecho han ido más allá de las luces y los sonidos abriendo la puerta a clínicas de formación de nuestros músicos, y en torno a cada fin de semana de cada año, alrededor del culto a la música, hemos ido aprendiendo a escuchar, a ver y a entender que como ciudad podemos abarcar grandes espectáculos, y desde lo público generar un dispositivo de bienestar para aquellos que no tienen la billetera para ir a estéreo picnic o a Lollapalooza, pero que en un escenario público pueden ver a Esperanza Spalding (ganadora del Grammy en 2011), los Van Van de Cuba o Reynaldo Armas.

Sin duda, las fronteras que hasta el siglo pasado dividían los géneros, hoy se han traslapado, y el jazz y la salsa, o el Hip Hop y el jazz, o la música colombiana y el jazz con chucu chucu, conviven en fraterna armonía; sin embargo, como entre Samsung y Apple cada segmento espera lo suyo y anhela que en el escenario vibre el sueño del que se antojó hace mucho tiempo, como quienes vimos hace un par de años a La Sonora Ponceña tocar 50 años de salsa en plena plaza de Bolívar.

Este es un llamado a la administración distrital buscando que reconsidere un camino que puede corregirse: Hace un tiempo tomamos la decisión de abrirle las puertas a la cultura y la buena música; hoy Bogotá ha recibido la parrilla de conciertos más importante de su historia, que ha representado la activación económica de múltiples sectores de la economía, ¿nos vamos a devolver?  

 

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