Opinión

  • | 2013/11/05 15:00

    ¿Qué diría un francés del salario mínimo en Colombia?

    Un desprevenido francés al escuchar que un colombiano devenga más de $1.000.000, muy seguramente haciendo analogía con los que ganan un millón de euros en su país, tendería a pensar que esa persona es millonaria. Opinión de Pablo Moreno Alemay.*

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Esto le daría a pensar que tiene una elegante mansión y un par de carros de uso personal (en eso último sí puede tener razón, aunque seguramente desconozca que el objetivo de ello sea evitar algo llamado pico y placa). Estaría equivocado naturalmente, e incluso más equivocado cuando deduzca la misma conclusión al escuchar que otro colombiano, a pesar de no ganar una cifra de seis dígitos, siga devengando una cantidad elevada, específicamente $589.500 (el salario mínimo legal vigente en Colombia).

Nuestro desprevenido francés, que no tiene por qué saber cuál es la tasa de cambio de euros por pesos colombianos, averiguará la equivalencia y se enterará que nuestra devaluada moneda nacional tiene una relación un poco superior a los 2.500 pesos por cada euro. Con ese número y un rápido cálculo matemático sabrá que dicho colombiano está lejos de ser una persona adinerada, y con calculadora en mano constatará que el salario de esa persona equivale realmente a unos 236 euros mensuales, por lo que pensará: “Ese colombiano es extremadamente pobre”.

Reflexiona un poco más y piensa que Colombia es un país suramericano donde todos los salarios son bajos y lo mismo debe ser el costo de vida de sus ciudades, por lo que supone que quizás para una economía latinoamericana ese salario equivale en términos reales a los 1.430 euros que ganan sus compatriotas que devengan los salarios más bajos (mínimo en Francia). Sin embargo, no conforme con esa explicación, decide averiguar un poco más y se da cuenta que dicho supuesto tampoco es tan válido.

El francés que gana esa cifra paga 1,70 euros por el trayecto que va desde su casa hasta su lugar de trabajo. Claro está que como va cinco días a la semana a trabajar y por lo tanto unas 20 veces al mes, mejor compra una tarjeta mensual aprovechando el descuento que ofrece la empresa proveedora de este servicio y por lo tanto el valor diario que incurre en transporte se ve altamente disminuido.

Este sistema tiene en cuenta la distancia a recorrer, pensemos entonces en un caso (no tan probable) de un francés que se desplace desde la zona 5 (más distante de París) hacia la zona 1 (centro de París). Su tarjeta mensual de transporte la adquiere por un valor de 113,20 euros que le permite hacer un número indefinido de trayectos. Haciendo una simple regla de tres comparando su nivel de ingreso con lo gastado en transporte, destina un poco menos del 8% de su salario en desplazamiento para trabajar. En contraste, el trabajador colombiano no importa dónde viva, pagará siempre el mismo precio (tenga en cuenta que el francés que analizamos pagó la tarifa más alta).

Esto quiere decir, que en el caso (no tan probable) que sólo necesite utilizar Transmilenio para llegar a su lugar de trabajo, pagará 1.700 pesos de ida, y 1.700 pesos de vuelta todos los días, sin acceder a ningún descuento pues la única posibilidad que tiene para pagar menos es desplazarse en horas valle, lo que no es posible pues debe empezar labores a las 8 de la mañana. Si suponemos que trabaja 22 días al mes (teniendo el sábado libre), gastaría $74.800 mensuales, lo que equivale a casi el 13% de sus ingresos. Quiere decir que ese colombiano que tiene la suerte que un único medio de transporte lo lleve a su lugar de trabajo gasta cinco puntos porcentuales más que ese francés que tiene la mala suerte de tener que pagar la tarifa más alta por vivir lejos de su empresa, teniendo en cuenta además que el colombiano debe pagar en forma adicional cualquier otro viaje diferente al de ir a trabajar.

El francés, ya no tan desprevenido, sino más bien indignado, piensa ahora en la educación: Acostumbrado a verla como un derecho que debe garantizársele a toda la población, revisa la legislación colombiana y ve que efectivamente las leyes nacionales promueven dicho derecho, pero nota algo muy diferente entre su país y el nuestro. La calidad en la educación primaria y secundaria no es igual cuando es pública que cuando es privada. El presupuesto por colegio que reciben por parte del ejecutivo los públicos, se aleja mucho del que gozan los que cuentan con aportes privados, y es tan relevante esa diferencia de calidad que cuando nuestro francés revisa con más detalle los hábitos de los colombianos, se da cuenta que personas con varios años de experiencia laboral siguen incluso resaltando en su hoja de vida de cuál colegio (privado) se graduaron. Es evidente que los hijos de quienes devengan el salario mínimo en Colombia no suelen acceder a colegios privados pues no tienen cómo cubrir las altas matrículas de estas instituciones.

Transporte, educación, y naturalmente los precios de la vivienda que permanecen en una continua tendencia creciente descartando aparentemente la posibilidad de una burbuja, demuestran que este es un país con un costo de vida muy alto y que por lo tanto el nivel de salarios no es suficiente para gran parte de la población: No lo es para personas que devengan más de un millón de pesos, mucho menos para quienes reciben el salario mínimo, el cual equivale a tan solo 236 euros.

Nuestro indignado francés estará muy de acuerdo entonces con el Vicepresidente Garzón cuando pide que el ajuste para el próximo año sea más generoso, sobretodo, cuando el Gobierno aprobó una prima mensual para los congresistas de casi ocho millones de pesos, es decir casi 3.200 euros y más de 13 veces el salario mínimo de los colombianos.

En conclusión, ya sea mediante un acuerdo en el cálculo técnico del ajuste o vía decreto por medio de la fórmula que proponga el Gobierno, nuestro francés, como este autor, supondrá que es normal exigir que el salario mínimo en Colombia no sea tan mínimo para el 2014.


* Jefe de Área de Finanzas
Universidad de La Sabana
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