Opinión

  • | 2017/12/22 00:01

    Globos led y otras burbujas digitales

    La delgada línea entre la autonomía de las máquinas y nuestra dependencia de ellas.

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Mientras en las calles colombianas los globos transparentes rodeados de luces led nos sorprenden con su electrónico vaivén, un hombre en Japón llega a su casa y encuentra la luz encendida al regresar de su trabajo; no vive con sus padres, no tiene pareja ni mascota, aún así no se sobresalta. Su compañera de apartamento ha calculado la hora exacta de su llegada haciendo seguimiento a su GPS, tiene listo el té y una película para compartir que seguramente le gustará al hombre. Él está feliz, le alegra saber que hay alguien que lo espera en su regreso a casa; ella no tiene emociones, pero es buena simulándolas. Vive en una burbuja y su sonrisa holográfica basta para hacerlo sentir acompañado.

¿La compraría? La señorita se llama Azuma Hikari, ella y su burbuja se consiguen desde U$2.500 en tiendas on-line. Puede personalizarla y pedirle que se encargue de controlar todos los dispositivos electrónicos de su hogar para hacer más amena la experiencia de vida. Para los latinos, por nuestro espíritu de comunidad, parece un chiste un dispositivo como estos, pero el mundo oriental está fascinado por la ‘agradable compañía’ que brinda Azuma y tantos otros personajes de similares características.

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Las burbujas ya no son limitantes para los alcances de la tecnología. Ya ni siquiera las pantallas lo son. Vivimos en un mundo infoxicado (de datos, imágenes, videos, …) y ahora nos perfilamos hacia uno cada vez más automatizado, donde los aparatos se convierten en compañeros de vida.

La cuarta revolución industrial sucede entre nosotros y no todos nos damos cuenta, algunos incluso todavía se preguntan cuáles fueron las otras tres revoluciones. Saltamos de la máquina de vapor a la electricidad, de ahí a la electrónica y ahora hablamos de la autonomía de las máquinas, lo complejo es pensar en si el aumentar la autonomía de los aparatos supondrá disminuir la nuestra.

Históricamente, las revoluciones industriales han supuesto dos cambios fundamentales en las lógicas de producción: tecnificación y especialización del trabajo. La cuarta revolución no es distinta, salvo porque ambos componentes podrían estar en manos de entidades inteligentes y robots.

En el primer semestre de 2017 supimos que Facebook tuvo que ‘apagar’ dos entidades de inteligencia artificial que había creado porque el experimento de conversación entre ellas resultó fallido ya que, aunque se comunicaban, el diálogo era incomprensible para los científicos que hacían seguimiento (¿error de algoritmos o reflejo de los límites humanos?).

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Luego, Elon Musk, de Tesla, hizo un llamado a la proactividad en la legislación de las máquinas pensantes porque, según él, “la inteligencia artificial representa un riesgo fundamental para la existencia de la civilización humana”. Seguramente Musk conoció a Azuma y sintió terror ante la idea de una sociedad satisfecha por el bienestar que proveen las máquinas, mientras las personas se encierran en sí mismas.

Sin tachas moralistas sobre la maldad o bondad de las inteligencias artificiales, ni de la tecnología en general, lo cierto es que estamos en el borde de un cambio en la forma en que sobrellevamos la existencia, cortesía de los nuevos y variados talentos de las máquinas.

Es época de reflexión y de corrientes de cambio (la Navidad y la década que vamos cerrando), justamente es cuando debemos entender que hoy hablamos de burbujas pero que dentro de poco podríamos ser nosotros ser los encapsulados.

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