Opinión

  • | 2017/09/07 00:01

    Primer milagro papal

    Llegó el papa, tal vez actualmente el más importante líder global, muy por encima de los líderes políticos de las grandes potencias, que por transitorios, sectarios y corruptos (el problema no es sólo colombiano), dejan realmente mucho qué desear a la hora de revisar los atributos del líder que demanda el siglo XXI.

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Este papa volvió a poner a la iglesia en el lugar en donde debía estar a pesar de la enorme resistencia interna que genera su mandato, con políticas que acercan la iglesia a su labor misional, rescata la humildad y sencillez como valor fundamental de la prédica de amor del cristianismo, y de paso realiza una serie de transformaciones en la estructura misma de la jerarquía que tiene a más de un curita aburrido y a los más dogmáticos de sus seguidores rezando para que Dios se acuerde de él.

Francisco (su nombre fue bien deliberado) ha tirado línea con mensajes claros desde el primer día de su mandato. Su modelo de comunicación ha sido sencillo y cercano; se ha desmarcado del ala conservadora de la iglesia tan apegada al rito y a las vanidades; ha desmitificado la tinta apegándose a la predica misma de Jesucristo mucho más clara y sencilla que la atrofiada normativa eclesiástica, para acercarse finalmente, en un claro acto de humanidad, a la vida misma de sus fieles tan necesitados de mensajes menos fatalistas y más incluyentes y esperanzadores.

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Pues este papa ya hizo el primer milagro, al menos en Bogotá. Logró, por obra y gracia del espíritu santo, que la administración local decidiera volver a la norma del pico y placa diario, sacando de tajo y durante todo el día la mitad del parque automotor, en un claro mensaje a que peregrinemos por la ciudad como lo hiciéramos antes que la estupidez, la vanidad, y las torpes alcaldías del pasado entorpecieran nuestra razón.

Bogotá necesita medidas drásticas para recuperar su movilidad. De acuerdo con el índice Global de tráfico Inrix, estudio que clasifica el impacto de congestión vial, Bogotá está clasificada como la quinta ciudad con peor tráfico del mundo, solo precedida por Los Angeles, San Francisco, Moscú y Nueva York. Pasamos los Bogotanos, de acuerdo al estudio, 79,8 horas al año en trancones. Somos de lejos la primera ciudad latinoamericana en el estudio por encima de Sao Paulo y Ciudad de México.

Esta realidad está sobrediagnosticada. Exceso de vehículos, escasez de vías, muy precarios sistemas de transporte masivo, un sistema de semaforización obsoleto, y por supuesto nuestra dramática incultura y falta de sentido cívico que hace que dos tercios de los carros que ruedan por Bogotá vayan con un solo pasajero y que seamos en general bien malos para respetar las normas.

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A esta realidad hay que agregarle un elemento que a veces no entra en el análisis y que es nuestra insensatez, incluso cuando de cuentas económicas se trata. Comprar carro en Colombia fue siempre aspiracional, era un tema de estatus, y entre más grande y engallado mejor. Eso entre otras no sucede así en países más desarrollados en donde la gente disfruta el transporte público, la bicicleta y caminar y en donde se tiene muchas veces solo un carro por familia para los fines de semana, o no se tiene y simplemente se alquila.

En un reciente estudio del Heraldo le hicieron las cuentas a la compra de un carro nuevo. Sin tener en cuenta que más de la mitad de la población se endeuda para comprar uno, si le quitáramos los costos financieros y la inversión inicial que bien podría ser orientada a algo más útil, mantener un carro en Colombia vale al año, entre gastos mensuales (gasolina, parqueo y lavada), gastos anuales (seguro, soat, impuesto de tránsito y rodamiento y revisión tecno mecánica) y otros gastos (llantas, aceite y alineación), $10‘694.000 y la verdad las cuentas me parecen bien conservadoras.

Esta suma es el equivalente a 14,49  salarios mínimos y es igual a 2.430 carreras mínimas de taxi que si la subiéramos por trayectos largos a carreras de 10.000 pesos equivale a 1.069 carreras es decir a 89 carreras mensuales o a 4,2 carreras diarias en días hábiles. Ni para que hacemos la cuenta frente al transporte masivo (lo saqué para eludir el argumento de la incomodidad) o la bicicleta que cuesta solo la inversión inicial y $250.000 al año en mantenimiento.

Si el racional económico no los convence, que tal el de bienestar común. Imaginémonos una ciudad que saque de las calles a los miles de carros que andan con un pasajero dándole vía libre a un mejor transporte masivo que entonces tendrá por donde transitar, sin tenernos que estresar por no estar avanzando y pudiendo de paso ir leyendo un librito o conversando con el vecino.

El mundo civilizado descubrió hace rato que el transporte masivo es de lejos la solución obvia, y ha generado culturas en donde el carro es un lujo no una aspiración, y en donde el transporte masivo ocupa el lugar de los vehículos privados. Para ensayarlo en Bogotá necesitamos desafortunadamente de una visita papal. Asumir el costo político de tomar decisiones “impopulares” así sean las lógicas no está de moda en este país. Mucho menos cuando se trata de generar hitos que rompan nuestra triste dinámica y de paso generen una nueva cultura ciudadana.

PD. ¿Qué tal si empezamos por derogar la norma que le permite a los vehículos blindados transitar sin pico y placa? ¿No es que estábamos en tiempos de paz?

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