Opinión

  • | 2016/02/12 00:01

    Reto de país: mejorar las facultades de educación

    Los docentes son la variable más importante para mejorar la calidad de la educación en Colombia. En el mundo de los niños, niñas y jóvenes de Colombia con problemas de pobreza, violencia, maltrato, falta de amor o exceso de riqueza, quizás, su única salvación es un buen docente.

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Lo contrario también es cierto, ¿cuánto daño puede hacer un mal docente a un estudiante, quien lo debe padecer durante el año escolar? según la evidencia, un niño no se recuperará nunca de un mal docente.

En el año 2007, el estudio de la firma McKinsey (Michael Barber y Mona Mourshed) indagó y buscó respuestas en los países que obtuvieron los mejores resultados en calidad en las diferentes pruebas internacionales donde se medían los resultados de los estudiantes. Dicho estudio concluyó que las dos principales variables fueron: primero, comprender que “la calidad de un sistema educativo tiene como techo la calidad de sus docentes”, y segundo, que “la única manera de mejorar los resultados es mejorando los procesos de enseñanza”. Estas dos variables inciden para lograr que el éxito educativo sea de la mayoría de los estudiantes (inclusión) y no se limite a unos pocos (exclusión).

En el caso de Colombia el estudio de la Fundación Compartir: "Tras la Excelencia Docente, cómo mejorar la calidad de la educación para todos los colombianos", encontró que en el país hay docentes con menos de 4 años de educación superior. Aún más grave una parte importante de ellos en primaria (cerca del 34%). También, dicho estudio señaló que en 80 universidades estudiadas se ofrecían 376 programas profesionales de formación docente, y sólo el 18% de ellos estaban acreditados con parámetros mínimos de buena calidad en el año 2012.

Otros tres resultados del estudio mencionado resaltaron lo siguiente: en primer lugar, las facultades de educación exigían escasa práctica pedagógica a los futuros docentes; segundo, dichas facultades no promovían en los estudiantes desarrollo y formación en investigación; y tercero, los docentes de los colegios oficiales en Colombia devengaban un 18% menos del salario mensual que recibían profesionales egresados de programas como medicina, economía, derecho e ingeniería, entre otros. Lo anterior explica en parte por qué los mejores bachilleres del país no quieren ser docentes, así como los bajos puntajes en las pruebas Saber 11 que se requieren para acceder a los programas de educación, cuando se compara con los puntajes mínimos exigidos en otras profesiones.

Producto del paro de docentes del año 2015, el Gobierno eliminó la evaluación de competencias para que los maestros ascendieran en el escalafón docente, lo cual, junto con lo antes expuesto, nos obliga como sociedad a proponer políticas y programas para apoyar el desarrollo de las facultades de educación en nuestras universidades y, en general, acciones encaminadas a fortalecer la formación de los futuros y actuales docentes tanto de colegios públicos como privados.

Para empezar, se requiere aumentar los $9 millones o menos que las universidades pedagógicas y facultades de educación invierten por estudiante; las mejores universidades públicas y privadas invierten más de 18 millones de pesos al año por estudiante. Recordemos que más de 400.000 docentes inciden de manera directa en la educación de más de 10 millones de estudiantes de la educación básica y media.

También, las facultades de educación requieren las mejores instalaciones, aulas y dotaciones en su proceso de formación. Un docente en su formación debe adquirir un sentido de la belleza humana, el arte, la estética, el confort, así como la atención y el cuidado a los demás, formación que para otras disciplinas del conocimiento quizás sea menos necesaria. Los futuros maestros no pueden estudiar en espacios oscuros, sucios y mal dotados, estas condiciones después se reproducen en las escuelas con los niños.

Además, las facultades de educación deben apoyar de manera decidida a los actuales profesores. Así como tener la meta de lograr que las próximas generaciones de maestros sean bilingües –ojo, bilingües, no cualquier formación o nivel en otro idioma—. Además, el gobierno debe promover, a través de Colciencias y de las universidades, el desarrollo de la investigación en educación con sus estudiantes y financiar prácticas pedagógicas a los futuros docentes, entre uno o dos años (tanto de facultades públicas como privadas). Eso hacen otros países con buenos resultados en educación.

El Informe McKinsey cita en el estudio antes mencionado que en “Tennessee se demostró que si dos alumnos promedio de 8 años fueran asignados a distintos docentes –uno con alto desempeño y el otro con bajo desempeño–, sus resultados diferirían en más de 50 puntos porcentuales en un lapso de tres años”

Por último, ¿por qué el MEN no propone un plan para fortalecer y mejorar las facultades de educación a 10 años? con fuentes de recursos serias, que vaya más allá de los lineamientos de calidad para las licenciaturas en educación, que son un indudable avance, pero no suficientes. Esta decisión será el fundamento sobre el cual se construirá una política de mediano plazo coherente para mejorar la calidad de la educación de niños y jóvenes.

Lea también: Libros de texto y calidad de la educación

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