Opinión

  • | 2018/01/19 00:01

    Éxito: ¿inteligencia o personalidad?

    ¿Qué tan importantes son el coeficiente intelectual, la atención plena y la empatía?

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Como dije en el artículo “Sin empatía usted no vale nada”, las personas con una inteligencia media superan el trabajo de aquéllas que son más inteligentes en el 70% de los casos. Mucha gente nace sin un elevadísimo coeficiente intelectual e incluso con poca autoestima. Sin embargo, el Nobel James Keckman sugiere en un estudio que el coeficiente intelectual no tiene nada que ver con el éxito. ¿Qué porcentaje de los casos de éxito económico depende del coeficiente intelectual? Aunque no es del todo correcto medir el éxito en función del sueldo, era el criterio más aproximado para medir los resultados: solo entre un 1% y un 2% tenía un coeficiente intelectual más alto de lo normal.

¿Cuáles son entonces los factores que guardan relación con el éxito profesional y económico? Las notas escolares y universitarias resultaron ser más relevantes que los resultados de los tests de inteligencia. Las calificaciones reflejan no solo una buena habilidad mental, sino también habilidades no cognitivas como la perseverancia o las buenos prácticas. Es una buena noticia porque, mientras que el coeficiente intelectual es un valor estable, la personalidad es más moldeable. Es posible enseñar a los hijos las habilidades y hábitos que tienen mayor relación con el éxito en la edad adulta. Nuestro carácter no es inflexible, nuestro comportamiento es alterable por nuevas circunstancias.

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Hay que dejar de preguntarse si tenemos cerebro suficiente para ser personas de éxito para empezar a preguntarnos si tenemos personalidad para ello. En cualquier momento, si tienes interés, puedes adquirir esas habilidades.

Algo similar ocurre con la atención plena: sin inteligencia emocional, el mindfulness no funciona. Es a través de la mejora en competencias relacionadas con la inteligencia emocional que la atención plena (mindfulness) logra que los ejecutivos sean líderes más efectivos.

Por ejemplo, en algunos casos, la práctica del mindfulness nos hace tomar conciencia de la ansiedad excesiva y de cómo nos hace perder el juicio. Nos permite darnos cuenta del alto nivel de autoexigencia en el trabajo y de cómo obligamos a los demás a cumplir con esas expectativas rígidas y perfeccionistas. Una vez tomamos conciencia de ello, podemos ver que, aunque la ética adicta al trabajo nos haya llevado a la posición actual, como estrategia de liderazgo ya no funciona. Podemos fraguar una rebelión silenciosa en el equipo que bloquee los avances. Toca identificar dos competencias en las que podemos mejorar: la autoconciencia y la autogestión.

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En consecuencia, ajustaremos las expectativas a posiciones más realistas. Buscaremos involucrar al equipo para establecer sus metas. Comenzaremos a escuchar activamente a nuestros colaboradores en lugar de dictarles lo que tienen que hacer: mejoraremos la empatía. Nos ganaremos la confianza del equipo al hablar más abiertamente de sus propios miedos y vulnerabilidades. Hablaremos más desde el corazón e inspiraremos a la plantilla. Trabajar en estas áreas de competencia (la realización, el manejo de los conflictos, la empatía, la actitud positiva y la inspiración) mejora la eficacia de un líder.

La práctica de la atención plena permite continuar el camino de la superación como líder, pero muchas mejoras pertenecen en realidad al terreno de la inteligencia emocional. Al concentrarse en el mindfulness como moda corporativa, los líderes corren el riesgo de perder otras oportunidades para desarrollar sus habilidades emocionales esenciales. Al entender que el mecanismo detrás de la atención plena es la mejora más amplia de las competencias de la inteligencia emocional, los líderes pueden trabajar de forma más consciente las áreas que tendrán un mayor impacto en su liderazgo.

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