Opinión

  • | 2016/02/10 00:01

    Saliendo de 'La tierra del olvido'

    Hablar de la música popular contemporánea de Colombia es tener claro que en América Latina somos algo más que referentes, nos convertimos en potencias, en exportadores de cultura, en remitentes de los sonidos de nuestras regiones y en transmisores de todo aquello que nos define como nación.

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Colonizamos parte de la música urbana del hemisferio y nuestras composiciones se convirtieron en un buen viaje al consumidor de música, sobre todo a aquello que resignifica al colombiano y la colombianidad ante el mundo. Y eso se lo debemos a un álbum que rompió en dos la historia de la música del país y elevó a otro nivel la industria discográfica del país: "La tierra del olvido".

El presente de la música colombiana no puede tener mejores números: en las últimas 58 semanas en el Top 20 del Billboard Latino nos hemos hecho presentes en por lo menos un 32% de la lista con títulos o colaboraciones de nuestros compatriotas, lo cual, termina redundando en una aparición interesante en los premios de la Academia de la Grabación Americana (Grammy) con dos nominaciones de dos propuestas musicales muy jóvenes, pero enmarcadas en la creatividad y la explotación de una riqueza gigantesca de sonidos que enmarcan el país.

Ahora bien, esto no es un proceso milagroso que mágicamente ha permitido el surgimiento de músicos, productores y estrellas que han tenido a bien surgir de manera natural en cualquier acera; este ha sido un proceso de años, en el que la estética ha sido un reflejo de nuestra evolución como sociedad y ella misma ha marcado el camino hacia la visibilización de nuestros entusiasmos y problemáticas. Muestra de ello es que a cierre de 2014 en la educación superior había una oferta de 480 programas de Bellas Artes, de los cuales las instituciones graduaron en 2013 10.837 profesionales en este ramo.

Ahora bien, haríamos mal en decir, que en Colombia la música no ha sido un actor central de la vida del país y mucho menos de la economía. En pleno surgimiento de la industria paisa en la tercera década del siglo pasado nacía Discos Fuentes, como un espacio para la producción de los artistas nacionales, momento en el cual la vanguardia en ingeniería de sonido y de producción musical se encontraba en Ciudad de México, Buenos Aires o San Pablo. Hoy desde esta esquina de Sur América exportamos al sur de la Florida, Los Ángeles o Londres parte de nuestro talento, no sin antes decir que localmente la industria independiente ha tenido un crecimiento exponencial en todo sentido.

Quizá la génesis se la debemos a la apertura económica de los noventas que nos permitió observar con detalle que procesos como el underground, o el rock en nuestro idioma podían tener una reinterpretación local que nos permitiera levantar la mano sin pena; entonces, surgió el primer laboratorio de fusión de nuestras raíces con sonidos foráneos que nos puso en la vitrina global: La tierra del olvido (1995), que detrás tuvo a Iván Benavides y Carlos Vives; desde entonces no nos hemos detenido y al parecer aún tenemos mucho por decir.

No lo podemos negar, la industria de la música es ampliamente competida y sufre actualmente por ciertas irregularidades de mercado que hacen más compleja la construcción de íconos capaces de explorar nuevas tendencias. Sin embargo, todo parece mostrarnos que la riqueza social de nuestro país tiene mucho para dar, dicho lo cual y aprovechando el entorno, es una industria que merece todo nuestro estudio, pero más aún clama por un apoyo que como está visto retribuirá con creces.

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