Opinión

  • | 2014/06/09 11:30

    El fantasma que asusta al mundial

    Las imágenes que llegan del país de las caipiriñas no son alentadoras. A menos de una semana que se inicie el espectáculo deportivo más importante del mundo, los brasileros están volcados en las calles y no precisamente alentando a su selección. Opinión de Diego Cediel.*

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Las imágenes que llegan del país de las caipiriñas no son alentadoras. A menos de una semana que se inicie el espectáculo deportivo más importante del mundo, los brasileros están volcados en las calles y no precisamente alentando a su selección.

Brasil, el mismo país que la comunidad internacional ve con ojos de gigante y considerado como una de las economías más fuertes, sólidas y con mayor proyección de crecimiento, ha salido a protestar por el derroche, la corrupción, el olvido y la soberbia gubernamental. Dilma Rousseff, su presidenta, no la tiene fácil y, menos en medio de un escenario de reelección y revalidación políticas.

Las protestas han trascendido las fronteras e inundan las redes sociales: Facebook y Twitter. No solo Sao Pablo sino Río de Janeiro y otras ciudades del mundo, donde residen brasileños, han sumado sus voces y alientos de protesta ante las exorbitantes cifras de gasto público invertidas en estadios, adecuación de la red hotelera y modernización de las tecnologías del deporte que bien, para la mayoría de los manifestantes, podrían haber ayudado a elevar el nivel de vida de una de las naciones más desiguales del mundo. En pocas palabras y el mensaje entre línea es: los brasileros no comen fútbol.

A menos de una semana que se inaugure el mundial, los anfitriones tienen muchas preguntas y están llenos de miedo, no precisamente porque se repita el fatídico ‘maracanaso’. Se cuestionan: ¿Por qué, a raíz de casi una decena de años con un crecimiento económico regional envidiable, una política internacional con repercusiones históricas y una clase política sólida y determinante para el destino nacional, se rebela un conjunto de jóvenes que se sienten estafados por su baja irrigación de beneficios a las clases menos favorecidas?

La respuesta se da en función de que la desigualdad y la pobreza aquejan casi a las mismas cifras de mujeres y adolescentes que hace diez años. Obvio, Brasil está mejor, pero más inequitativo que nunca, según los protestantes. A pesar de que la actual clase política gozara hace unos años de una favorabilidad incuestionable e histórica, Dilma Rousseff, su gabinete ministerial y sus colaboradores estatales y locales son abucheados en cuanta reunión e inauguración presiden. No solo abucheados, han sido confrontados por medios de comunicación y líderes políticos por ser representantes de una burguesía que solo piensa en términos económicos y comerciales internacionales, pero de esquemas de resolución de la pobreza o la desnutrición infantil, se ven poco interesados.

Un síntoma de esa agonía social es que el servicio público de trasporte y la educación pública básica, media y superior se han convertido en los caballos de batalla de los ciudadanos inconformes. El sistema público del metro, a pesar de recibir ingentes cantidades de dinero para su mantenimiento y ampliación, sigue teniendo precios que para un brasileño en situación de pobreza representa un duro golpe a su lánguida economía familiar.

Los estudiantes de todas las capas de la estructura educativa exigen que se les financien matrículas, pensiones, materiales y mejoramiento de instalaciones con la avalancha de dólares gastados en estadios y complejos hoteleros. Parece que esos mismos manifestantes en contra del derroche estatal en aeropuertos y no en colegios también reclaman inversión en políticas nacionales que alivie la desnutrición infantil que, en las favelas, raya las cifras del África subsahariana.

Igualmente, en medio de las protestas el desencanto se veía disimulado por avances innegables. Millones de brasileros hasta hace unos pocos años no conocían qué era un médico, un profesor, una cuenta bancaria y, mucho menos, un crédito bancario. Esos avances alentaron a la sociedad brasileña que se podía obtener más y mejor, cual premisa utilitaria del siglo XIX. Los jóvenes de clase media, con un nivel educativo universitario en promedio y con un sentimiento de solidaridad por los más pobres hacen barricadas y fogatas urbanas con el ánimo de equilibrar la balanza de poderes.

Los servicios públicos hospitalarios y básicos también son un reclamo constante y natural. Según cifras del propio gobierno, las familias que hace cuatro años no tenían acceso a la salud o al agua potable rondaban en casi el 20% de la población. Hoy, ya esa cifra se mueve entre el 9 y el 11%. Pero las inmisericordes filas de varias horas para la atención médica o las larguísimas esperas para la activación de los servicios de alcantarillado y saneamiento básico indignan ante la premura de la culminación de los estadios y los aeropuertos.

En política, como en botica, se exige de todo. Los brasileros también quieren elevar la calidad moral de sus gobernantes. Pretenden superar el lastre del enriquecimiento ilícito y de la venalidad descarada de los años de las dictaduras, ahora, en cuerpos de demócratas. Quieren que los partidos políticos dejen de ser, como casi todos los ciudadanos del mundo demócrata, un escenario de impunidad e intocabilidad para los políticos de moral distraída. Incluso, quieren ver hacinadas sus cárceles, no de jóvenes sin oportunidades distintas al fútbol, sino de políticos y colaboradores corruptos.

En función del popular apoyo hacia los manifestantes, esos mismos políticos se quieren montar en el carro de la victoria. Quieren mostrarse como los adalides del descontento social cuando, dentro del mismo movimiento de exigencia, no quieren nada que ver con alguien que represente, así sea por los lados, al establecimiento que tanto desprecian.

Los manifestantes sienten que esos políticos son zorros que siempre se esconden y traicionan en su ataque. Que no son sinceros, que usan a la policía para guarecerse y proteger sus intereses y que en el momento menos esperado, posan de redentores y de mártires de las movilizaciones. Eso lo entienden y han filtrado sus filas. Así las cosas, ¿qué le espera al Brasil del mundial, al Brasil modelo de inversión social y despegue económico? Pues una dura batalla, primero campal y luego política. La campal se puede ganar con gases lacrimógenos y escuadrones antidisturbios, pero la segunda, más decisiva y profunda, la puede perder el establecimiento. ¿Por qué? Porque los manifestantes ya consiguieron algo que para sus padres era impensado pero para ellos no es suficiente.

Por lo pronto, Brasil parece que debe bajarle al tono soberbio en la exposición de sus merecidos e innegables logros sociales y económicos, porque si habla muy duro puede producir preguntas y, a las preguntas se deben dar respuestas. Y, hoy, las respuestas son estadios, un mundial y unos juegos olímpicos.


* Profesor de la Universidad de La Sabana

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