Opinión

  • | 2016/02/03 00:01

    Una experiencia durable

    Resulta paradójico pensar que en medio de los exigentes retos que nos propone el primer trimestre en la economía, y la incertidumbre que esto genera en el consumidor colombiano, una de las categorías de consumo con mayor crecimiento sea la del entretenimiento.

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Sin lugar a dudas, este será un año en el que este rubro impactará el consumo de los colombianos quienes además de las ferias y fiestas recurrentes, por agenda de inicio de año, tendrán en las principales ciudades toda una oferta de eventos que son capaces de tentar su bolsillo, su ahorro o inclusive los invitará a endeudarse.

En lo que respecta a conciertos, solo por citar un ejemplo, la agenda de eventos del primer cuatrimestre propone música para todos los gustos, lo cual se resume, en que la oferta que tendremos va desde música clásica y jazz, hasta vallenatos y reggaetón, pasando por grandes íconos del pop y el rock de índole mundial. Las principales ciudades de Colombia, en sus salas, parques, estadios y plazas esperan por lo menos 190 conciertos para todos los gustos.

Resultaría obvio pensar, que mucha de la oferta está dirigida a “adultos contemporáneos” y “Millenials” que están buscando construir experiencias o un momento de vida inolvidable, o simplemente al final tienen la oportunidad de ver a artistas de vanguardia sin salir del país. No obstante, la apertura de espacios para el recuerdo y la nostalgia ha llamado también a las salas a los papás y mamás que buscan un espacio refinado, tranquilo, lleno de gusto, sin aforos muy grandes y en salas muy cómodas donde la experiencia es absolutamente íntima.

Según algunos cálculos hechos sobre la venta de entradas a conciertos, y solo tratándose de la boletería dispuesta en plataformas electrónicas, estando vendida una importante suma de la oferta de entradas a conciertos, el total de ventas sería de aproximadamente 75.000 millones de pesos, estando dispuesto un colombiano a pagar en promedio 170 mil pesos, en aforos o localidades de más o menos 300 personas; esto sin  contar los consumos alternos a este tipo de espacios como comidas, transportes, bebidas alcohólicas y no, suvenires y obviamente la música de los artistas en concierto.

Estamos entonces frente a una categoría poderosa, que aunque parezca de contenidos superfluos, se constituye en un gasto que hacemos los colombianos por pleno gusto, en el que gastamos porque somos ‘gocetas’ y le ‘mamamos gallo’ a los malos tiempos y en el que pagamos si nos dan lo que queremos o lo que soñamos. Este gasto, sin duda dinamiza otras categorías de la canasta, y a la fecha según nuestro sistema de medición lleva tres años creciendo a doble digito sostenido dentro del gasto de los hogares sin atisbos de detenerse. Gastos como los que hace un asistente a festivales como Estéreo Picnic, desplazan la compra de durables y semidurables afectados de paso por el precio del dólar.

Ahí entonces la paradoja se diluye en medio de la realidad de un país que goza de una economía exótica, en donde por un lado pareceríamos estar frente a una crisis, pero de otro tenemos a un colombiano que está dispuesto a pagar por vivir una experiencia que le cumpla un sueño o le dure toda la vida.

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