| 10/20/2016 12:01:00 AM

La kriptonita directiva

Jorge Iván Gómez, columnista online.

Cuando nos enfocamos en algo, suceden cosas maravillosas.

por Jorge Iván Gómez

Todos recordamos a Superman. Una de las cosas que más me llamaban la atención era aquel elemento radioactivo proveniente del planeta Kriptón que era capaz de debilitar a nuestro superhéroe, anulando todos sus poderes. Pues bien, usando este símil, hay una serie de actividades que al igual que la Kriptonita le restan capacidades a los directivos y, muchas veces, le impiden hacer mejor su tarea. La consultoría y la experiencia académica en Inalde Business School nos ha permitido identificar los siguientes agentes debilitadores de un directivo.

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En primer lugar, el directivo se ve asediado por el día a día que, en ocasiones, le impide tomar buenas decisiones. La razón es que el mundo empresarial y organizacional premia e incentiva la velocidad en la toma de las decisiones y la ejecución de los directivos y ejecutivos sin tener en cuenta que fruto de esta presión se termina actuando de manera precipitada. ¿Cuántas veces tomamos una decisión trascendental para la organización sin el más mínimo análisis y nos pasamos el resto de nuestro tiempo corrigiendo los errores que ello conlleva?

General Mills, empresa famosa por marcas como Betty Crocker, Yoplait, Häagen-Dazs, entre otras, alcanzó en los años setenta y ochenta a estar en más de trece sectores de la economía y contó con más de cincuenta negocios diferentes tales como restaurantes, alimentos y juguetes. Al no tener claros sus objetivos iba por el mercado estadounidense comprando negocios y, naturalmente, destruyendo valor. Algunas decisiones como incursionar en Europa tardaron solo diez minutos en considerarse. ¿Nos sucede que muchas veces tomamos decisiones presionados por el día a día sin considerar su alcance, las consecuencias y el impacto para la organización?

En segundo lugar, un buen directivo es como un vehículo. Periódicamente debe parar su marcha e ir a la estación de servicio a llenar el tanque de la gasolina. Los directivos, por su parte, deben parar regularmente su frenético ritmo y dedicarle un tiempo a pensar y planificar estratégicamente, lo cual significa sacar un tiempo para revisar objetivos, llevar a cabo una autoevaluación y, sobre todo, ajustar su agenda a sus prioridades. El día a día nos consume, nos resta capacidad y nos nubla la claridad que necesitamos para tomar buenas decisiones.  

El mejor ejemplo lo constituye el tiempo que dedicamos a un retiro o a una salida al campo; a un buen seminario de reflexión personal complementado con unas lecturas atrayentes y motivantes. Este tiempo es un gran momento de renovación personal y de acopio de fuerzas, de energía y un aumento de la perspectiva de nuestro papel directivo.

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En tercer lugar, hay que aprender a gestionar los compromisos. ¿Cuántas veces repetimos la expresión: “tenemos que tomarnos un café”? Y la mayoría de las veces este compromiso se queda en el aire. ¿Cuánto nos serviría aprender a no hacer tantas promesas a lo largo del día que no vamos a cumplir?

Las formas polites de nuestra cultura nos llevan a comunicarnos para quedar bien y no para transmitir mensajes, acercarnos a objetivos o cultivar relaciones y amistades.

En Europa, concretamente en los países nórdicos, por ejemplo, si se tiene la intención de hacer algo, simplemente se hace. En esta cultura jamás se dirá: Tenemos que vernos más adelante (“¡déjate ver para que almorcemos!”) sino que si dos personas tienen interés en verse, con agenda en mano, le ponen fecha a ese compromiso.

En consecuencia, todas estas actividades son como la Kriptonita porque nos restan energía, nos restan credibilidad y, sobre todo, nos agobian por no cumplir con todos nuestros compromisos. Por tal razón, “si tiene la intención de hacer algo, póngale fecha en el calendario o hágalo en el momento” (Fernández, 2016).

El tengo que… es una expresión fuente de altas dosis de Kriptonita. Ante una actividad que requiere nuestro tiempo, hágase cuatro preguntas de control: ¿puedo hacerlo ya?, ¿puedo decidir no hacerlo porque no añade valor o no es estratégico?, ¿debo agendarlo para hacerlo en otro momento?, ¿puedo delegarlo?

Debemos reconocer que el verdadero secreto de un buen directivo consiste en prometer menos y dar más y, para ello, el gran tesoro con el que cuenta es la gestión de las expectativas.

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