Opinión

  • | 2016/02/10 00:01

    ¿Por qué muchos empresarios consideran justo pensar sólo en las ganancias?

    Desde el siglo XVIII empezó a difundirse la idea de que la única función del empresario era maximizar el beneficio de los accionistas, lo que tuvo gran acogida en el modelo capitalista americano. Hoy la idea está mandada a recoger y los empresarios más exitosos son los que tienen en cuenta todos los partícipes de la organización.

COMPARTIR

Continuando con el especial de Capitalismo Consciente, voy a referirme a algunos de los hechos y personajes que marcaron el mundo capitalista desde el  siglo XVIII hasta nuestros días, con el fin de entender en qué momento los empresarios empezaron a olvidarse de sus grandes compromisos con los empleados, los clientes, el medio ambiente, sus proveedores y hasta con el mismo Estado.

En mi opinión el economista Milton Friedman, Premio Nobel en 1976, a quien se le ha considerado el sucesor de Adam Smith, padre de la economía moderna, principal defensor de la economía del capitalismo y la libertad económica e individual, afirmó entre sus muchas teorías que la única función del empresario era la de maximizar la utilidad. Tanta importancia se le ha dado en el mundo a estos dos pensadores que muchas de las medidas del Fondo Monetario Internacional están basadas en los estudios y fundamentos teóricos de Friedman.

A nivel empresarial sus teorías se tomaron tan en cuenta, que en Estados Unidos, como parte de la ley que rige a las juntas directivas, se determinó que su principal función era la de maximizar la rentabilidad de  los accionistas, lo que creó un distanciamiento entre este importante ente y el resto de los partícipes de la organización.

Creo que en gran parte el capitalismo salvaje surge de una mala interpretación de Adam Smith y sus teorías de cómo maximizar la función de utilidad, porque se hizo un reduccionismo de sus estudios sobre el ser humano, principalmente de su Teoría de los Sentimientos Morales, donde expone la actitud egoísta del hombre que siempre busca su propio beneficio. En su libro “La Riqueza de las Naciones”, publicado en 1776, señala una de sus más grandes reflexiones: “El interés propio es el que dirige todos los aspectos del comportamiento y la actividad humana”. Empleó como metáfora el uso de una ‘mano invisible’ que regulaba todo el mercado de bienes y servicios, sin ser necesaria porque el mismo mercado tendía a regularse, con lo cual, la intervención del gobierno en la economía debía limitarse a sólo ciertos puntos clave, como en defensa interior y exterior.

Concebir que la economía creciera con capital y trabajo, los separó conceptualmente e hizo que los ricos pensaran que tenían el capital y que los pobres deberían aportar el trabajo. Y así empezó una división de las clases sociales muy marcada, haciendo una reducción, en mi criterio, de la realidad. El ser humano no es sólo trabajo, ni tampoco capital. El ser humano también es capaz de llegar a un intercambio beneficioso, como ser empático. Somos mucho más que la maximización del beneficio económico. Seguramente en el inconsciente colectivo quedó otra de las frases célebres de Smith: "Dame lo que necesito y tendrás lo que deseas".

Así como “La Riqueza de las Naciones”, tuvo un éxito inmediato, también tuvo muchos detractores, entre ellos el pensador Carl Marx, quien sostuvo que no puede existir una mano invisible, que los trabajadores son manipulados por el capital, que la mano invisible concentra la riqueza en unos pocos y por lo tanto no debe existir. Eso avanza en una lucha de clases en la que surge la teoría que el capitalismo es la dictadura de la burguesía.

Lenin fue el primero que desarrolló el pensamiento de Marx y logró que la Unión Soviética implementara en 1922 un sistema en el cual el Estado fuera el dueño de todos los recursos y empresas para una repartición más equitativa del capital. Un sistema comunista de similares características fue implementado en 1949 en la República Popular China por el Presidente Mao Tse-Tung.   

De esta manera el mundo se divide en dos sistemas económicos: el capitalista y el comunista, en este último los empresarios pierden todo su poder, porque esa función pasa a manos del Estado, para el cual todos los individuos son iguales. Con la llegada al poder en la U.R.S.S. de Mijaíl Gorbachov en 1985, comienza una serie de cambios que reciben el nombre de Perestroika y que tendrán como consecuencia final la desaparición de la U.R.S.S. en 1991 y la vuelta de sistemas capitalistas en los países de Europa del este a comienzos de los años 90. Entre las causas de la caída del comunismo están la  falta de libertades, la dictadura de los partidos comunistas, el aislamiento y la poca productividad.

El capitalismo salvaje también cayó luego del fiasco económico de Estados Unidos en el 2002, luego del “Escándalo Enron” que demostró la necesidad de una transformación al dejar en evidencia que al no contar con regulaciones y controles que mantuvieran el sistema dentro de un contexto ético, hubo excesivas acumulaciones de capital y operaciones fraudulentas haciendo peligrar el entramado social. Este descalabro dejó claro que el ideal de Adam Smith de la “mano invisible”, que a la larga estabiliza todo, no opera dentro de un contexto de corrupción.

Como todo en la vida, ninguno de los dos extremos es bueno. El mundo ha venido cambiando por necesidad,  porque los mismos empresarios se han dado cuenta que dirigir empresas como se hacía a principios del siglo XX ya no es el modelo a seguir. Y vuelven a retomar mucha importancia los conceptos de especialistas en empresa como Taylor, quien a finales de 1916, basado en los principios de capital y trabajo, empieza a destacar cómo puede mejorarse la eficiencia de los trabajadores a través de mejoras físicas con elementos como la luz o las posiciones ergonómicas.  

Unos años después aparece Elton Mayo y su Teoría de las Relaciones Humanas, basada en que las personas son más productivas si son socialmente reconocidas. No fue tan difundido en Estados Unidos, pero logra que grupos de empresarios empiecen a mirar a las personas no necesariamente desde su productividad sino con el interés en la persona misma. Así surgen las teorías X (autocrática, impositiva y autoritaria) y la teoría Y (democrática) influenciadas por McGregor. La teoría X determina como hay empresarios mecanicistas que sólo les importa que sus trabajadores sean productivos. La teoría Y presupone que los empresarios deber ser más flexibles con los trabajadores.

Hasta que William Ouchi, perteneciente a la escuela japonesa crea la teoría Z que tuvo un boom impresionante, basada en que el trabajador satisface sus necesidades por motivaciones intrínsecas, si son felices en el trabajo, desarrollan su conocimiento. Se va al extremo de querer que el trabajador se enamore de su empresa si le dan un trabajo de por vida con bienestar. Ahí es donde se empezó a hablar de tener relaciones sociales estrechas con sus empleados y relación con las personas. El modelo japonés llegó a hablar de calidad total con la teoría Z.

Así el mundo capitalista se empezó a dividir en tres modelos de empresarios, los optimistas, dinámicos y flexibles. Fue necesario que pasaran casi dos siglos, muchos pensadores, investigadores y teóricos para que los empresarios comprendieran que ninguna de las teorías anteriores entendiera la organización como hoy la entendemos. Como un grupo de personas con un propósito común y con algo adicional que es que  somos interdependientes y como tal en la empresa deben tener cabida todos los partícipes de la organización. El reto ahora es cómo lograrlo, que será el tema de la próxima columna.

Lea también: Millennials vs Adam Smith

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?