Opinión

  • | 2015/08/20 05:00

    La desesperanza aprendida

    Un estado de ánimo en donde, por razones diversas, un individuo siente que cualquier cosa que haga es inútil para cambiar el estado de las cosas, llevándolo a estados de indefensión y parálisis, haciéndolo pasivo frente a situaciones dolorosas.

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Los estudios del psicólogo Martin Seligman lo llevaron a acuñar el término de "desesperanza aprendida".

Seligman hizo sus estudios exponiendo a descargas eléctricas ocasionales a dos perros encerrados en sus respectivas jaulas. Mientras uno de éstos tenía la posibilidad de accionar una palanca para detenerlas, el otro no podía hacer nada. El dispositivo experimental determinaba que el tiempo de las descargas fuera igual para ambos animales: las recibían simultáneamente y cuando el primero cortaba la electricidad el otro también dejaba de recibirla.

Los comportamientos de ambos animales fueron diferentes. Mientras uno no variaba su estado de ánimo, el otro permanecía quieto y asustado. La sensación de control del primero hacia soportable la situación, mientras la del segundo era de crisis al entender que nada que hiciera hacía cambiar su realidad.

Seligman le dio después herramientas al segundo para controlar las descargas. El resultado fue sorprendente: ya era tarde; el perro ya no confiaba en su capacidad de control y no hacía nada para evitarlo.

La "desesperanza aprendida" genera aprendizajes importantes tanto en los entornos sociales como en los organizacionales que en más de una ocasión comparten esquemas y estructuras de poder totalitarias, en donde la realidad es dictada, el futuro es condicionado y los esfuerzos repetidos del individuo o de la sociedad por generar cambios reprimidos. Se "logra" en quienes la padecen una situación clínica de indefensión y pasividad frente al cambio, se mata la fe, se aniquila la autoestima y por lo tanto se delega la acción.

Los modelos de liderazgo heróicos de alguna manera aparecen cuando el entorno circundante es precisamente el de la desesperanza aprendida. Las grandes cruzadas por el cambio han surgido de individuos que por razones diversas se desmarcan de su colectivo, se rebelan contra el statu quo y proponen esquemas que de alguna manera retan a un establecimiento que reiteradamente ha violado los parámetros de la decencia hundiendo de tajo los sueños colectivos.

El heroísmo lo llevamos generalmente al plano colectivo. Les asignamos sus virtudes a individuos con capacidad de liderar un cambio profundo en el caos reinante devolviéndonos la esperanza. El problema de fondo es que, por alguna razón, siempre le estamos entregando la responsabilidad del cambio a alguien con características de super héroe que logre cambiar nuestra situación sin entender que, salvo en casos extremos, el heroísmo debería ser una responsabilidad individual.

La felicidad, dice Seligman, creador de la corriente de psicología positiva, definitivamente está en nosotros. En el tipo de lente que utilicemos para ver el mundo, pero sobre todo en nuestra obligación de asumirnos como gestores de aquellas realidades que están en nuestra órbita de cambio, que en general, son casi todas. La invitación de Seligman es muy potente porque aplica a todos los ámbitos del ser humano: el de ciudadano, el de empleado, el de pareja, el de padre, el de emprendedor. Cualquiera que sea nuestro ámbito de interacción, sólo el asumirnos generará los cambios esperados.
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