Opinión

  • | 2017/03/05 00:01

    Mi techo de cristal

    Todas las mujeres tenemos el mismo derecho que los hombres a vivir sin ser juzgadas, a sentir y a ser escuchadas. El mundo está hecho para ser compartido y disfrutado aportando desde el género la diferencia que nos hace complementarios pero sin barreras que cansen.

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Hay una frase con la que me siento identificada y la he recordado en cada etapa de mi vida tanto personal como profesionalmente: “El cielo es el límite”, frase que te hace creer que en realidad todo es posible y que solo de ti depende llegar a donde quieres. Lo creí firmemente desde niña ya que mi padre me convenció de que las mujeres y los hombres realmente podíamos soñar y hacer lo que quisiéramos sin importar el género.

Hay conceptos organizacionales que al final terminan extrapolándose a la vida misma. La sociedad sigue siendo más permisiva para los hombres pero es también cierto que estamos evolucionando. Aclaremos conceptos para ver en dónde estamos y mejor aún qué podemos hacer para cambiar estos paradigmas y construir un legado para las mujeres de las generaciones que vienen atrás.

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¿Qué es un techo de cristal?

Es una barrera transparente como el cristal, imposible de traspasar, que describe un momento concreto en la carrera profesional de una mujer, en la que, en vez de crecer por su conocimiento y experiencia, se estanca dentro de su carrera profesional. En muchas ocasiones, coincide con la etapa de su vida en la que decide ser madre.

El término (del original ‘glass ceiling‘) nace en los años 80 en un informe sobre mujeres ejecutivas publicado en el Wall Street Journal, pero se ha extendido a todo tipo de ocupaciones, la ciencia o el deporte. No es realmente una descripción legalista sino de los prejuicios extendidos para confiar en las mujeres puestos de responsabilidad, pagar un salario y otorgar una oportunidad de crecimiento igual que los hombres.

Hay otro concepto interesante que puede detener el crecimiento profesional de una mujer: El suelo pegajoso. Se refiere a las tareas de cuidado y vida familiar a las que tradicionalmente se ha responsabilizado a las mujeres. Salir de este "espacio natural" que según la sociedad le corresponde más a la mujer que al hombre es un obstáculo para su desarrollo profesional.

Existe mucha presión dentro de la pareja, en la familia y en la sociedad para hacer creer a las mujeres que son las principales responsables del cuidado. El sentimiento de culpa y las dobles jornadas dificultan su promoción profesional, tal y como está configurado el mundo empresarial masculino.

El techo de cemento aparece también como un concepto a tener en cuenta. Se trata de los límites que tienen las mujeres para crecer política, social o empresarialmente, debido a la falta de referentes, la maternidad, la vida personal, una mayor autocrítica o una forma diferente de entender el liderazgo y la ambición profesional.

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Este concepto tiene que ver con la educación sexista, la organización de los horarios de trabajo o la forma en la que históricamente se han armado los esquemas de mando de las empresas. Para  sobrepasarlo, muchas mujeres tienen como única opción adaptarse a la historia de las organizaciones que no tienen en cuenta sus particularidades como madres y esposas.

El techo de diamante por su parte es un término acuñado por Amelia Valcárcel en su libro ‘La política de las mujeres‘ (1997). Se refiere al hecho de que, en la sociedad, el hombre sea un "objeto de aprecio" y la mujer un "objeto de deseo", subordinándola así a una situación en la que el hombre perpetúa su poder.

El ‘techo de diamante‘ impide que se valore a las mujeres por criterios estrictamente profesionales y merma la autoestima femenina de cara a aspirar a un puesto de mando.

No importa de qué este hecho el techo, el piso o las paredes. Todas las mujeres tenemos el mismo derecho que los hombres a vivir sin ser juzgadas, a sentir y a ser escuchadas. El mundo está hecho para ser compartido y disfrutado aportando desde el género la diferencia que nos hace complementarios pero sin barreras que cansen. Vencer los techos a veces duele pero cuando se quiere... ¡El cielo es el límite!

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