Opinión

  • | 2017/07/05 00:01

    Las universidades y la conducta de sus graduados

    Parece superficialidad y oportunismo mediático correlacionar los delitos con las universidades donde estudiaron los criminales, pero ¿estas pueden mantenerse ajenas de buscar soluciones para dichos problemas?

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Luego de que los medios de comunicación empezaron a dar información sobre los supuestos responsables la bomba en el Centro Comercial Andino en Bogotá, y en medio de las especulaciones sobre quiénes eran culpables, el único hilo conductor de quienes eran los responsables parecía relacionado con el hecho de que eran estudiantes y abogados egresados de la Universidad Nacional. Su rector escribió entonces al periódico El Tiempo pidiendo que esta información fuera rectificada, por cuanto se trataba de “afirmaciones temerarias que vinculan a la Universidad con los autores” mancillando el buen nombre de la institución. Varios señalaron, con razón, que los medios estaban generando en el público la impresión errónea de “los de la Nacional” cometían actos de terrorismo, más que personas individuales, con nombre y apellido.

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Aunque aún no sepamos con total certeza qué pasó allí, tenemos un ejemplo de 2009, cuando a Harvard le sucedió algo similar luego de haber estallado la crisis subprime. Los medios de comunicación siguieron la misma línea de argumentación, según la moda actual del periodismo, de hacer un ranking sobre los 25 principales culpables de la crisis financiera global, hasta que un prestigioso diario complementó esa información, añadiendo los programas y universidades de los cuales se habían graduado los culpables.

De esos, un 70% eran graduados de programas MBA y al menos una docena de estos eran egresados de Harvard Business School (HBS). Luego, añadieron a la lista a los responsables de Enron y otros fraudes por tráfico de información privilegiada, donde nuevamente surgían como factor común el título de Máster en Dirección de Empresas (MBA), las escuelas de negocios y Harvard en particular. Y mientras un columnista pedía explicaciones a la prestigiosa escuela de negocios, el Financial Times se preguntaba cómo formaron y qué les enseñaron a los jóvenes en estos costosos programas, de cara a explicar por qué estaban tan frecuentemente enredados en estos escándalos.

La discusión se fue haciendo cada vez más genérica. Pero insinuar que “todos los MBA” o que “todas las escuelas de negocios” del mundo debían dar explicaciones sobre lo que pasó era, al menos, temerario (por ejemplo, un MBA de una escuela de negocios latinoamericana no tenía por qué asumir responsabilidad en las subprime). Y si tomamos en consideración que HBS tenía 100 años de historia y al menos 44 mil egresados de su MBA en más de cien países, era apresurado e injusto dejar la impresión de que todos ellos eran corruptos, deficientemente formados y generadores de perjuicios para sus empresas y la sociedad.

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Pero, de otra parte, también era cierto que 37% de los graduados de HBS trabajaban en sectores como servicios financieros, banca de inversión y consultoría, dados los elevados salarios que allí se pagan, y muchos de estos egresados trabajan en Wall Street y en empresas como Enron, gracias al impresionante networking que genera dicha escuela. Por eso algunos decían, también con cierta razón, que solo se necesitaron esos 12 egresados, ubicados en puestos estratégicos, para quebrar al mundo entero durante los siguientes años y que Wall Street, con una cultura laboral extremadamente competitiva y un sentido de la ética cuestionable, estaba plagado de gente con esas mismas credenciales.

HBS decidió actuar proactivamente, no tanto por reconocer lo que supuestamente habían hecho, sino sobre lo que parecía que estaban dejando de hacer para afrontar estos problemas. Ese mismo año, su MBA celebraba su centenario y tenían planeado realizar un gran evento invitando egresados de todo el mundo para hablar sobre innovación. Con un escándalo difícil de evadir, optaron por dedicar un foro abierto en la web de su prestigiosa revista, Harvard Business Review, invitando a numerosos académicos para que escribieran sobre “cómo arreglar las escuelas de negocios” y a sus lectores en todo el mundo para comentarlo. El tema del evento se cambió para hablar de ética. Y los profesores encargados de este, terminaron publicando un libro titulado “Repensando el MBA: La educación de negocios en la encrucijada”. Así, promovieron investigación sobre el tema y realizaron un gran diagnóstico sobre el que decidieron actuar para asumir parte de la responsabilidad.

Entre muchos cambios que realizaron, hubo uno particularmente interesante: se percataron de que no podían seguir teniendo tantos cursos obligatorios en economía, finanzas y operaciones, al tiempo que promovían una educación motivada en hacerse millonario antes de los 35 años, mientras que la ética y la preocupación por “el ser” era apenas un solo curso electivo en el segundo año del MBA. Así que desarrollaron un curso obligatorio de Liderazgo y Responsabilidad Corporativa en el primer año del programa, como parte del currículo obligatorio, el cual sería diseñado, preparado y dictado por algunos de los más prestigiosos profesores de la escuela en diversas áreas académicas. Estos debieron estudiar y aprender del tema conjuntamente para enseñarlo de manera eficaz. Y lo hicieron en contra de muchos docentes dentro de la institución, quienes argumentaban las dificultades de enseñar ética y definir el tipo de ética que debía enseñarse en una escuela de corte liberal. Hoy en día es uno de sus cursos más populares.

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Efectivamente, parece haber superficialidad y oportunismo mediático detrás de correlacionar los delitos con las universidades de los criminales. Quizá a las universidades públicas les afecta más que los noticieros sólo las muestran cuando hay paros y pedreas porque, como dice Moisés Wasserman, exrector de la Nacional, “pueden ser 45 las personas que salgan a la avenida 26, pero nadie habla de las 26.000 que se encuentran estudiando”. Entretanto, su investigación y sus enseñanzas no reciben la misma vitrina.

Al mismo tiempo vale la pena rescatar la postura asumida por Harvard, porque cuando los actos de unos pocos estudiantes o graduados de una institución educativa no representan lo que todos en su comunidad universitaria piensan o hacen, si ciertos incidentes se hacen graves o repetitivos conviene revisar qué aspectos de la institución pueden servirles como caldo de cultivo, siendo más proactivos en la búsqueda de formas más eficaces de evitarlo.

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