Opinión

  • | 2015/09/02 05:00

    Impuesto a los dividendos: más nocivo para la economía que para las acciones

    A la luz de la situación económica actual se engendran nuevas preocupaciones, como por ejemplo la solidez de las finanzas públicas.

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Se acerca el cierre del año y con la turbulencia de los mercados internacionales las expectativas económicas para Colombia se deterioran. Los bajos precios del petróleo, la devaluación, la inflación, el alto déficit en la cuenta corriente y hasta el fenómeno de El Niño contribuyen a generar un pesimismo que parece generalizado.

Por lo tanto, uno de los eventos más relevantes para el cierre de año será cuando la comisión de expertos haga la propuesta pormenorizada de cómo será la próxima reforma tributaria (2016). Entre diversos temas, uno de los que podría generar más ruido en el mercado accionario local será la creación del impuesto a los dividendos.

El deterioro fiscal que ha significado el bajo precio del petróleo frente al promedio de años recientes ha conducido a una presión innecesaria sobre los costos de las empresas al interior de la economía colombiana, en medio de un escaso esfuerzo fiscal por el lado del gasto. En Colombia la carga tributaria de las empresas (unidades productivas) se encuentra alrededor del 70% de las utilidades, siendo claramente un obstáculo para la inversión privada en el país. Esta cifra incluye los costos parafiscales e impuestos a la nómina que muchas veces se dejan por fuera en las comparaciones presentadas en las exposiciones de motivos de las reformas tributarias.

El año pasado se mantuvo el impuesto al patrimonio con la nueva denominación de impuesto a la riqueza. Este impuesto es altamente regresivo en el caso de las empresas puesto que no grava la generación de ingresos, que es lo más lógico desde el punto de vista económico y, en cambio desestimula la inversión.

Las empresas son los generadores de empleo y en muchos casos tienen patrimonios altos por el tipo de actividad que realizan o por el momento del ciclo de vida en el que se encuentran. Adicionalmente, en la reforma tributaria de 2012 el impuesto a las ganacias se dividió en impuesto de renta y CREE al cual, además, se le puso una sobretasa, con lo cual la tarifa efectiva del impuesto a las ganancias corporativas se incrementó.

Ante esta situación algunos gremios empresariales han manifestado su inconformidad al gobierno que ha prometido no aumentar la tributación para las empresas. En consecuencia, dada la existencia de la regla fiscal que evita un mayor endeudamiento público y ante la falta de voluntad política para reducir el gasto público acorde al cambio en la situación de los ingresos públicos, impuestos a las personas naturales lucen como la principal opción.

Con la creación del IMAN se dio un paso importante en este sentido, pero hasta ahora se han gravado esencialmente las rentas laborales, por lo cual parece lógico inclinarse por un impuesto a los dividendos, tal y como ocurre en muchos países.

De los 34 países que componen la OCDE, el impuesto a los dividendos tiene una tarifa promedio de 24% y solamente Estonia y Eslovaquia son los países miembro que no lo tienen. En el caso de EE.UU. esta tarifa es del 28,6%. No obstante, con la existencia de este gravamen, los mercados accionarios de estos países funcionan, con lo cual la posibilidad de un deterioro del mercado local a causa del impuesto sea simplemente una percepción.

Más allá de esto, el debate sobre el impuesto a los dividendos, generalmente, gira en torno a que cuando una empresa paga impuestos sobre las utilidades y, posteriormente, cuando los accionistas pagan impuestos sobre los dividendos que provienen de las mismas utilidades se estaría incurriendo en una doble tributación al gravar la misma generación de riqueza a través de dos impuestos diferentes.

En este sentido habrá que tener cuidado para que la introducción de un impuesto a los dividendos en Colombia no signifique un aumento de la carga que se paga por las utilidades de las unidades productivas ya sea en cabeza de la sociedad o de sus accionistas. No hay que olvidar que todo impuesto es una distorsión al libre funcionamiento del mercado y, en consecuencia, puede generar incentivos indeseados para la eficiencia económica. En el caso del impuesto a los dividendos puede inducir inversiones poco o nada eficientes que atentan contra la rentabilidad del capital.

Desde este punto de vista tiene sentido que la tarifa del impuesto sea progresiva y que no castigue a los accionistas minoritarios que pueden tener inversiones en acciones como una forma de ahorro, por ejemplo los colombianos que ahorran a través de los fondos de pensiones. Las experiencias internacionales en este sentido son muy variadas.

En la realidad colombiana un impuesto a los dividendos podría generar varias consecuencias negativas: por una parte, un efecto crowding out puesto que para un inversionista sería mejor invertir en bonos que tienen una baja tarifa impositiva en el pago de intereses; y como el mercado de bonos local es esencialmente un mercado de bonos de deuda pública se estaría generando indirectamente un incentivo a invertir en éstos. Por otra parte, puede servir como incentivo a la adquisición de tierra, manteniendo la misma fuente de riqueza de la edad media y castigando el uso del capital y, por supuesto, el desarrollo de factores asociados como tecnología e innovación.

Para compensar los eventuales efectos negativos podría combinarse el impuesto a los dividendos con una reducción de la tarifa impositiva al pago de intereses en los títulos de deuda privada, para impulsar este mercado que ha tendio dificultades para desarrollarse. Así mismo, el tema de los impuestos a activos improductivos como muchos terrenos a lo largo de la geografía nacional deben ser  parte integral de la nueva reforma tributaria para que sea más equitativa y, al mismo tiempo mantenga vivas las posibilidades de crear y crecer las empresas al interior del país. De lo contrario solamente quedará esperar, con mucha fé, el próximo ciclo de los commodities.
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