Opinión

  • | 2017/01/12 00:01

    Ruta hacia la ineficiencia

    El peaje de Cajamarca es el máximo reflejo de nuestro país. Un país que de vez en cuando le da por pensar en grande y diseñar un sofisticado sistema de licitaciones para modernizar nuestro sistema vial, para luego entregarle la administración y manejo al más inepto e incapaz sistema gerencial.

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Pocos paisajes tan privilegiados como el de nuestro país. Tenemos un tesoro que se extiende a lo largo y ancho de nuestro territorio. Los matices de verdes, la variedad y color de sus cultivos, la diversidad de su flora, sus ríos. En unos pocos kilómetros, y en este caso hablo de la ruta de Bogotá a Pereira que acabo de hacer y que no tiene más de 325 kilómetros, recorremos una geografía diversa y hermosa que realmente es difícil de encontrar en otros países y que últimamente empieza a atraer a turistas de otras partes que así lo certifican.

Esa realidad, unida a mi pasión por manejar (y a que los pasajes estaban incomprables), me animó este fin de año a recorrer de nuevo este trayecto que aunque me lo sé de memoria, siempre me llena de recuerdos. Ya no llevo fiambre como lo hacíamos de niño; lo he cambiado por tres paradas que no perdono: El Rancho de Jairo, los Quesillos en la Plaza de Espinal y un Kumis con Brandy que venden en la Paloma, delante de Cajamarca que merecería el calificativo de fuera de concurso y que me lo tomaría doble si no fuera por la oposición de  mis hijos afanados que quieren recuperar el traspaso de una que otra mula que había logrado vencer en la única recta que hay entre Ibagué y Cajamarca.

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Esta, como muchas otras en Colombia, es una carretera cuyo trayecto ya paga la venida al país. El cambio de altura se huele desde la ventana, y la variedad y hermosura empieza a estar a tono con unas carreteras que remedan ya estándares internacionales. Doble calzadas bien hechas, bien especificadas, bien señalizadas, y en general más o menos bien mantenidas. Cuando terminen el túnel de la línea -que se metieron a hacer sin recursos-, y los viaductos que lo acompañan (ya se están cayendo), Bogotá- Pereira debería ser un trayecto que se haga máximo en 4,5 horas sin tener que exceder los límites de velocidad permitidos.

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Lo que sigo sin entender, porque realmente escapa a la comprensión del menos experto, es por qué nuestro sistema vial lo tenemos que acompañar de la mayor de las ineficiencias gerenciales a la hora de manejar el enorme flujo de vehículos a los que los anima la misma nostalgia mía, y que por supuesto tiene que cumplir con trámites lógicos como el del pago de peajes, dentro de la más articulada ineficiencia de la que país alguno pueda hacer gala y sin ningún tipo de sanción.

Salir de Bogotá me tomó 1 hora y 45 minutos. Entendible dentro del marco de nuestra caótica ciudad a la que años de descuido dejó sin vías de acceso y salida lo que hace en la práctica que todos tengamos que usar uno de los 4 embudos que hay (¡y Petro todavía patalea!). Esa parte para ser franco era previsible: A pesar del madrugón del 30 de Diciembre, otros 700.000 carros tuvieron la misma lógica.

El problema desafortunadamente no fue salir. El problema realmente de las 10 horas que me tomó finalmente el trayecto (es decir 32 kms por hora), fue pagar los peajes, tema que en cualquier parte del mundo está resuelto hace muchas décadas y que por alguna inexplicable razón en Colombia no hemos sido capaces de manejar. El trancón del peaje de Chusacá llegaba hasta el Muña (40 minutos perdidos), el del peaje de Fusagasugá era de cerca de 10 kilómetros (50 minutos perdidos) y finalmente el del peaje de Cajamarca hace un trancón de casi una hora.

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Este último merece una mención de honor. El peaje de Cajamarca es el máximo reflejo de nuestro país. Un país que de vez en cuando le da por pensar en grande y diseñar un sofisticado sistema de licitaciones para modernizar nuestro sistema vial, para luego entregarle la administración y manejo al más inepto e incapaz sistema gerencial. Nuestra coordillera Central aparte de hermosa, puede ser bien compleja de construir. Lo que no tiene explicación de ningún tipo es que les dé por poner el peaje precisamente en el sitio más estrecho de todo su trayecto, y salvo que tenga una clara explicación para bajar los índices de desempleo (es una infinita cola de muchachos recién entrenados que reciben anticipadamente  el peaje y que en la práctica no agilizan nada, y una inagotable fila de vendedores ambulantes que aprovechan para hacer su agosto), la verdad es que ese peaje está diseñado para causar trastornos mentales casi que incurables.

Me da la impresión, es más lo podría asegurar, que nuestro sistema gerencial vial, es decir aquel que licita, construye y luego “administra”, viaja en avión. No existe una explicación distinta a la desidia, falta de planeación, y absoluta ineficiencia del sistema de peajes. Me da la impresión también de que cuando viajan al extranjero tampoco montan en carro. El sistema de peajes está inventado, hace décadas, ya está automatizado, y en muchos casos se carga de manera automática. No hay derecho que estemos acompañando buenas ideas (la modernización vial lo es) y esfuerzos mayores que se han dado en el país por tratar de construir dentro del marco de cronogramas más o menos racionales, con un sistema que deja luego totalmente al margen al consumidor final que tiene que ver como lo que se hizo con la mano se borra de tajo con el codo.

 Tenemos una geografía privilegiada, y recorrerla en carro debería ser casi que obligado en un país que saca diez en hermosura y que ya empieza a hacer gala de unas carreteras decentes. Someter al usuario a una velocidad de 32Kms por ineficiencia tiene que ser penalizado pero sobre todo necesita con urgencia ser ¡corregido!.

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