Opinión

  • | 2016/05/23 00:01

    Nuestra prensa banal

    Cuánto pesa una prensa banalizada en una democracia.

COMPARTIR

Cuando Varga Llosa en su ensayo La Civilización del Espectáculo describía la banalización de la cultura, no era difícil entenderlo en un medio abundante en presentadoras de piernas esbeltas, horas enteras de comerciales y farándula entre cortos espacios de noticias y donde la prensa de mayor circulación genera noticias alrededor esencialmente de los boletines oficiales y limitados, muy limitados despachos internacionales.

Lamentablemente una prensa banalizada y perezosa resulta igual de perjudicial para cualquier sociedad que una prensa censurada. Carece de la fuerza crítica necesaria para fiscalizar las acciones de gobierno o los intereses de los poderosos y deja de ser los ojos y oídos de la comunidad para ser simplemente un elemento de diversión, alrededor del morbo o intereses que pueden no coincidir con los de la comunidad entera.

De hecho, resulta más peligrosa que una prensa censurada, ya que la censura supone al menos una ideología incómoda para el régimen, un interés diferente, mientras que una prensa banal anestesia a la sociedad y uniforma su opinión sin oportunidad para el pensamiento diverso. En otras palabras, se condena a la sociedad a repetir errores y la excluye de construir soluciones basadas en la contradicción.

Nuestra prensa banal de no es excepcional a otros países donde los medios dejaron hace tiempo de pertenecer o ser inspirados por idealistas y contradictores, a miembros de partidos con ideología, o a ateos irredimibles pero con fundamento.

Hoy muchos medios de prensa, generalmente los más importantes en términos de difusión, son claramente vehículos comerciales para sus anunciantes y su interés radica esencialmente en la circulación o la audiencia, lo cual no es necesariamente incorrecto, pues deben subsistir como empresas, pero les exige razonabilidad y entender cómo cumplen un mejor papel para la sociedad, que no parece cumplirse de manera general en nuestro país.

Y es que resulta banal en la prensa, por ejemplo, su arrodillamiento a ciertos anunciantes, como ocurre cuando medios especialmente críticos a los servicios de una multinacional de las comunicaciones, dejan de serlo cuando la pauta se ve amenazada. O que una petrolera de alto perfil mediático termine siendo blanco de los ataques de la prensa cuando sus recursos no dan para pauta alguna, por hechos que debieron verificarse desde tiempo atrás, cuando eran ignorados por los medios ávidos de su pauta.

Igualmente banal es predicar sólo los méritos de los funcionarios de turno sin hacer ningún análisis riguroso de la información vertida en los boletines de prensa oficiales del Gobierno sobre sus logros, sin averiguar jamás qué se dice en los corredores de los edificios oficiales. Ello lleva a que ministros que ayer eran superestrellas hoy sean condenados por la justicia sin que la sociedad supiera jamás de sus andanzas antes de las investigaciones judiciales, normalmente no iniciadas por denuncias de la prensa sino por supuestos opositores políticos.

Igual de banal fue lo que pasó con vedetes en el mundo empresarial como los Nule, que pasaron de ser portadas de los medios cuando eran farándula y de ellos solo interesaba la admiración por sus habilidades comerciales, a criminales por hechos que no fueron sospecha para la prensa a pesar de lo espectacular de su rápido éxito económico.

Por la banalidad de nuestra prensa nada sabemos por ella del papel de la Junta Directiva de Ecopetrol en la estructuración y seguimiento del proyecto Reficar, o el destino de los cupos indicativos denunciado por el Centro Democrático, sin que parezca interesarle por ser hoy una minoría sin poder político o burocrático; así como nada supimos de las masacres de los paramilitares en el primer mandato del gobierno anterior, cuando parecía que todo valía para derrotar al enemigo común.

Algunos recordarán con nostalgia como el diario El Espectador en la época de los idealistas, enfrentó al Grupo Grancolombiano por sus denuncias de autopréstamos y sufrió el retiro de su pauta, desencadenando la caída del grupo que finalmente sirvió al mejor interés de la sociedad, a pesar del sacrificio económico del periódico.

Hoy necesitamos mas periodistas como Guillermo Cano que hagan del oficio del periodista un medio de transformación y no de anestesia social. Al final, el periodista, como todo ser humano, debería pensar si sus actos sirven o no para un mundo mejor.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?