Opinión

  • | 2016/05/16 00:02

    Inquisición fiscal

    Diálogo entre el ministro y su recaudador de impuestos en la cruzada por la defensa del ingreso público.

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Evasores, corruptos, que pesen sobre ellos el escarnio y la vergüenza pues sus pecados afectan el patrimonio y la honra de la Nación y ocultando sus bienes burlan a los recaudadores que solo velan por el interés de la patria.

No importa que para desenmascararlos deban alegarse leyes o acuerdos inexistentes o atribuirles leyendas infundadas, deben perseguirse porque el miedo purifica y normaliza sus penas. La muestra de su descaro son esas sociedades que desvirtúan cualquier presunción de inocencia, ya que nada luce más peligroso que aquellas en las que su dueño no figura, pero que seguramente están putrefactas con bienes probablemente mal habidos de los que nada sabemos.

El miedo purifica y por ello deben temblar esos evasores, no importa que nada sepamos sobre ellos, algo se deben tener entre manos y sabrán por qué los perseguimos y qué deben pagar.

No importa si sus pecados hayan sido originados en la falta de fe en la grandeza y prosperidad de la nación o en la rectitud de sus funcionarios. No importa que se oculten sus bienes por haber sido secuestrados o extorsionados, o que la nación haya sido incapaz de protegerlos, deben pagar, pues no hay mayor honra que ser nacional o residir en la patria.

Es una herejía de los evasores y justificación espuria para evadir la de que nuestros impuestos sean confiscatorios, pues nuestra nación todo lo merece. No existe injusticia contra los contribuyentes cuando se les conmina a someterse al deber de tributar.

Las grandes obras de la patria lo demandan, así sean hechas a cualquier costo o de cualquier manera, la engrandecen y el pueblo debe pagar por ellas. Peores son los evasores que los fracasos de nuestros funcionarios que se esfuerzan por engrandecerla con sus iniciativas, cuesten lo que cuesten. Son herejías de los evasores culpar a nuestros probos funcionarios del descalabro del patrimonio patrio.

Además no esperen clemencia. No bajaremos los impuestos mientras haya quien los pague, así sean unos pocos. Le daremos gusto a la plebe que no paga impuestos pero disfruta la sangre de los evasores, esos ricos corrompidos que no hacen más que robar al pueblo.

Usaremos los voceadores que reproducen nuestras palabras sin contemplación o reproche, que creen ciegamente en ellas con tal de crear un circo que distraiga al pueblo con el ataque inclemente a esos evasores. La suerte de la nación depende de los tributos que la irriguen, no importa si el pueblo trabaja solo para pagarlos, o si su economía desaparece, o si espantados vuelan a otras tierras esos comerciantes apátridas, esos extranjeros insensibles. No los necesitamos.

Hagamos nuestras las palabras de Torquemada, frente al contribuyente ”... a que sea puesto a cuestión de tormento, en el cual mandamos esté y persevere por tanto tiempo cuanto a nos bien visto fuere, para que en él diga la verdad de lo que esté testificado y acusado; con protestación que le hacemos, que si en el dicho tormento muriere, o fuese lisiado, o se siguiere efusión de sangre, o mutilación de miembros, sea a su culpa y cargo y no a la nuestra, por no haber querido decir la verdad".

Fin del diálogo. No dijo nada el recaudador, pero queda una moraleja:

Negar que somos parte de una cultura de evasión es mentirnos innecesariamente. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Mientras la evasión sea la única opción para que la riqueza no se desperdicie en manos del Estado y pueda seguirse generando riqueza, es ridículo ser más papistas que el Papa.

Mientras no se reduzca la carga impositiva y se asegure que los recursos sean empleados honesta y responsablemente, asegurando así una real igualdad de oportunidades para todos y creación de riqueza, habrá mecanismos idóneos para eludir y evadir.

Verdad de perogrullo, ¿no?

 

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