Opinión

  • | 2017/10/12 00:01

    La paradoja “Bill Gates”

    Bill Gates no se graduó de la universidad, pero es una de las personas más amantes del conocimiento que existen. En la actualidad, Bill Gates lee más de 50 libros al año, en promedio, un libro por semana.

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Si una persona dueña de una de las empresas más importantes del mundo, que ayuda a cientos de personas, por medio de la fundación que lleva su nombre, es capaz de leerse un libro a la semana, nosotros deberíamos proponernos tratar leer al ritmo de este magnate para enriquecer nuestra vida y mejorar nuestra inteligencia directiva.

El conocimiento como un instrumento

El verdadero éxito de Bill Gates estriba en el uso del conocimiento para cualquier actividad humana. Gates es el prototipo del nerd (el aplicado en clase). Cuentan que cuando era pequeño, su madre lo llamaba a comer y él solía contestar que no podía bajar a comer porque estaba ocupado pensando. Asimismo, Gates rendía culto a las personas brillantes, a tal punto que decía que debíamos ser amables con los nerds porque existían muchas probabilidades de que terminaras trabajando para uno de ellos.

Él revolucionó la industria de la informática a través de una sola idea que lo catapultó como uno de los hombres más ricos del planeta, la cual consistía en proteger al software como un conocimiento patentable que debía ser explotado comercialmente.

Lo realmente decisivo de Gates es su interés por solucionar problemas mediante el conocimiento. Esto implica una sana obsesión por la investigación, la lectura y, sobre todo, la búsqueda de soluciones a los retos más complejos que enfrenta la humanidad.

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Vale la pena destacar que Gates y su esposa, Melinda, lideran una fundación cuya finalidad consiste en erradicar las enfermedades que más muertes han generado en el planeta como la malaria o la poliomielitis.

El hábito de la lectura

Para un directivo, leer se convierte en una tarea casi imposible. Es verdad que estamos agobiados por la falta de tiempo y hasta tener al día el correo electrónico se convierte en una labor titánica. No obstante, el tiempo para lectura directiva se convierte en una fuente de inspiración, energía y de renovación personal para llevar a cabo grandes empresas y proyectos.

Un directivo debe reconocer que el motor de su vida es el aprendizaje. Las fuentes de aprendizaje son la lectura, la formación, la observación y la experiencia, es decir, el aprendizaje que se deriva de nuestros propios errores y de los demás. 

Cuentan que uno de los presidentes de Harvard, Eliot, recomendaba a sus alumnos un hábito sencillo antes de ir a dormir. Eliot proponía la lectura de quince minutos de un libro sobre un tema particular. Con el paso del tiempo esta práctica permitía que una persona leyera por lo menos 10 libros en un año. Solo bastaba trabajar la creación de un hábito y, una vez este se arraigaba, la persona leía más de lo que podía imaginar y de lo que sus ocupaciones permitían.

De igual modo, también es reconocido por su devoción a la lectura el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg. Incluso, fundó un club del libro en el que recomienda un libro cada dos semanas en su cuenta personal.

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Warren Buffet, filántropo y fundador de un imperio económico llamado Berkshire Hathaway, también es reconocido por su amor a los libros, a tal punto que dedica cerca del 80% de su tiempo a leer.

Todos ellos viven más ocupados que nosotros y aun así tienen tiempo para la lectura.

Conclusión

Como observamos, la gran paradoja de Bill Gates es que aunque no estudió en la universidad, desarrolló un gusto y un amor por el conocimiento que cambió la historia empresarial de los Estados Unidos y de la filantropía en el mundo. Ser autodidactas y construir hábitos directivos de lectura nos ayuda a transformar nuestra vida y la de los demás.

A veces pasamos mucho tiempo en la universidad y luego apenas recordamos que existen los libros. El tiempo de lectura es la mayor fuente de renovación personal. Cada vez que leemos nos animamos, expandimos nuestra mente y, sobre todo, nos sentimos capaces de grandes hazañas en nuestro trabajo.

Con toda razón, Francis Bacon, en el siglo XVI, decía: Knowledge is power.

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