Opinión

  • | 2017/10/04 00:01

    La competitividad que se roba la corrupción

    Colombia ha empeorado en términos de competitividad mundial principalmente debido a la corrupción. ¿Qué podemos hacer al respecto?

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El más reciente Índice de Competitividad Mundial, ha sido publicado por el Foro Económico Mundial, ubicando a Colombia en el puesto 66 de 137. ¿Qué muestra este informe para el país?

Lo primero es que desafortunadamente, se perdieron cinco posiciones con respecto al informe anterior, lo que nos lleva de vuelta a los resultados obtenidos en el año 2014, aun así, se encuentra en el quinto mejor puesto de América Latina, siguiendo a Chile (puesto 33), Costa Rica (puesto 47), Panamá (puesto 50), y México (puesto 51). En el informe se ven avances en salud; educación primaria, secundaria y capacitación; y desarrollo tecnológico e infraestructura. Lo anterior, sumado a un estancamiento de los índices de innovación, eficiencia del mercado y sofisticación de negocios.

El descenso de posiciones se debe a los cambios macroeconómicos, las tasas de impuestos y un alarmante crecimiento en el índice de corrupción nacional, lo que se ve reflejado en un aumento de la inflación y un deterioro del mercado laboral. Así mismo, la burocracia, la infraestructura inadecuada, las regulaciones laborales, el crimen organizado, la inestabilidad política y la salud pública presentan signos de alarma. Todo esto complementado con la falta de capacitación de la fuerza laboral y la insuficiente capacidad para innovar.

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Particularmente, cuando se habla de innovación, se observa una oportunidad por fortalecer la capacidad de investigación y generación de patentes, tema que tiende a empeorar, si se hace efectivo el recorte presupuestal de Colciencias para el 2018, lo que seguramente llevará a muchas instituciones a poner el freno en el aumento de su personal investigativo, y a la disminución de proyectos de investigación, particularmente con universidades públicas. Toca aquí entonces cruzar los dedos y esperar a que la empresa privada se meta la mano al bolsillo para movilizar más este tema desde la óptica nacional.

Pero aunque hayamos retrocedido, los resultados no me sorprenden, y mucho menos los puntos problemáticos; pues basta ver las noticias para darse cuenta de que seguimos sumidos en absurdos índices de corrupción. Pero más allá que renegar y echarnos a la pena, el reto más grande que tenemos, es el aprender a no delegar este índice; pues este no solo se encuentra en la vida política, sino que se vive también en la realidad de las organizaciones y en la cultura ciudadana. Es hora de dejar de jactarnos de nuestra malicia indígena, de una cultura en la que el vivo vive del bobo y en donde se nos enseña desde niño a ser “avispados” porque las oportunidades no se dan en la vida dos veces.

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Antes bien, aprendamos a creer en la abundancia, en que siempre hay suficiente para todos, y en que vivir desde la honestidad y la compasión es lo que realmente nos va a traer como resultado un país competitivo que se caracteriza por la paz y la armonía. El esfuerzo tiene que surgir de cada uno de nosotros. En el momento en el que el bien común comience a primar sobre el bien individual, todos gozaremos de una convivencia sana y de un crecimiento colectivo.

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