Opinión

  • | 2017/02/02 00:01

    Extensión universitaria: clave para la transformación de la educación

    Cuando se aborda el tema de la educación y, particularmente, el ámbito de la educación superior universitaria, suele coincidirse en definir ésta última a partir de tres funciones sustantivas: Docencia, Investigación y Extensión.

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Un ejercicio de definiciones realizado por el Ministerio de Educación Nacional de Colombia a modo de glosario, que incluye referencias de diversas fuentes, nos arroja las siguientes definiciones de estos tres quehaceres de la universidad:     

Define la Docencia como esa función de las instituciones de educación superior “que implica la realización directa de los procesos sistemáticos de enseñanza - aprendizaje, lo cual incluye el diagnóstico, la planificación, la ejecución y la evaluación de los procesos formativos y sus resultados, y de otras actividades educativas dentro del marco del proyecto educativo institucional”.

Por su parte la Investigación como aquella función sustantiva que se refiere “al proceso de búsqueda y generación de conocimiento, mediante una actividad intelectual compleja caracterizada por la creatividad del acto, la innovación de ideas, los métodos rigurosos utilizados, y la validación y juicio crítico de pares. La investigación es un proceso social que surge en grupos cercanos, consolidados o en proceso de formación, y se refina en el diálogo y debate con grupos más amplios de la comunidad científica internacional”.  

Y finalmente, pero no menos importante, la extensión universitaria que “tiene como propósito el desarrollo de procesos continuos de interacción e integración con los agentes sociales y comunitarios, en orden a aportar en la solución de sus principales problemas, a participar en la formulación y construcción de políticas públicas y a contribuir en la transformación de la sociedad en una perspectiva de democratización y equidad social, regional, política y cultural. Para ello propende por el fortalecimiento de la comunidad universitaria con el medio social, por la formación y capacitación de la comunidad, por el intercambio de experiencias y saberes, por la construcción de conocimientos específicos y pertinentes en los procesos sociales, por la asesoría y la transferencia de conocimientos y por la promoción, la divulgación, la circulación y la comunicación del conocimiento científico, tecnológico, artístico y humanístico en la sociedad”.

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En otras palabras la docencia (transferencia de conocimiento), la investigación (creación de  conocimiento) y la extensión (aplicación del conocimiento en la sociedad), hacen parte de una triada indisoluble que, con distintos énfasis, vocaciones e inspiraciones particulares, terminan por definir la labor de nuestras instituciones de educación superior.

En Colombia, la tradición de la educación superior se ha caracterizado tradicionalmente por contar con instituciones especializadas y concentradas en la docencia; a medida que el mundo ha avanzado hacia una sociedad del conocimiento, la investigación y la innovación, las instituciones de educación superior han tenido también que evolucionar hacia el fortalecimiento de sus capacidades de investigación y sus modelos, políticas y procesos de creación, difusión y apropiación de nuevo conocimiento pertinente, gracias a ello hoy tenemos universidades colombianas que avanzan en liderazgo y posicionamiento de investigación, no solamente en el ámbito nacional sino también en el concierto internacional.

Habría que reflexionar si, en ese ánimo bienintencionado de evolucionar hacia universidades de docencia que hacen investigación de calidad y que pretenden ser universidades de investigación hemos, aún sin quererlo, subordinado la docencia a las categorías, parámetros, urgencias y modos de calificación y clasificación de la investigación.

En otras palabras, si en la triada que mencionábamos de docencia, investigación y extensión, cada una de estas dimensiones debe tener la misma importancia estratégica o si nos podemos dar el lujo en nuestras universidades de aceptar superioridad de alguna de las tres dimensiones sobre las demás. 

Esta reflexión cobra especial relevancia cuando nos referimos a la importancia, validación y comprensión misma de la función de extensión en nuestras instituciones de educación superior. Y es que si nos preocupa una posible subordinación de la docencia a la investigación, qué decir de una suerte de “subestimación” que suele tener la extensión en la vida universitaria. 

Más allá de funciones concretas de educación continuada, consultoría  y gestión social, la extensión universitaria debe entenderse como una dimensión comprehensiva de todo el impacto (pasado, presente y futuro) de la acción educativa en la creación (o destrucción) de valor de la universidad en su relación con complejos y diversos grupos de interés. Desde esa perspectiva, por supuesto, la aplicación del conocimiento para la solución de las grandes y complejas necesidades de nuestra sociedad es el foco principal de la pertinencia en la creación, transmisión y aplicación del conocimiento. 

Creo no equivocarme si digo que en las universidades le damos gran relevancia a las discusiones sobre docencia e investigación, pero una prioridad e importancia algo menor cuando la discusión se trata de la extensión universitaria, lo que se refleja incluso en el diseño organizacional de la mayoría de nuestras instituciones de educación superior.   

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Muchas son las voces que vienen denunciando y reclamando cambios y adaptaciones drásticas en los modelos educativos, mayor creatividad, mayor utilización de las tecnologías de la información y de las comunicaciones, más pertinencia en la búsqueda de conocimiento que dé respuesta eficaz a necesidades concretas de sociedades concretas, más y mejores ambientes de creación y co-creación de conocimiento por parte de los educandos, entre muchas otras cuestiones.

Mucho me temo que las respuestas que estamos buscando ante estos reclamos y denuncias, se encuentran en la mejor comprensión del alcance y la importancia de la extensión como una de las funciones sustantivas de nuestra educación superior. Más allá de la retórica, debemos comprender más y mejor el alcance de esta dimensión que le permite a la universidad fortalecer la pertinencia y la calidad en su permanente relación con colaboradores, alumnos, proveedores, empresas, comunidades, gobiernos y, en definitiva, con la sociedad en general.     

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