Opinión

  • | 2014/01/27 10:00

    A propósito del Día de la Educación Ambiental

    En el año existen celebraciones que responden a razones personales, familiares, nacionales o mundiales. No obstante el objetivo es el mismo, conmemorar un evento o un compromiso importante para la persona o la sociedad. Opinión de Jefferson Galeano.*

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Pues bien, existe un día que no goza del mismo protagonismo que otras conmemoraciones como: el día del árbol, el día del agua o el bien recordado 22 de abril, día de la Tierra. Esta fecha, que sin lugar a dudas o discrepancias cobra importancia en el panorama actual, es el día de la educación ambiental. Expresión que se escucha en colegios o que se lee en algunos apartados de los informes de responsabilidad social de las empresas o compañías más importante del país.

Al final de la década del 60 y principio del 70, el mundo manifestó su preocupación por el deterioro del medio ambiente. Acto seguido se diseñaron diversas estrategias para frenar o mitigar el daño causado a los ecosistemas; una de ellas fue la de educar a la población mundial en cuestiones ambientales, idea que se incluyó en la Declaración de Estocolmo redactada en la cumbre de la tierra de 1972. Pero, realmente la educación ambiental se impulsó institucionalmente en el Seminario Internacional de Educación Ambiental que se realizó en Belgrado (Serbia), en 1975. Allí se definieron metas y objetivos, como también se declaró el 26 de enero como fecha conmemorativa para recordar el compromiso adoptado por las naciones participantes para dotar a los ciudadanos de herramientas, competencias y habilidades para conservar, proteger y cuidar el medio ambiente.

Este compromiso es dado desde los sistemas educativos, en Colombia se realiza desde los Proyectos ambientales escolares. No obstante, para muchos la educación ambiental se asocia con el programa de reciclaje del colegio o la empresa, el curso o conferencia de cuidado y protección de medio ambiente que recibimos en alguna que otra capacitación.

Para otros la expresión es nueva. El Dr. Wilches, reconocido ambientalista colombiano menciona que “la educación ambiental es mucho más que una materia en el pensum escolar, e incluso va mucho más allá de la transversalidad en sentido convencional, para convertirse en un modo de ser, de pensar, de aprender, de enseñar y de actuar”. Entonces el acto educativo ambiental transciende las fronteras de la institución educativa para otorgar esa responsabilidad a la sociedad y sus instituciones.

Es decir, empresas, organizaciones, organismos estatales y la familia se convierte en agentes educativos con responsabilidad ética de formar al ciudadano en el cuidado y protección de los ecosistemas. Por tanto, cada institución grande o pequeña es un agente educador ambiental. Cabe la pregunta ¿aquellos sujetos o entidades que son protagonistas activos en el desarrollo de una región son agentes educativos ambientales? La respuesta a este interrogante solo puede ser dada al interior de las instituciones. Debe ser discutida en las mesas de trabajo que definen el futuro de las compañías.

Lo cierto es que el mensaje que se está emitiendo en las últimas semanas a través de los medios de comunicación con las discusiones que atraviesa el país en materia ambiental deja la sensación que ese rol de las entidades como agentes educativos ambientales no es el más adecuado.

Lo cierto es que en una sociedad como la colombiana, que aún desconoce las dinámicas y las riquezas de los territorios, deben existir mensajes contundentes que eduquen y formen a la población en criterios de participación en un desarrollo humano sostenible que prevalezca el bienestar humano si afectar otros motores de desarrollo.

* Profesor de La Universidad de La Sabana


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