Opinión

  • | 2017/06/01 00:01

    Las empresas zombies

    Los zombies, desafortunadamente, acarrean problemas mayores como ocurrió con la crisis inmobiliaria en España y los Estados Unidos.

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En los Estados Unidos ha hecho carrera la expresión “empresas zombies” para denominar a aquellas compañías (se usó mucho  en el sector bancario durante la crisis) que siguen vivas únicamente gracias a las ayudas externas (públicas o privadas) porque sin ellas habrían muerto dado su nivel de iliquidez. La expresión se ha extendido a diferentes latitudes dándole un tinte más amplio e incluyendo, ya no solo a los usuarios de la respiración artificial estatal, sino además a aquellas empresas destinadas a morir, pero que no lo hacen entre otras porque no tienen la liquidez para hacerlo: ¡Incluso para morir se necesita liquidez!

El circulo vicioso es simple y entre otras tan viejo como la panela: una empresa se encuentra sin liquidez, bien porque sus ventas  han caído (a veces nunca arrancaron) o porque teniéndolas no es capaz de cobrarlas; tiene entonces que recurrir a líneas de crédito costosas para financiar el faltante, básicamente para pagar la nómina y los proveedores críticos, y finalmente, gracias generalmente a la clemencia o miopía de sus acreedores, siguen a flote... por un tiempo.  

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En el camino generalmente aparecen las garantías personales de los socios que tienen que empeñar hasta la camisa para conseguir crédito de alto costo, lo que desafortunadamente es una ilusión de corto plazo porque el círculo generalmente se agrava comprometiendo incluso la viabilidad de liquidación de los empleados que prefieren quedarse a entrar en la cola de acreedores ante el cierre inminente a la espera de una liquidación final. 

Es el caso actual de Toshiba, la icónica empresa Japonesa que admitió recientemente que su supervivencia está en riesgo y que podría ser retirada de la bolsa de Tokio después de registrar la mayor pérdida industrial en la historia empresarial Japonesa. El camino de Toshiba parece ser la crónica de una muerte anunciada que este tipo de empresas sigue bajo una de tres opciones que se repiten una y otra vez:

  • La ayuda estatal: Es el rescate directo por parte de un organismo gubernamental. En el caso de los japoneses posiblemente de la Corporación para Iniciativa de Rescate de Empresa, entidad encargada de meter al quirófano a organismos desahuciados que, la verdad sea dicha, tienen una muy baja tasa de supervivencia. En los países desarrollados sin embargo los políticos se precian de la baja tasa de mortalidad como signo de fortaleza económica cuando en la práctica están prolongando artificialmente a un paciente en coma que casi nunca logra despertarse. En  países como el  nuestro eso de “salvar” una empresa con recursos estatales no pegó, salvo que se trate de las pesimamente administradas empresas públicas que generalmente no mueren pues terminan siendo salvadas por los contribuyentes.

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  • El desmembramiento: Es la venta, a pedacitos, de los pocos órganos sanos y con valor real en el mercado que le quedan a la empresa. Generalmente de esas pocas unidades de negocio que son rentables y que dan algo de caja. En el caso de Toshiba por ejemplo, sería la venta su unidad de semiconductores, que fabrica chips de memoria para teléfonos inteligentes, computadoras y otros dispositivos electrónicos. La unidad con valor estimado de US$9.000MM tendría oferta de Foxconn (por US$27MMM), la Taiwanesa que ensambla el Iphone y que el año pasado compró Sharp (otro recordado Zombie). Aquí vuelven y aparecen los burócratas de turno que en este caso verían con malos ojos la venta a rivales surcoreanos o chinos.
  • El desenlace: Finalmente pasa lo que todos temieron, los especialistas predijeron, y en más de una ocasión lo que las oraciones de más de uno pidieron, desafortunadamente ya a destiempo. El desahuciado se despide después de una larga agonía llevándose de plano los ahorros de miles de accionistas, y el tiempo de miles de empleados que fueron alentados una y otra vez a seguir adelante aunque se les veía a diario arrastrando los pies como sentenciado va al cadalso. La empresa se gasta no sólo la energía sino sobre todo los últimos recursos en tratar de salvar lo poco que quedaba ya cuando la liquidación final deja un saldo paupérrimo para repartir.

Los zombies, desafortunadamente, acarrean problemas mayores como ocurrió con la crisis inmobiliaria en España y los Estados Unidos. Los recursos destinados a salvar un sector que ellos mismos habían ayudado a inflar, son recursos que se le quitan a empresas buenas, viables, en crecimiento y por lo tanto con necesidad urgente de crédito para crecer. Justos por pecadores de una economía global en donde el desatino empresarial en consonancia con la benevolencia y el orgullo estatal terminan por sacrificar emprendimientos rentables.

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A veces es mejor hacer gala del sentido de la razón, hacer el duelo, y diseñar un bonito epitafio como aquel que escribiera  el famoso enterrador  caldense don Aparicio Díaz Cabal y que me he permitido modificar: ”En  esta tumba fría yace la esposa (empresa) mía, y si ella descansa en Paz, yo descanso mucho más”.

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