Opinión

  • | 2016/11/30 00:01

    Expectativas poco alentadoras para 2017

    En este momento el 2017 luce como el año más desafiante para la política económica colombiana desde antes del superciclo de los commodities (2002 – 2013).

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La semana pasada el Dane dio a conocer un decepcionante resultado de crecimiento económico para el tercer trimestre del año, puesto que mientras las proyecciones de los analistas del mercado financiero apuntaban hacia un incremento de 1,6% frente al mismo trimestre del año anterior, el dato observado fue apenas de 1,2%, siendo el nivel más bajo de variación anual del PIB real (descontando el efecto de los precios) en 28 trimestres.

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Así mismo, el crecimiento acumulado en los tres primeros trimestres se ubicó en 1,9% anual, siendo el menor registro para este periodo desde el año 2009. Estos resultados condujeron a que el mismo día de publicación del dato, el ministro de Hacienda informará el cambio de proyección para todo 2016, recortándolo de 2,5% a 2,0%, en línea con las estimaciones del Banco de la República y de la mayoría de analistas.

Aunque parte de la fuerte desaceleración reciente puede atribuirse al efecto negativo del paro camionero, lo cierto es que cifras más recientes (octubre) podrían incluso alimentar el pesimismo. La cartera de crédito del sistema financiero a octubre creció apenas 9% anual, muy inferior al promedio de 13,5% registrado hasta septiembre. Entre tanto, para el mismo mes, el índice de confianza del consumidor calculado por Fedesarrollo interrumpió el proceso de recuperación que venía consolidándose desde febrero, mientras que exhibió una caída cerca de 10 puntos porcentuales frente al mismo mes en 2015.

Hay aspectos francamente preocupantes como el lento crecimiento industrial a pesar de la entrada en operación de la Refinería de Cartagena, el aplazado impacto de las vías de cuarta generación (se sentirá a partir de 2018), la persistencia del déficit comercial aún con la tasa de cambio nominal en máximos históricos (lo cual significa que la competitividad colombiana no es un problema de precios relativos), una reforma tributaria concentrada en el incremento de impuestos para tapar los huecos de unos impuestos transitorios y los ingresos extraordinarios derivados del sector petrolero. Dichos eventos auguran un panorama sombrío para 2017.

Si la reacción de los mercados financieros globales al cambio presidencial en EE.UU. es duradera, otro ingrediente negativo se sumaría a las malas perspectivas locales. Si el incremento en tasas de interés por parte de la Fed a lo largo de 2017 es mayor al esperado actualmente, la financiación externa del déficit fiscal y del sector privado (¿infraestructura?) será más costoso y podrían ocurrir nuevos episodios de devaluación del peso frente al dólar (flujos financieros saliendo y castigo a las exportaciones) con lo cual se tornaría más complejo el manejo monetario por parte del Banco de la República.

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Bajo este escenario y si la inflación respondiera exclusivamente a un crecimiento económico esperado muy inferior al crecimiento potencial (2% vs. 3%, respectivamente), en 2017 debería lograrse que la inflación no solamente continuara cayendo, sino que se ubicara, fácilmente, cerca del punto medio del rango meta de inflación (3%). En consecuencia, el Emisor podría recortar relativamente rápido (en un lapso máximo de 12 meses) la tasa de intervención del actual 7,75% hasta niveles de 5,0%, nivel consistente con una tasa de intervención expansiva, suponiendo unas expectativas de inflación de largo plazo ancladas en 3%.

Sin embargo, nuevos episodios de devaluación, el efecto del incremento en la tarifa del IVA y/o incrementos muy superiores al 4% en el salario mínimo para 2017 podrían posponer, temporalmente, esta situación. En el caso del IVA, ante la debilidad política del actual gobierno es posible que el incremento de la tarifa sea gradual lo que sumado a la fuerte caída de la demanda interna podría diluir su impacto inflacionario. No obstante, el escenario de la tasa de cambio se ha tornado más incierto y con algo de sesgo alcista, al menos en el corto plazo, lo cual si podría postergar una política de recorte agresivo en la tasa de intervención en Colombia.

Dado que financiar un mayor gasto público en EE.UU. subordinaría cada vez más la política monetaria a la política fiscal, tal como ha ocurrido en Japón, esto implicaría que las tasas de interés no mantengan presiones alcistas por mucho tiempo y, en consecuencia, los flujos hacia economías emergentes podrían retornar nuevamente en algún momento del próximo año. Entonces se moderarían las presiones sobre el peso, soportando una postura monetaria expansiva más agresiva, posiblemente a partir del segundo trimestre de 2017.

En cualquier caso será imprescindible que se den pasos creíbles de mayor disciplina fiscal con o sin reforma tributaria (tal como lo hace cualquier empresa sería del sector privado cuando tiene problemas: si se bajan los ingresos, también se bajan los costos), pues este aspecto es indispensable para que la política monetaria trate de impulsar el crecimiento económico de corto plazo, con la tranquilidad de que la estabilidad macroeconómica de mediano y largo plazo es sólida gracias a unas finanzas públicas ordenadas.

Por todo lo anterior, en este momento el 2017 luce como el año más desafiante para la política económica colombiana desde antes del superciclo de los commodities (2002 – 2013), en la medida en que ya se desvaneció la ilusión de ser un país petrolero, al tiempo que no se vislumbra de qué sector o sectores provendrá un motor de crecimiento para ubicarnos a ritmos al menos de 4% a largo plazo.

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