Opinión

  • | 2015/09/11 05:00

    La globalización de las crisis

    Según Project Syndicate, si hay algo positivo en la crisis que afecta al mundo desde 2008 es que no en todas partes ha sacudido simultáneamente.

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El primer golpe fue la crisis subprime en EEUU, a la que los europeos respondimos satisfechos por la resistencia de nuestro modelo social. En 2010, con la crisis de deuda en Europa, los asiáticos señalaban al estado de bienestar extremo como el problema.

La globalización conecta economías alejadas y el reto para las autoridades será mitigar sus efectos en cada país y contener los impulsos de sus gobernantes para reducir el contacto con el resto del mundo.

Los problemas de Europa no pueden atribuirse a una sola causa, como la adopción de una moneda común. En la fase previa a la crisis del euro, Italia llevaba un largo periodo en estancamiento, mientras España había experimentado una burbuja inmobiliaria y Grecia sufría exceso de crecimiento del gasto público. El factor común eran las políticas insostenibles.

Tampoco la crisis en EEUU fue uniforme: Florida y Arizona tuvieron diferentes problemas que Michigan. Rusia, Brasil y China se están desacelerando por diferentes razones. Rusia por su decisión de ser un gran productor de energía a expensas de la diversificación. China por la transición de las exportaciones y la inversión en infraestructuras a un modelo de consumo interno. Brasil porque los costosos créditos al consumo y los elevados salarios han frenado la productividad.

Lamentablemente, la respuesta política estándar a una crisis es que se actúe rápido, y hay una política que ha funcionado hasta ahora: la devaluación. Ha tenido éxito en Japón, donde un yen más débil es el único logro real de Abenomics; y en Europa, donde la debilidad del euro está ayudando a evitar la recesión. Puede que un dólar débil estuviera detrás de la recuperación estadounidense. Ahora es el turno de China con la esperanza de que la devaluación recuperará la competitividad.

El problema es que todas las monedas no se pueden depreciar a la vez. Tras la Gran Depresión, los esfuerzos por hacer eso empujaron a los gobiernos a adoptar políticas proteccionistas, congelando el crecimiento durante años. El impulso proteccionista ha estado ausente en la respuesta a la crisis actual hasta ahora.

Otra consecuencia de la globalización es que pone a la gente y al capital en movimiento. El tipo de migración que capta más atención es la situación de los refugiados de Oriente Medio y Norte de África. Pero también hay un aumento de la migración por motivos económicos, de los Balcanes y África Occidental, por ejemplo. Y ambos provocan reacciones en los nativos de los países de destino.

La inestabilidad en los emergentes lleva a sus ciudadanos más ricos a rescatar tanto capital como sea posible, lo que genera elevados precios inmobiliarios en refugios seguros como Nueva York o Londres. Hace que estas ciudades se vean atractivas y dinámicas, pero también supone altos precios de la vivienda que significan hacinamiento, atascos y desplazamientos difíciles, y una disminución en la calidad de vida de la población local.

La respuesta económica ha sido mucho más eficaz que en la década de 1930, pero las tensiones sociales se cocinan a fuego lento. Europa y EEUU se enfrentan a un nuevo reto: responder no sólo a sus propias dificultades económicas, sino también al sufrimiento humano en otros lugares.
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