Opinión

  • | 2017/02/06 00:01

    Nuestro barril sin fondo

    Hay un serio problema con nuestro Estado social de derecho: cómo sostenerlo.

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En la raíz del comunismo estaba el sueño de acabar con la propiedad privada y conferir al Estado ya dueño de los medios de producción, el papel de ser el motor de la economía, su director y ejecutor, para bien de los ciudadanos, que libres del apego a lo propio, tendrían todos iguales oportunidades de desarrollar su potencial personal.

Se trató de una reacción a la filosofía liberal que abogaba en contraste por la reducción del Estado a su más elemental función de brindar seguridad y justicia, dejando en manos de los particulares la total autonomía para realizar sus actividades económicas rigiéndose solo por las reglas de la oferta y la demanda. El capitalismo salvaje, dirían hoy, sin Estado que interfiriera o limitara la voluntad de los individuos.

El debate alrededor de dichas posturas ha sido la base de los eventos que han hecho historia y marcado a las sociedades de todos los rincones del globo en los últimos dos siglos, traduciéndose como es natural y por la dialéctica propia de los hechos, en posturas intermedias purgadas de extremos, alrededor de mitos sobre el papel del Estado, como, por ejemplo, el del Estado Social de Derecho.

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Dicha visión del Estado supone que éste debe garantizar servicios y derechos esenciales a los ciudadanos para mantener un mínimo nivel de vida que les permita obrar en sociedad con dignidad. Es una postura filosófica que difícilmente puede rechazarse porque tiene al ser humano como centro y refleja la justicia que debe tener la sociedad frente a todos los individuos.

Y esta, que es precisamente la orientación del Estado reflejada en nuestra Constitución y que inspira en buena parte la dirección del gasto público, lamentablemente se opaca por lo esencial: todo derecho tiene costos y para que sea realizable, el Estado debe contar con los recursos y las eficiencias para garantizarlo. 

Y ahí está el problema en Colombia, donde a pesar de los esfuerzos de la sociedad por financiar los gastos del Estado a través de la creciente carga tributaria, no hay límite al gasto social y no hay manera de que los recursos alcancen para realizar el modelo de estado previsto en el papel. Esto sin hablar de la pérdida de recursos por la ineficiencia del Estado y la corrupción.

Un caso reciente de esquizofrenia fiscal, donde nuestras instituciones deliran con el Estado ideal y se comportan como si existiera, cuando la realidad es otra, es el reciente debate sobre la compensación a las madres comunitarias. Quién no quiere que se reconozca el trabajo de dichas mujeres en su comunidad, pero una cosa es reconocerlo y otra asumir la correspondiente compensación. Quién no considera conveniente y loable la licencia para los padres durante la maternidad, pero quién asume el costo de este beneficio.

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Todo ello sin hablar de otras muestras de un Estado social de derecho desbordado en derechos y garantías que se han conferido de manera gratuita, sin calcular su efecto en términos del gasto público y su sostenibilidad real, llevando a que ese catálogo sea tan extenso como lo deben ser los recursos que atrape el Estado de la sociedad para atenderlos.

Al final terminamos diciéndonos mentiras, pues no solo Colombia no es un país rico, con recursos ilimitados y una reducida población, sino que hay carencias esenciales en áreas que demandan grandes inversiones para asegurar su crecimiento económico, hoy insatisfechas precisamente porque el gasto social no se puede recortar alegremente.

La cuestión es que el Estado colombiano está adquiriendo un tamaño tal para cumplir con su función garantista y benefactor, y está demandando recursos tributarios tan monstruosos para ello, que llegará el momento en que el Estado sea el principal motor de la economía y la consuma con sus ineficiencias. Y nadie parece dispuesto a parar este tren porque sencillamente nadie quiere asumir el costo político para ello.

Es menos impopular gravar a los ricos, que quitarle derechos a los pobres, o al menos así puede entenderse. Pero decirnos mentiras nos llevará finalmente a chocar con la realidad de que no podemos vivir como ricos con presupuesto de pobres.

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