Opinión

  • | 2017/05/12 00:01

    Ser amigo del jefe

    ¿Amistad con el que manda? Puede beneficiarle, pero es un arma de doble filo. ¿Es, por lo tanto, imposible?

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El buen jefe es aquél que confía en sus colaboradores y se preocupa por ellos, los motiva, les transmite confianza, es optimista, prudente y honesto. Un momento... ¿no son éstas también las cualidades ideales de un buen amigo? Curiosamente, suele ser más fácil convertir a su superior en amigo que seguir siendo amigo de alguien que se convierte en su jefe.

Algunos estudios sostienen que más de seis horas semanales con un superior directo perjudican los niveles de motivación y creatividad, y que el exceso de tiempo con el jefe se transforma en algo contraproducente. Sin embargo, hay quien decide estar cerca de su jefe, pasar tiempo con él o ella y formar parte del grupo selecto. La apuesta tiene ventajas, pero ser el favorito de quien manda también implica contrapartidas.

Debe tener en cuenta que cuando un jefe se involucra excesivamente con las personas de su equipo pierde objetividad. La cercanía lleva a valorar más al que está cerca, en detrimento de personas más cualificadas, y la promoción profesional que resulta de todo esto no es propia de un buen mando, sino de alguien con hábitos de liderazgo mediocres.

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Si confunde una posible amistad con su jefe con ser dócil e inofensivo, puede llevarle a estar en el grupo de confianza, pero solo por adoptar el rol de satisfacer a su superior. Se trata de un trabajo duro. Preocuparse constantemente de agradar al jefe es una tarea muy complicada para la que no todo el mundo vale.

Solo he visto que esta estrategia dé resultados con jefes a punto de jubilarse o con presidentes de naciones al final de sus mandatos. A largo plazo, la actitud aduladora es un error que puede costarle caro. Para empezar, sufrirá una transformación que le llevará a ser cada vez menos profesional. Pero lo peor es que el adulador que vive rodeado de decisiones inadecuadas e injusticias, y las consiente, termina siendo víctima de todo eso que tolera. Su amistad con un mal jefe puede ser tóxica, porque éste ni quiere, ni valora, ni respeta a quien lo adula. Si es su caso, debe prepararse para el hecho de que, cuando las cosas se pongan complicadas para quien manda, éste no dudará en abandonar al adulador a su suerte.

Veamos algunos datos. Según un artículo de El País, el 70% de quienes cambian de trabajo lo hace por una mala relación con su superior inmediato. La agencia Gallup sitúa las relaciones tóxicas con los jefes como primer motivo de renuncia a un puesto de trabajo, por encima del sueldo, la jornada laboral o las horas extras no pagadas.

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Estos números inclinan a valorar la amistad con un superior como una situación privilegiada, exclusiva y deseable. Pero, como tantas veces, se trata de una cuestión de extremos. La consultora Otto Walter reveló que seis de cada diez trabajadores no confían en su jefe.

Muchos entregan su vida por conquistar a su jefe. Pero si se profundiza en la amistad, los colegas empiezan a percibirles como sujetos siniestros. Una contrapartida dramática es el recelo de los verdaderos socios de trinchera. Una coyuntura que podría ser contraproducente hasta en términos de eficiencia: algunos estudios dicen que tener un amigo entre los compañeros aumenta la productividad. Según una encuesta a 80.000 personas realizada por Gallup, el 50% de los entrevistados aseguró que constituye un incentivo para comprometerse.

Hay también jefes desesperados por hacerse amigos de sus empleados, preocupadísimos por no ofrecer una imagen de dominio o de poder: los que cuentan chistes de mal gusto, los entregados emocionalmente, los empáticos sobreactuados, los elogiosos sin causa. Los chistes sin gracia pintan la radiografía perfecta de cómo la jerarquía laboral absorbe lo personal. Nos reímos, y esa risa que a otro no le concederíamos revela que difícilmente una amistad así se moverá en parámetros naturales y de confianza cierta.

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No obstante, no es lo mismo tener un jefe y plantearnos la posibilidad de ser o no su amigo, que tener un amigo y que, por capricho del destino laboral, acabe siendo nuestro superior. ¿Cómo lidiamos con eso? ¿Y si nosotros también optábamos a ese puesto? Las posibles complicaciones son muchas y variadas, pero la receta de la inteligencia emocional y la comunicación fluida sigue vigente. Eso sí, tendremos que aplicarla con más ahínco, ya que nos jugamos más: no es lo mismo no incorporar a su jefe como amigo que perder a alguien que ya le importaba antes de que la situación laboral cambiara.

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