Opinión

  • | 2015/09/07 05:00

    Salir del ombligo del mundo

    Frente a un mundo globalizado que predica la libertad para movilizar bienes, tecnología y recursos financieros, el único recurso que mantiene toda clase de trabas para desplazarse es el capital humano. ¿Puede Colombia tener una oportunidad en este escenario?

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Nuestra historia refleja cómo los inmigrantes llevaron una nación parroquial y aislada a la modernidad agroindustrial y más adelante a la innovación aeronáutica, abriendo tardíamente las puertas del país al siglo XX.  Colombia, sin embargo, no ha sido un país especialmente atractivo para los inmigrantes, a pesar de haber hecho intentos legislativos desde épocas tan tempranas de la vida republicana como 1823 para atraer inmigrantes que poblaran la naciente nación.

Desde aquellos tiempos hasta principios del siglo XX se pueden contar más de treinta leyes que permitían la entrega de tierras, el reconocimiento de intereses sobre cualquier capital invertido, la concesión de privilegios para construir ferrocarriles y caminos, entre otras medidas para motivar que las grandes extensiones del país tuvieran la misma suerte que los territorios de Santander, por ejemplo, donde los inmigrantes europeos habían creado florecientes y prósperos enclaves agroindustriales.

El impacto de esas iniciativas resultó infructuoso en el pasado en gran parte porque  la nuestra no fue una tierra de paz. Por ello Colombia no gozó de las masivas inmigraciones europeas que se volcaron hacia la Argentina a finales del siglo XIX, por citar un ejemplo, que la transformaron en una potencia agrícola hasta al menos la mitad del siglo XX. Tampoco gozó de las que huyeron de las guerras mundiales en Europa y que encontraron en Venezuela, por citar otro ejemplo, una tierra donde echar raíces y crear las bases del desarrollo industrial de ese país.

Las contadas y reducidas oleadas migratorias hacia Colombia han dejado su huella, pero no suficientemente. La falta de una verdadera inmigración, por el contrario, permitió que una sociedad ya independiente del monarca, mantuviera las maneras, usos y vicios de las relaciones coloniales entre el Español y el indio, el blanco, el negro y el mestizo, caracterizadas por la discriminación, la falta de reconocimiento y la convicción de privilegios de raza y clase; todo sencillamente porque no se contrastaron con los de otra cultura que los permeara y les abriera el mundo a los aislados parroquianos de estas tierras que la sentían como el ombligo del mundo.

Países como Australia o Estados Unidos fueron hechos por inmigrantes (aunque le duela a Donald) y son reflejo de un profundo sentido de la igualdad en parte porque sus primeros pobladores venían casi todos de la miseria a labrar un futuro, y en gran parte porque alrededor de los inmigrantes se crea una cultura universal que exige el respeto y la tolerancia como base para el trato, en medio de tantas diferencias. Y es ahí donde la inmigración brindaría una oportunidad para Colombia.

La necesidad de una inmigración provocada hacia el país no tendría hoy la motivación de poblarlo o contar con mano de obra como lo era en el siglo XIX, pero sería una estrategia silenciosa para romper con el peso de las relaciones coloniales que se mantienen y crear bases para una sociedad más abierta y tolerante. Extranjeros seleccionados y estimulados a inmigrar y ocupar posiciones claves como maestros de nuestros maestros, técnicos y pequeños empresarios, darían oxígeno y apertura mental, además de ser una oportunidad para incrementar la competitividad.

A este respecto, el Plan de Desarrollo contempló el principio de coherencia en el trato a los migrantes nacionales o extranjeros y exigió una política migratoria que involucrara la estrategia de atracción del capital humano. Pero es preocupante que el Gobierno pareciera haber centrado su política en el reconocimiento de los colombianos en el exterior y hecho poco o nada sobre la atracción del capital humano extranjero.

La oleada de venezolanos con educación de primer mundo y capital que fue desplazada por la Revolución del siglo XXI en los últimos años, es muestra de cómo la falta de una política de inmigración en Colombia permitió que sólo unos pocos ingresaran exitosamente al ciclo laboral y económico. El que unos pocos de aquellos venezolanos hubieran revolucionado la industria petrolera colombiana es el mejor ejemplo de lo que el país hubiera aprovechado con una apertura migratoria abierta hacia esos talentos.

Una Colombia en postconflicto podrá hacer el mejor uso de muchos inmigrantes como catalizadores de nuestros conflictos sociales y salir del ombligo del mundo.
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