Opinión

  • | 2017/01/07 00:01

    Lo que ha importado siempre

    En un mundo en que las certidumbres tienen fisuras, y la confianza y el compromiso se han fracturado tornándose incluso inexistentes, es necesario encontrar alternativas para comportarnos y poder orientar las empresas que dirigimos.

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En el año 2012 un destacado autor de temas gerenciales y estrategia, Gary Hamel, publicó un libro denominado “Lo que importa ahora”, para referirse a elementos a tener en cuenta para “triunfar en un mundo de cambios implacables, competencia feroz e innovación sin barreras”. Este aporte se vuelve muy relevante hoy en día.

Lo más importante de esta publicación, según mi opinión, son los 5 asuntos primordiales que las empresas y las personas deben observar y aplicar para que sus actividades prosperen en los años por venir: los valores, la innovación, la adaptabilidad, la pasión y la ideología.

Respecto a los valores: se ha evidenciado que principios tales como la lealtad, el amor al prójimo, la prudencia, el sentido de la responsabilidad y la equidad se han perdido en nuestra economía habida cuenta de la cantidad de actos irresponsables por parte de empresas y ejecutivos que solo han perseguido sus intereses personales. No es necesario ejemplificar de manera específica estas realidades, son muy conocidas tanto en el plano nacional como en el internacional.

En cuanto a la innovación, las características de la economía actual hacen que la generación de nuevas ideas y el desarrollo de nuevos productos adaptados a las necesidades cambiantes del mercado, se hayan vuelto ineludibles. En todo momento de la existencia hemos estado en deuda con la innovación, le debemos la vida misma a ella, la prosperidad, la felicidad y el futuro. En la tarea de innovar constantemente debemos ser apasionados, liderar el cambio, buscar sorprender, ser irracionales, trabajar permanentemente en los detalles y “pensar como ingenieros y sentir como artistas” manifiesta este autor.

En relación con la adaptabilidad es importante reconocer que ante los cambios exponenciales que se presentan en todo orden, la capacidad de respuesta de las personas y las empresas debe ir en el mismo sentido y se debe manifestar proactividad en todas las acciones sin aferrarnos al pasado de manera persistente,  permitiendo que los nuevos conceptos afloren y que el éxito no sea efímero o que nos veamos rápidamente desplazados por “recién llegados” que no tienen ninguna carga o prejuicios.

La pasión por su parte, radica en el permanente entusiasmo y fervor que debemos tener por todo aquello que hacemos, lo cual nos permitirá innovar y cambiar continuamente y erradicar el statu quo que en muchas ocasiones se apodera de nuestras actividades. Los gerentes y empleadores deben entender esto también cuando lideran procesos con personas y se encuentran todo el tiempo inclinados a frustrar todo tipo de logros extraordinarios por parte de sus empleados en lugar de fomentarlos de manera insistente.

Por último, la ideología, ese férreo credo que manejan las empresas y que hace que cada vez más sean menos adaptables, menos innovadoras y menos generosas con las personas que las conforman. Se busca incesantemente unos resultados a toda costa, rendimientos excepcionales siguiendo políticas muy duras respecto a variados frentes de trabajo que no hacen otra cosa que rendir tributo al control. Los procesos y prácticas gerenciales son importantes para efectos de generar valor económico pero es vital considerar asimismo la generación de otro tipo de valor: el capital social, en el que la confianza, el afecto, el trabajo en red y unas normas efectivas, procurarán seguramente muchos más rendimientos de todo tipo, adicional al meramente económico. Hay que vigilar de cerca los “efectos deshumanizantes” de la burocracia y tener en cuenta que la autogestión y el empoderamiento en las empresas, entre otros, pueden ser mucho más benéficos.

Siendo importantes todos estos asuntos mencionados, pienso que debemos partir de proteger los principios fundamentales, los valores. Las personas y los recursos a nuestro cargo deben ser tomados con responsabilidad y no como medios para nuestros fines egoístas por lo que tenemos que asumir las consecuencias de nuestras acciones. Debemos estar dispuestos a anteponer lo colectivo a lo individual y, si bien debemos aprovechar el presente que vivimos, pensar constantemente en el futuro es algo imperativo. Finalmente, en cuanto a estos fundamentos de la sociedad, hemos de ser muy estrictos al observar que todos los beneficios se deben distribuir de manera equitativa respecto al aporte de cada uno y que esta repartición no debe estar basada en el poder.

Al ser descendientes de la Revolución Industrial y sus consecuencias, esto nos ha enseñado que buscar insaciablemente más y más ya no es sostenible, y finalmente no solo nada nos llena sino que igualmente quedan excluidas muchas personas. Nuestra sociedad y los individuos que la conformamos, exigimos otro tipo de capitalismo, uno que no sea “salvaje y financiero”, uno que sea más amable e “inclusivo” y que sepa diferenciar entre “maximizar el consumo” y “maximizar la felicidad”. Preocuparnos por el futuro teniendo presente que los recursos no son infinitos es vital, pero sobre todo y tal vez por encima de ello, respetar los valores, recuperar la humanidad en los ambientes laborales y la ética en los negocios es indispensable. Esto es “lo que ha importado siempre”.

Feliz 2017 para todos(as).

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