Opinión

  • | 2017/01/25 00:01

    Hijos sobreprotegidos y sin amor por su país ponen en riesgo la empresa familiar

    La sobreprotección que le estamos dando a nuestros hijos, sumado a la falta de compromiso con su país, bajo la premisa: “No quiero que mis hijos sufran lo que yo sufrí”, son piezas del equipaje emocional familiar en las que debemos trabajar.

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Así como la generación de los Baby Boomers vivió todas las dificultades de la postguerra, los de la generación Y, en la que nos encontramos muchos de nosotros, no percibió tanto la escasez, pero tampoco fue criada con grandes lujos, los de la generación X, son los hijos de la abundancia. Nos hemos encargado de “mal educarlos” proporcionándoles todo lo que necesitan y hasta más, con lo cual emocionalmente se generan muchas dificultades con ellos en el contexto empresarial, porque esta conducta de tenerlo todo sin mayores esfuerzos se traslada a la empresa, convirtiéndose en una mala práctica de empresarial.

“No quiero que mis hijos sufran lo que yo sufrí”

En una empresa familiar de segunda generación, integrada por tres hermanos, el hermano mayor nunca trabajó en la compañía, a diferencia de los otros dos que si laboraban junto con sus padres.  El deseo del padre siempre fue que sus hijos trabajaran desde temprana edad, iniciando en cargos menores para ir ascendiendo con el tiempo.

Cuando conocí al hijo mayor, le pregunté, por qué no había querido  trabajar en su empresa y me respondió que su estrato social no le permitía ir a ocupar un cargo de mensajero en una compañía de su propiedad, porque él quería era ser gerente en un banco. Evidentemente el papa hizo esfuerzos para ubicarlo en un banco hasta que con todos sus contactos lo logró. Mientras él se convirtió en un empleado, sus hermanos empezaron a tener mayor riqueza porque desarrollaron negocios vinculados a su compañía, con lo cual superaron ampliamente su patrimonio, con respecto al de su hermano mayor. El padre y la madre, al ver que su hijo mayor no era económicamente fuerte decidieron ayudarlo, creándole un negocio en el sector de la construcción, que él no atendía directamente, sino que lo hacía su papá.  

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Al hijo mayor lo nombraron gerente de un banco en un país centroamericano y abandonó el negocio que le había montado su padre, que posteriormente quebró. Como él estaba acostumbrado a vivir con toda clase de lujos, se endeudó para comprarse una mansión que estuviera acorde con su nuevo cargo, pero este le duró poco porque lo despidieron del banco, no pudo seguir pagando el préstamo de  la casa, empezó a endeudarse y se devolvió a Colombia. Le pide al padre que lo ayude a pagar sus deudas pues todas estaban respaldadas con las acciones de la empresa.

Frente a la situación sus dos hermanos le manifiestan al padre su disgusto con todo lo ocurrido, reclamándole que fuera equitativo y le diera a cada hijo  lo que le correspondía pues ellos dos eran conscientes que su hermano mayor era el protegido y que nunca se iba a ser responsable de sus propios errores, con lo cual podría poner nuevamente en riesgo a la empresa.  

El conflicto se acrecentó cuando el padre, al ver que su hijo mayor no consigue trabajo, le da el puesto de gerente financiero de la empresa familiar. Frente a esta situación los hermanos menores se dedican a invertir más en las  otras compañías vinculadas. La historia termina en que el padre nombra a uno de los hijos menores como Director General, él busca hacer la expansión  internacional de la compañía para lo que solicita a su hermano mayor en calidad de gerente financiero hacer una serie de inversiones, lo cual no aceptó por considerar que el negocio era altamente riesgoso, y esto generó mayores dificultades entre ellos.

Frente a esta decisión, los dos hermanos menores ofrecen comprarle al mayor su parte para quedarse con todas las acciones de la compañía. Les aconsejé que no se separaran, ellos aceptaron, pero su dedicación empezó a ser mayor en otros negocios en Venezuela, en los cuales, dada la situación económica y las políticas estatales, perdieron mucho dinero. Hoy, el  hermano del medio reconoce que si no hubiera sido porque su hermano mayor era enemigo del riesgo, y no les permitió hacer esas inversiones estarían en la quiebra. “En momento de vacas gordas nuestro hermano era un estorbo, sin embargo en época de vacas flacas, su aversión al riesgo terminó por salvar el negocio central”. Me comentó.

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Cómo actuar

Si bien en el caso anterior vimos que la sobreprotección a los hijos por parte del padre, fue mucho más marcada con el hijo mayor que con los menores, y que se logró trabajar esta pieza del equipaje, la situación casi termina con la familia y con la empresa.

Mi recomendación para todos los empresarios es que no sobreprotejan a sus hijos, porque si lo hacen estos nunca van a asumir sus propias responsabilidades para con la familia ni sus actuaciones profesionales y siempre estarán esperando que usted les solucione todos sus problemas. En una familia todo lo que suceda con uno de sus miembros, afecta todo el sistema. Como se dice popularmente a los hijos hay que criarlos con un poquito de frío y un poquito de hambre, si no es así, nunca van a lograr surgir por sus propios medios.

“Papá: Yo Chef y en París”

Esta pieza del Equipaje Emocional tiene que ver con la poca formación y desinterés que los fundadores les trasmiten a sus hijos sobre el gran valor de ser miembro activo de una empresa familiar y de querer a su país.  

El Caso

Una familia de segunda generación, preocupada porque la tercera generación no quería trabajar en la empresa familiar y tampoco deseaba vivir en Colombia me solicita que les ayude a buscar mecanismos para atraer y motivar a sus miembros para que trabajen en la empresa. Al investigar por qué se negaban a trabajar, de entrada la razón principal era una cláusula del Protocolo Familiar que habían puesto los fundadores, en la que se decía que la tercera generación no podía trabajar en la empresa.

Luego de hacer un análisis más profundo de la situación, empecé a comprender que  la tercera generación no le interesaba para nada trabajar en la empresa, independientemente de lo que decía el protocolo,  porque varios de los miembros de la familia tenían la impresión de que esa empresa sólo traía preocupaciones y distanciamiento familiar. Esto porque muchos de estos jóvenes presenciaron durante la infancia que sus padres llegaban de mal genio y desahogaban sus problemas del trabajo en la casa, afirmando que trabajar con sus hermanos era un martirio y que además este país era una “porquería” porque estaba lleno de corruptos. Los tres hijos de esta familia, pertenecientes a la tercera generación, uno estudió biología molecular, el otro era Chef y quería irse a trabajar en París y el tercero, el más joven se convirtió en un cuidador del leones en África.

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Cuando los abordé manifestándoles que la segunda generación si quería que la tercera formara parte de equipo de trabajo, me contestaron de manera unánime: “Ni de riesgos queremos trabajar en esta empresa familiar donde todos somos infelices y menos en este país donde no  hay garantías para el empresario”.

Cómo actuar

Los hijos ven todo de sus padres, sus alegrías, sus frustraciones, sus temores. Ellos absorben como una esponja todo lo que ven. En lugar de estar hablando de lo que hace su hermano, sobre todo cuando ellos no conocen la versión de los hechos y al otro día usted arregla el problema con su hermano, les deja a ellos una gran frustración.

Si siempre lo escuchan decir que este país es de lo peor, pero curiosamente es aquí donde han hecho la riqueza, y que además nuestra situación tampoco es peor que la de otros países donde también se presentan todo tipo de conflictos, mi recomendación es hable bien siempre, hable de las cosas  buenas, para qué hablar en público de las cosas malas y menos de su país, más bien ayude a que las cosas cambien y que las personas mejoren.

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