Opinión

  • | 2015/10/19 05:00

    El reto de competitividad de Bogotá

    Bogotá no puede darse el lujo de pasar otro período perdiendo competitividad, ni de privilegiar el populismo y el clientelismo por encima de la eficiencia y adecuada inversión de sus recursos.

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Culmina un período de gobierno en Bogotá que difícilmente podía resultar más desastroso que el anterior en términos de competitividad y respeto al derecho, pero que fue peor con creces para infortunio de todos los bogotanos.

Hoy solo nos queda la responsabilidad de asegurarnos que los organismos de control y los jueces impongan consecuencias a los efectos dañinos de decisiones motivadas en las aspiraciones presidenciales del alcalde Petro, decisiones coherentes con técnicas de dictadores de pacotilla que en países vecinos han exacerbado la lucha de clases y dividido a la población, creado enemigos fantasmas para victimizarse y usado las empresas y recursos públicos para hacer populismo.

Aunque quedan pocos meses para pasar la página, depende de los bogotanos que a partir del próximo período el Distrito sirva los mejores intereses generales, como debe ser su esencia, pero teniendo presente que en la democracia tercermundista la ignorancia es el mayor elector, el voto educado no puede mostrarse dubitativo y abrir el espacio para que líderes avezados en hacer política pero no en gestionar asuntos públicos, resulten favorecidos.

No hay duda de que la profusión de candidatos a la alcaldía paradójicamente no favorece a la democracia, pero es reflejo de un sistema electoral hecho por políticos y no a prueba de ellos. Así, como a los políticos les gusta ser candidatos para todo,  es factible que cualquiera con una mayoría mínima pueda gobernar aun en contradicción con la mayoría de los electores, como ocurrió precisamente con Petro, que con un porcentaje mínimo de cerca del 20% de los votos en dicha elección, llegó a gobernar teniendo un 80% de electores que no lo querían. Y siguen sin quererlo, según las últimos sondeos de satisfacción en la ciudad.

Lo que ocurre es que la mayoría de la población asume que el alcalde debe ser un político cuando esencialmente es un administrador público que debería tener capacidad para gestionar, claridad sobre las proyecciones de la ciudad y un criterio adecuado sobre el uso de los recursos disponibles para dirigir la acción pública hacia dichas finalidades. Medellín es un magnífico ejemplo de administradores con un panorama claro de a dónde debía dirigirse su ciudad, que han orientado la gestión de las entidades y empresas públicas hacia el mejoramiento de las condiciones de vida de la población y han sabido llevarla a ser un modelo internacional de competitividad e inclusión social. 

Los bogotanos admiramos a Medellín (de hecho, nos morimos de envidia) ya que nuestra ciudad perdió ese impulso hace tres alcaldías y para recuperarlo se necesitan condiciones que no todos los candidatos actuales demuestran. La cuestión de gerenciar la cosa pública desborda sobradamente la capacidad de algunos para hacer política electoral, pues hacer alianzas que les permiten recibir el respaldo clientelista de partidos decadentes, usar avisos con fotos de líderes cuestionados, o repetir el tradicional discurso de que van a generar empleo y mejorar la seguridad sin mostrar una visión macro, no son suficientes cuando lo que se necesita es un gerente. 

Y uno de verdad, que tenga una visión de ciudad y haya demostrado capacidad para concretar su visión, pues el desarrollo social y la seguridad dependen del crecimiento económico y éste de que haya inversión privada, y ésta de que haya inversión pública coordinada dentro de un plan de mejoramiento general de la población. Lo demás es pura carreta electoral.

Como copropietario de la gran empresa que es Bogotá, solo espero seleccionar al mejor gerente, no al más simpático o al más serio, sino al que demuestre ser capaz de realizar las finalidades de dicha empresa y producir los mejores beneficios para todos mis copropietarios. 

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