Opinión

  • | 2016/01/21 00:01

    Isagen: la venta del sofá

    Isagen era de esas empresas realmente estratégica sino profesionalmente manejada, y de paso rentable. Por supuesto de lo poco a lo que había para echarle mano ahora que nuestro Vicepresidente anda desesperado por cortar cintas.

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Uno de los grandes problemas del sector público pareciera ser su incapacidad para administrar empresas productivas y competir con los estándares que impone el sector privado casi siempre más solvente a la hora de atraer el talento requerido y definir  pautas procesos y estrategias que los mantenga eficientes en el tiempo. 

Los ejemplos son innumerables. Monopolios estatales en sectores críticos, definidos como prioritarios por la sociedad y que han ido perdiendo valor a la vista de una sociedad incauta que no se explica  cómo sus impuestos se van a un hueco sin fondo.

La realidad es que el Estado ha probado, desafortunadamente, que es ineficiente en muchos casos y corrupto en los más, a merced de un estamento político que utiliza los bienes “prioritarios” de los colombianos para administrar la mermelada que se requiere para aceitar un establecimiento que vive de ellas y que siempre ha logrado reproducirse. 

Lo increíble es que son empresas que han aguantado por décadas los embates de los buitres de turno y siguen de pie a la espera de que llegue alguien con la estatura moral para defenderlas. Algunas muy pocas lo han logrado librando una batalla gigante y peligrosa en contra de los políticos de turno que en la mayor parte de los casos atacan sin piedad en alianza de unos sindicatos corruptos acostumbrados  a  “todas las formas de lucha” a la hora de defender su pedazo de la torta. 

Isagen era de esos pocos reductos que quedaba no sólo de empresa realmente estratégica sino profesionalmente manejada y de paso rentable. Por supuesto de lo poco a lo que había para echarle mano ahora que el estado anda empeñado en construir activos estratégicos y que nuestro Vicepresidente anda desesperado por cortar cintas. 

El Gobierno salió por necesidad a vender este activo, uno de esos que los analistas llaman estratégicos. Cuando el mundo entero hace esfuerzos por generar compromisos futuros descontaminantes que hagan de nuestro planeta uno más amable, por no decir viable para las futuras generaciones, las tecnologías limpias pasan al podio de los imprescindibles y el Gobierno le echa mano a la joya de la corona. 

Las bolsas mundiales empiezan a premiar los emprendimientos que utilizan las tecnologías limpias; gran parte de las más importantes innovaciones están migrando a ellas como combustible y el consumidor, hoy más consciente de su huella en el  planeta, prefiere aquellas empresas amigables con el medio ambiente que aquellas que siguen quemando el hoy barato y dañino  combustible fósil.

Al margen de su venta y del cómo se hizo, tema en el que se le fueron las luces al Gobierno en como lo socializó, detrás de la venta de Isagen tenemos todavía una discusión que el país sigue sin dar y que a muchos no les conviene: ¿está el estado preparado para administrar empresas productivas? 

En mi humilde opinión, y a pesar de amables excepciones como Isagen, no lo estamos. La corrupción ha permeado todos y cada una de las fibras de la sociedad y nos gobiernan en general políticos que viven de que todavía se mantengan a flote empresas en donde ellos puedan meter sus asquerosas narices. 

La privatización pareciera ser, desafortunadamente, la única arma que le queda a nuestra sociedad para defender nuestros impuestos  de las fauces del estamento corrupto que nos gobierna. Vendimos el sofá y no cabe duda de que nos vamos a arrepentir, pero pareciera que por vergonzosa impotencia, a veces toca.

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