Opinión

  • | 2016/07/28 00:01

    Juan Mario Laserna: maestro y amigo

    Se fue, antes de tiempo, un gran hijo de esta Nación, su desempeño, su pulcritud, su profesionalismo y su permanente espíritu de servicio quedan como sello indeleble en nuestras mentes y en nuestros corazones. Paz en la tumba del maestro y del amigo.

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Mucho se ha escrito, y mucho se escribirá sobre el maestro, el político, el profesor, el economista, el asesor editorial, el sabio, el referente y ejemplo para muchos, Juan Mario Laserna Jaramillo.  Cuando me senté a reflexionar sobre mi columna de esta semana, no pude menos que decidir dedicar estar líneas a la memoria de ese amigo que, de manera absurda, nos ha dejado antes de tiempo; ha fallecido dejándonos con esa rara sensación tanta vida y tantos logros que tenía por delante que ya no vamos a ver y que seguramente seguirían siendo para el bien del país como lo fue toda su carrera y su vida prolija.

En este sentido homenaje no me quiero referir a sus ampliamente reconocidos logros académicos y profesionales, pero sí me quiero referir a esa última parte de su vida en la que tuve la oportunidad y el honor de acompañarlo desde distintos escenarios desde su sobresaliente desempeño como Senador de la República en donde enarboló con rigor, disciplina y coherencia, pero sobre todo con liderazgo de servicio, las banderas del partido conservador.  Y más recientemente como consejero editorial de esta casa, siempre dispuesto y generoso con esas cosas que tenía como especialmente valiosas: su conocimiento y su tiempo. Nadie podría negar que en toda conversación con Juan Mario Laserna se respiraba sabiduría.

Aunque no llegamos a comentarlo nunca, tengo la sensación de que esta última época para Juan Mario fue una época feliz, descomplicada, tranquila y de enorme gozo para él en el ejercicio periodístico en radio y prensa. Era común encontrarlo caminando en la calle con cara de felicidad y recibir siempre un comentario amable o una broma respetuosa. Y era común también recibir de él gestos de generosidad y disposición a oir y a apoyar diferentes ideas e iniciativas, a pesar de las dificultades de su agenda llena de convocatorias e invitaciones.

Fue generoso, cuando lo invité a acompañarme en gestiones específicas para la visita de su A.R. la princesa Victoria de Suecia y la delegación de gobierno y de empresarios que la acompañaban; fue generoso cuando el General (R) Henry Medina nos invitó a acompañarlo en la  promoción de la “Paz Querida” ese movimiento de ciudadanos que entiende que la Paz para Colombia va más allá de la coyuntura de la negociación y en cuyas reflexiones y declaraciones la voz  y el pensamiento de Juan Mario fueron guía iluminadora y sensata; fue generoso cuando muy recientemente propició que esta casa pudiera acompañar el Premio al Empresario Colombiano del  Año de mi querida Universidad del Rosario; y un sin fin de gestos permanentes de inmensa amabilidad y generosidad, como aquellos gestos que sólo se reciben de un hermano mayor. Si cada uno de los amigos que tuvimos el enorme honor de conocerlo hiciese una lista parecida, podríamos compilar una inmesa comprobación de esas huellas de bien y de verdad que sembró, en su paso bienintencionado y corto por la vida, este hijo grande de Colombia.

La amalgama humana de que estamos hechos dificulta erigir ejemplos en la sociedad, sin embargo más allá de su brillante y destacada carrera profeisonal, la vida de Juan Mario Laserna fue ejemplar sobre todo por la buena intención, el recto propósito, el vivo anhelo de hacer el bien, la fé que puso los ideales que lo animaban,  el fervor y la pasión que imprimió en cada una de las cosas que hizo y la lealtad con que vivió un verdadero espíritu de servicio.

Se fue, antes de tiempo, un gran hijo de esta Nación, su desempeño, su pulcritud, su profesionalismo y su permanente espíritu de servicio quedan como sello indeleble en nuestras mentes y en nuestros corazones. Paz en la tumba del maestro y del amigo.

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