Opinión

  • | 2015/07/12 05:00

    ¿Cómo transformar una ciudad violenta?

    Según el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal, Medellín es la ciudad que más ha reducido la violencia en el mundo. En muchos frentes la ciudad debe que seguir mejorando, pero el mérito está en el cambio experimentado. ¿Qué puede enseñar a otras ciudades?

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Según el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal, Medellín es la ciudad que más ha reducido la violencia en el mundo. Su tasa de homicidios ha pasado de estar en el top 10 mundial en 2010 a estar a punto de salir del top 50. Además es junto a Lima la ciudad que más crece de Latinoamérica. ¿Qué puede enseñar a otras ciudades?

Un cambio de imagen urbana radical con propósito redistributivo: los mejores proyectos fueron para las zonas pobres y violentas. "El objetivo era unir una sociedad fragmentada y mostrar respeto por los más humildes", según Sergio Fajardo, actual gobernador de Antioquia y alcalde de la ciudad entre 2004-07.

Para comprender este enfoque basta comprar un billete de metro. El sistema no es sólo un medio de transporte, también una declaración de intenciones. Está absolutamente limpio; cada plataforma tiene su propia seguridad; a los pasajeros se les recuerda hacer cola. Algunas estaciones tienen bibliotecas, otras salas de conciertos.

Cuando se abrió en 1995, el metro unía norte y sur del valle. Para conectar los barrios pobres también se construyeron teleféricos. Utilizaron las estaciones para planes urbanos integrados: nuevos edificios, espacios públicos y programas sociales con la participación de residentes.

Los problemas siguen siendo graves. En 1991 un rico ganaba 21 veces más que un pobre; en 2010 el múltiplo era 56. Pero la pobreza ha disminuido: el 19,2% viven por debajo del umbral de pobreza, menos que el promedio de las áreas metropolitanas de Colombia. La tasa de homicidios, que alcanzó 381 por cada 100.000 habitantes en 1991, se ha reducido a menos de 50.

La transformación fue causada por dos factores. En primer lugar, la ciudad tiene una fuente de dinero que pagó gran parte del urbanismo social. Empresas Públicas de Medellín es una de las compañías de servicios públicos mejor administradas de Sudamérica. En 2013 generó US$869 millones de utilidad (sobre unos ingresos de US$6.900 millones), de los que US$640 millones terminaron en las arcas de la ciudad. En los últimos diez años EPM ha dirigido US$3.200 millones al ayuntamiento, el 25% del presupuesto municipal.

El segundo motivo es que la ciudad se basa en una cultura política y económica única: el corporativismo católico. Ya sea por el carácter de las primeras oleadas de inmigrantes (jesuitas y vascos) o el hecho de que se encuentre en un valle aislado; las élites de Medellín han colaborado para que su ciudad prospere.

Durante la década de 1990 representantes de empresas, del municipio, ONG, sindicatos, universidades y miembros de bandas se reunían para discutir el futuro de la ciudad. Estas mesas redondas generaron las ideas y una nueva generación de líderes locales.

Un tranvía y dos líneas más del teleférico se están construyendo y conectarán los barrios pobres del este. Otros planes parecen más urbanos que sociales: un cinturón verde alrededor de la ciudad, nuevas líneas de metro, un parque fluvial y un "distrito de innovación", que ya cuenta con un centro para startups.

Para que siga madurando la fruta, Medellín tendrá que abrirse. La fuerte cultura de la ciudad tiene inconvenientes: la reticencia a hacer negocios con extranjeros y una tendencia a no pensar más allá del valle.
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