Opinión

  • | 2016/02/01 00:01

    Acósame bandido

    Esa delgada línea que delimita lo apropiado de lo inapropiado en nuestro medio, es el principal obstáculo para castigar el acoso en el ambiente laboral.

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Nada hubiera sido posible sin esas dos fotos, pues las denuncias de Daniel Coronel tiempo atrás, respaldadas por fuentes directas de supuestas víctimas de acoso laboral, no habían generado la presión requerida para lograr la renuncia del doctor Otálora como nuestro Defensor del Pueblo.

Se necesitaba un escándalo sexual para mover al país, pues el mero acoso laboral, eventual reflejo de una personalidad narcisista y arbitraria del servidor público, reflejado supuestamente en maltrato verbal, imposición de cargas excesivas de trabajo, discriminación por género, demerito y humillación a sus subalternos, por sí solas no merecieron el debido desenlace.

Y no es de extrañar, pues por alguna razón en nuestro medio latinoamericano hay cosas que si bien no son correctas en otras culturas, son toleradas como algo normal, creando una indeseable línea gris entre lo que es apropiado e inapropiado que atropella la dignidad del individuo y oscurece el entendimiento de la ley.

O peor aun, hay cosas que siendo claramente inaceptables, son toleradas con complacencia, seguramente por rezagos de nuestra cultura colonial, y se justifican por el temor a perder el empleo, o la expectativa de ascenso laboral, quedando así finalmente impunes.

Un ejemplo es el estereotipo del jefe tocón, que saluda a sus empleadas(os) de besito y abrazo, les exige trabajo a altas horas de la noche para que lo (la) acompañen y, si lo (la) dejan, les da una que otra palmadita. Que asigna las labores según su instinto cavernario, así como los aumentos de sueldo, y crea a su alrededor un ambiente de servilismo en todo sentido posible.

Otro es el del macho (amazona) que se ufana del miedo que inspira entre sus subordinados, ganado a través del maltrato y la creación de un ambiente de permanente zozobra sobre la permanencia en el empleo. Que mira como débiles a sus colegas que no maltratan a los demás, sólo entiende de sus propios caprichos y convoca reuniones siempre a última hora e impone su estilo de vida y horarios noctámbulos. Muy extendido entre aquellos sin mayor cultura bajo los lineamientos del capataz de turno que hace trabajar a sus empleados a fuete, es también común entre profesionales con estudios superiores, sobre otros profesionales igualmente preparados.

Pero es que además de estos estereotipos, que lamentablemente no son de fábula sino muy reales y seguramente más comunes de lo que se piensa en nuestro medio, existe aún el de la señora que matonea a su empleada del servicio, pagándole lo que quiere y negándole el derecho al descanso de fin de semana, el de la aspirante a modelo que debe someterse a toda clase de insinuaciones para obtener contratos, y otros ejemplos que todos conocemos pero nadie denuncia por su nombre como acoso.

El miedo, la poca vocación de denuncia y la falta de solidaridad entre los empleados favorecen su proliferación. Pero también la poca sanción social y legal.

Siendo el acoso laboral tan extendido como una epidemia en el mundo, según estudios hechos por organismos multilaterales, los ejemplos anteriores demuestran sin embargo, que en nuestro medio existen conductas socialmente no reprochadas a pesar de ser legalmente sancionables, haciendo difícil de imponer las consecuencias del acoso.

El caso Otálora sería un ejemplo del doctor tocón al que finalmente se le colocan las manos en su lugar, pero existen seguramente muchos funcionarios y empleados cuyos casos no involucran fotos morbosas, funcionarios de primer nivel y una ex reina, para atraer la atención de los medios y sentir el respaldo para denunciar.

Siendo el miedo el combustible para tolerar el acoso, la realidad es que lo único que puede cambiar esta tolerancia es el miedo: el miedo del jefe a ser denunciado ante las autoridades por sus empleados, de las empresas a ser demandadas por tolerar dichas conductas, el miedo del servidor público a ser expuesto públicamente, en fin, miedo al rechazo social.

Debemos hacer los mejores esfuerzos para que el caso Otálora no quede solo en las páginas de los diarios sino en la mente de los que hoy acosan y de los que dejan que los acosen.

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