Opinión

  • | 2013/10/21 10:00

    La prima de un congresista

    Que no se confunda el lector que aunque hablaremos de primas nada tiene que ver con aspectos familiares de los “honorables padres de la patria” aunque parezca muy coloquial la forma como el señor Presidente le regala primas al legislativo. Alberto Naranjo.

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Es indudable que casi todos sentimos como un atropello a la dignidad de nuestro trabajo cuando vemos como los honorables congresistas, elegidos por cada uno de nosotros, se llenan sus bolsillos con dádivas del ejecutivo después que la Corte Constitucional fijara unos topes salariales en pro de una equidad que se habla de puertas para afuera pero se trata de tapar de dineros para adentro.

Ahora bien, cualquier asalariado colombiano está en su derecho de pedir una prima extra, aduciendo el arduo trabajo y esfuerzo que implica su actividad, tal y como lo aducen los honorables congresistas. Lo que si no está bien es que para presionar la consecución de dicho beneficio nosotros empecemos a trabajar a un menor ritmo. En el plano de nuestro trabajo esto no sería necesario puesto que nuestros empleadores nos despedirían.

Sin embargo, como a un congresista no se le puede despedir por estas razones, entonces la necesidad de un comportamiento ético del mismo es mucho más apremiante.

Lamentablemente, esto es más una excepción que una regla, y si dudan, vean el caso de la Reforma de Salud cuando pasó de estar empantanada hace unas semanas a sesiones plenarias con quórum justo después del decreto de la tal prima.

Lo que impresiona aún más es la respuesta del ejecutivo en manos del Ministro de Hacienda y Crédito Público quien argumentó que lo que se hizo fue resolver un problema que se le había planteado al Presidente (seguramente por la Corte Constitucional) y que podría haber generado grandes costos para el país (seguramente en el no paso de reformas).

Y aquí vamos a lo más importante de esta columna.

Seguimos siendo un país de grupos de interés buscando cada uno su beneficio privado a costa del bien público y con gobiernos hipotecados a estos grupos de interés, ese es nuestro subdesarrollo. En esta lucha de grupos de interés por más mermelada ganan quienes logran generar una mayor credibilidad con sus amenazas y sucumben quienes no lo logran.

En conclusión: Nuestra institucionalidad es de mesa, de invitados y no de democracia.
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