Opinión

  • | 2016/04/20 00:01

    Larga vida a su majestad

    Desde el código de Hammurabi, pasando por el Corán, La Torá o La Biblia, avanzando por William Shakespeare y Cervantes, Joyce o García Márquez, llegando hasta la más reciente versión del Kindle, el libro ha evolucionado manteniéndose en pie en el mercado.

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El colegio nos dejó como impronta mental que la diferencia entre prehistoria e historia tiene su enclave en el acto mismo de escribir, diciendo con esto, que ha sido la palabra escrita el vestigio de las civilizaciones. Los muros de las cavernas, las tablillas, las pilastras de los templos, el papiro y en últimas el libro han terminado siendo no solo un testigo del paso del hombre y su evolución en la tierra; sino que este se ha convertido en un reflector y transmisor de la cultura, en un epicentro de expresión de la evolución del pensamiento humano, en un espacio para la exposición de la ética y la estética y ha permitido develar la sensibilidad de las razas del planeta, en conclusión, el libro ha terminado siendo un espejo en donde se refleja lo que somos y seremos; diciendo con ello, que mientras habitemos la gran esfera azul, este, así mute en sus formas, será nuestra bitácora de viaje.

Desde el código de Hammurabi, pasando por el Corán, La Torá o La Biblia, (Siglos después, impresa por Johannes Gutenberg), avanzando por William Shakespeare y Cervantes, Joyce o García Márquez, llegando hasta la más reciente versión del Kindle, el libro ha evolucionado manteniéndose en pie en el mercado. Aun cuando los siglos XX y XXI y sus aparatos hayan cernido sobre él todo tipo de profecías capaces de anunciar su desaparición; y la “media” amenace poderosamente la posibilidad de un millennial de aproximarse a una biblioteca o que en su defecto termine siendo un comprador de libros, este, persiste como un espacio para ser y pensar; inclusive, alberga en muchos el fetiche de su olor de viejo o nuevo, y se vive íntimamente entre la necesidad de ciencia, de compañía, de revivir o reescribir la historia, o simplemente bajo el presupuesto de crear nuevas  experiencias en torno a la ficción.

Y es que progresivamente la palabra escrita en más de cuarenta siglos, ha construido todo tipo de audiencias y segmentos, y ha logrado acaparar lectores en todo el mundo a partir de llamativas propuestas dejando ver que hay mercado para todo. Hoy en los anaqueles de librería podemos encontrar desde libros de autoayuda, pasando por sagas como “Cincuenta sombras”, viajando por la fantasía del comic o el manga, llegando incluso a hallar nuevas teorías de la evolución del universo, la economía o los negocios, no sin antes decir, que todos estos textos no están en contravía con la industria del entretenimiento; por el contrario, mucha de esta producción intelectual posteriormente termina llegando a la pantalla grande, a postcats, o en el formato de conferencias TED, construyendo ciclos de consumo capaces de responder a la expectativa más íntima del consumidor, tanto que casos de marca como el de Paulo Coelho, Isabel Allende, J. K Rolling, J. R. R. Tolkien, George R.R. Martin, Valerio Massimo Manfredi, Stephen Hawking, Gardeazabal, Vallejo, o Inclusive el Padre Alberto Linero y otros más, construyeron en torno a sí lectores asiduos, expectantes, honestos y fieles, tan fieles como los consumidores de Coca – Cola.

Hoy estamos frente a un mercado anual en Colombia aproximado de $426.000 millones, que contra marzo de 2015 presenta un crecimiento del 5%, estamos frente a un producto con ferias constantes en las principales ciudades del país, resaltando entre ellas la Feria del libro y la cultura de Medellín y la Feria Internacional del Libro de Bogotá, sin duda estamos frente a un incontrovertible transformador de la sociedad, un irreverente educador, un pasatiempos fantástico para cualquier edad, estamos frente al rey de su categoría, un rey que se niega a pasar de moda y mucho menos a morir.

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