Opinión

  • | 2017/03/21 00:01

    La Patria Boba

    Creemos que la Patria Boba es un concepto remoto del siglo XIX. No advertimos en lo que estamos y caminamos ignorantes, pareciera, de nuestra responsabilidad con las generaciones futuras.

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De acuerdo con los historiadores y los libros y textos disponibles acerca de la historia de Colombia, pasado el grito de independencia del 20 de julio de 1810, el Virreinato de la Nueva Granada se vio sumido en lo que unánimemente se denomina la Patria Boba.

Y describen los textos que los celos y ambiciones de orden político, motivaron choques de tipo territorial entre las diferentes provincias que reclamaban más o mejores derechos o posiciones dentro de la República que, todos pensaban, estaba entonces en formación. Discusiones y disputas eternas sobre el sistema político y de gobierno, -para unos centralista mientras para otros federalista-, que debía adoptar la nueva República, generaron una polarización de proporciones y terminaron distrayendo a la patria de sus verdaderos quehaceres y de lo prioritario para entonces: consolidar la independencia.

Y el término utilizado comúnmente para calificar este período de la historia nacional, “La Patria Boba” es apenas adecuado. Mientras, ambiciosos y avaros pero cándidos, los líderes de opinión y la clase dirigente se involucraron y valga la verdad, se enredaron en luchas partidistas y al margen de los verdaderos intereses comunes, permitieron la reacción de la corona española que envió, años más tarde a un contingente al mando de don Pablo Morillo para la pacificación del virreinato, lo cual, sabemos ahora, terminó con el sacrificio inútil de los más grandes próceres de la patria y seguramente, en un mucho más complejo proceso de independencia.

Solo años después, en 1818 despertamos y nos dimos cuenta del tiempo perdido, volvimos a encontrar el norte y se organizó un esfuerzo alrededor de los objetivos comunes que finalmente llevaron a la libertad de las colonias de américa.

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Y leemos la historia y nos parece tan lejano ese pasado, tan improbable que cometamos los mismos errores y tan diferente nuestra actitud y sobre todo, la de nuestros dirigentes políticos, de la demostrada por aquellos que en 1810, con menos educación, experiencia y conocimiento, redujeron a la patria a un estado de inactividad, de polarización y de disputas internas que tanto nos costó en su momento.

Veamos entonces. Sin el menor ánimo o intención de hacer de este escrito uno con tinte político o partidista de ninguna naturaleza, nos encontramos hoy los colombianos de frente con la Patria Boba del siglo XXI. Nuestros líderes y dirigentes políticos, han escogido el camino de dividirnos, de polarizar a los ciudadanos para poder servirse de ello en las urnas y poder conquistar aquello que los seduce de verdad: el poder. Se han encargado nuestros dirigentes (que no debieron haber olvidado nunca que más que dirigentes son representantes de esta Nación) de hacernos odiar unos a otros por el simple hecho de pensar distinto unos de otros. Se nos ha vuelto difícil expresar lo que pensamos porque no existe respeto por la opinión ajena y porque cualquier idea diferente de la propia justifica la más virulenta de las reacciones y descalificaciones. Por eso da miedo o pena, o las dos, opinar, o siquiera expresar las ideas que se tienen. Todos a su vez, nos sentimos con derecho a la crítica destructiva de las ideas ajenas, solo por ser contrarias.

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Y hemos encontrado en los más profundos valores y principios de la democracia y de lo público, las excusas perfectas para ahondar en esa ruta. La moralidad y la honestidad de nuestros funcionarios no es en sí mismo un propósito de Estado y un intangible inalienable en nuestra democracia. No. Ahora es la mejor excusa para seguir cavando la zanja que nos divide a los colombianos para beneplácito de la clase política. Lo más importante de la corrupción escandalosa de la que nos quejamos y nos dolemos día a día como el mal que corroe nuestra democracia y nuestras finanzas públicas, de su insipiente detección y de los combates que de manera primaria estamos acometiendo contra ella, no es per se la corrupción misma sino la oportunidad que brinda de culpar a uno u otro sector político con el único propósito de la ventaja política y todavía más triste, electoral. La corrupción propia ya no es tan mala si descubrimos que nuestros rivales políticos también incurrieron en ella. Ahora es una excusa y una defensa de los propios actos inmorales.

Mientras tanto, asistimos a la ventaja y el agrandamiento del enemigo. Acabamos de romper el record en siembra de coca y ni hablar del consumo interno de drogas, del que hace tiempo no nos dan cifras ni estadísticas. Con naturalidad miramos como nuestra juventud, apática y desmotivada, retira sus ojos de los más caros intereses nacionales, en gran medida, por la ausencia de líderes de verdad. Soportamos estoicos y pasivos la crisis en la administración de justicia, la inseguridad jurídica endémica y las arremetidas que se han vuelto costumbre ya, para que mediante tributos cubramos el hueco dejado por el despilfarro y la mala fe de aquellos a quienes hemos confiado la gestión pública.

Creemos que la Patria Boba es un concepto remoto del siglo XIX. No advertimos en lo que estamos y caminamos ignorantes, pareciera, de nuestra responsabilidad con las generaciones futuras.

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