Opinión

  • | 2016/11/27 00:01

    Más humanidad y menos mezquindad

    La Real Academia de la Lengua define el término perverso como: “Sumamente malo, que causa daño intencionadamente. Que corrompe las costumbres o el orden”

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Ha coincidido, en mis reflexiones de las últimas semanas, una preocupación creciente acerca de diversas expresiones, muy características de un cierto estilo perverso, con el que muchas personas deciden causar daño con su crítica destructiva y corrosiva sobre aquellos intentos serios, bienintencionados y concretos de acción en favor del bien común y de la construcción social.

Después de leer y abordar muchos ejemplos, no puedo negar mi sorpresa al leer un artículo publicado en redes sociales, titulado “La lucha por la innovación de América Latina y la máquina de marketing de Medellín” en el que, en resumen, se descalifica el importante ejemplo de Medellín como ciudad innovadora atreviéndose a llamarla la "mentira de la innovación". 

Resulta entonces que ese ícono evidente del desarrollo, la transformación, la atracción de inversiones, la educación, la superación de la violencia y de la triste herencia de la mafia narcotraficante que es Medellín para Colombia, es a juicio de ese pequeño grupo perverso lleno de grandes dosis de soberbia intelectual y pesimismo, un simple y triste ejemplo de mercadeo irresponsable de ciudad. Nadie ha dicho que Medellín ha superado todos sus problemas, sus retos o sus dificultades pero, negar que Medellín es un gran ejemplo de innovación y desarrollo en Colombia, resulta al menos insólito.

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Y es que, de fondo, más allá de este caso puntual, lo que sí abunda es esa soberbia en la que la mayor oportunidad de calificación académica, o  la edad, o los privilegios socioeconómicos, parecen permitirle  a unos pocos una suerte de superioridad moral, intelectual o social para justificar la descalificación del colega, del amigo, del familiar por el simple hecho de pensar distinto, actuar distinto o leer la realidad de manera distinta. 

Esa soberbia aunada a un ánimo criticón y pesimista que nunca construye, resultan en una combinación perfecta para el inmovilismo, la censura y la discriminación. 

Quienes, en distintas épocas, desperdiciaron la oportunidad de transformar positivamente la realidad, desde la política pública por ejemplo, son curiosamente quienes hoy, desde la crítica “anónima”, intentan destruir y despreciar el compromiso de las nuevas generaciones con acciones concretas de desarrollo y progreso. Desde la barrera muchos aparecen como expertos en el cómo, el cuándo, el  dónde, el por qué y para qué deben hacerse las cosas, pero es muy distinto rodear las buenas y concretas iniciativas y, aún en la diferencia, comprometerse a construir hombro a hombro un mejor futuro para nuestro país en distintos ámbitos de prioridad: Educación, Salud, Justicia, Ciencia, Tecnología, Desarrollo Empresarial y un largo listado de etcéteras.

Es ese el drama social y cultural que se viene evidenciando en una coyuntura que nos invita a la búsqueda de una Paz estable y duradera para Colombia, una Paz que todos queremos y anhelamos, pero que aún no hemos entendido suficientemente que es una Paz que debemos construir TODOS nosotros, todos los días y con nuestras actitudes y comportamientos concretos que crean valor social, en vez de destruirlo. 

Si la resiliencia es uno de los valores que caracteriza a la sociedad colombiana, que la argumentación, el rigor, la disciplina, el diálogo transparente, la argumentación bienintencionada,  el reconocimiento del mérito, y el cuidado por el ser humano en su dignidad, sean los nuevos valores sociales de una Colombia en Paz. Que la crítica, la confrontación de las ideas y la argumentación suenen siempre nítidas, claras, francas, constructivas y positivas, dichas de cara al mundo y no escondidas tras el velo de la oscuridad, la cobardía y el anonimato.

Esa es la invitación (desde lo más macro hasta lo más micro): más trabajo y menos arengas, más apoyo consciente y menos crítica destructiva, más transparencia y menos anonimato, más y mejores ideas que buscan construir y menos pesimismos que terminan por destruir, más solidaridad y menos egoísmo, más inclusión y menos discriminación, en definitiva más respeto por la dignidad y menos apología a la mezquindad. 

Esa Paz querida requiere de enormes esfuerzos culturales y actitudinales que nos acerquen y nos unan como sociedad para trabajar en los grandes y complejos desafíos de nuestra sociedad.

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