Opinión

  • | 2017/10/04 00:01

    Ética en la rama judicial: ¿un problema de formación?

    ¿Pueden los cursos de ética garantizar de manera efectiva que, posteriormente durante el ejercicio profesional, los graduados de las universidades rechacen las propuestas de corrupción?

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Desde que las altas cortes se han convertido en sinónimo de corrupción, los periodistas repiten que en Colombia estamos en una “crisis moral”. ¿Cuántos carteles de abogados, jueces, fiscales, secretarios y magistrados había que destapar para llegar a semejante conclusión?

Una propuesta para resolverlo, dice el Procurador, es “tomar medidas contundentes” para mejorar la formación ética de los abogados y jueces ante el “tsunami ético que amenaza la estabilidad de la democracia”. Es decir, hay que educarlos mejor para evitar que se conviertan en pícaros. Pero, aun reconociéndole cierta razón, ¿qué quieren decir con “medidas contundentes” y a quiénes se las piensan aplicar?

Por ejemplo, si una persona, después de graduada, ejerce su profesión durante 40 años en diversos ambientes y organizaciones, ¿qué deben enseñarle durante los cinco años de universidad a un juez o un empresario para que no vayan a corromperse, dadas las abundantes fuentes de corrupción a lo largo de la trayectoria profesional?

Es un asunto de mala formación y de ambientes perjudiciales, pues la excusa no puede ser que se trata “solo de unas manzanas podridas”, mientras hay cestos que pudren manzanas y almacenes que pudren cestos.

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Dirigir la solución sólo a la formación ética en las universidades ha sido una propuesta reiterada en el mundo de la formación en negocios por los crecientes escándalos financieros. Por ejemplo, cuando se les acusó de ser responsables de gigantescos fraudes en el mundo empresarial (Enron o la Crisis Subprime), varios autores plantearon inquietudes que siguen sin soluciones concretas ni consenso general: ¿La ética puede enseñarse? ¿Qué enseñar y cómo? ¿En qué momento de un programa académico debería incluirse? ¿Qué expectativa realista podemos tener respecto del comportamiento como consecuencia de las clases?

Pero se evidencia una extraña y poco realista aspiración: que la enseñanza ética sea “garantizar” que las personas se comporten automáticamente bien. Ante la evidencia de que no sucede, muchos claudican prontamente bajo el argumento de que dicha formación carece de sentido práctico. Obviamente, el conocimiento de la teoría no asegura por sí solo la práctica, porque una cosa es conocer qué configura una buena acción y otra es actuar de esa forma, si bien la gente también puede actuar mal por ignorancia.

¿Por qué no hay consensos frente a dichas preguntas? En primer lugar, porque es muy generalizado el escepticismo (incluidos académicos) sobre su viabilidad, bajo el supuesto de que las actitudes morales se forman en casa, al punto de que la información teórica no cambia la conducta de nadie. Y aun si fueran muy prácticos y contundentes, muchas investigaciones han demostrado que la cultura de las organizaciones y el ejemplo de los jefes tienen mayor incidencia al momento de inducir fraudes.

En segundo lugar, porque, al margen de si se combinan fundamentos de humanidades con ejercicios prácticos, los diversos tipos de instrucción ética chocan contra la experiencia previa de los alumnos y su predisposición y educación frente al tema, empezando por el ejemplo y formación recibida en la familia.

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En tercer lugar, porque una persona puede responder de cierta forma un examen y obtener la máxima nota para luego actuar de manera distinta en la vida real. Y durante el ejercicio profesional, dependiendo del sector y tipo de organización en el que se trabaja y de las tareas que se desempeñan, los que finalmente se corrompen perciben la ética como una barrera para el progreso de sus carreras. Recordemos el ejemplo de Guido Nule, quien hizo su tesis de grado en Administración sobre ética en la contratación estatal, y que su primo Miguel es un firme convencido de que “la corrupción es inherente al ser humano”, por lo cual actuó en consecuencia y planeó el carrusel de contratos en Bogotá, en el que toda la administración pública, del Alcalde hacia abajo, estuvo involucrada.

En cuarto lugar, mientras muchos responden a un escándalo de corrupción incrementando el número de clases de ética, otros lo creen inútil si no se aproxima transversalmente desde cada especialidad, empezando por que los profesores de las “áreas duras” no enseñen ni defiendan malas prácticas bajo la excusa de que “así funciona el mundo real”.

También es curioso que frente a la enseñanza de la ética parece asumirse una postura determinista y fatalista para diagnosticar (“la gente es incapaz de cambiar”) y conductista para prescribir (“más leyes y controles serán eficaces”), cosa que la realidad desmiente a diario, pues la gente sí cambia (para bien y para mal) por causa de las influencias que recibe, así como sabemos que las leyes existentes son inoperantes.

Joel Podolny (decano de Yale School of Management) afirmaba que los profesores mismos no tienen una visión panorámica de los desafíos que enfrentan sus alumnos en el ambiente de trabajo. Y se lamentaba de la poca atención que recibía la enseñanza ética en los currículos, donde eran cursos electivos mientras que los de finanzas eran numerosos y obligatorios, bajo el supuesto de que “la ética es relativa, pero con los números no se puede discutir”. Y aunque Podolny intentó arreglar muchas de esas cosas al convertirse en decano, notó algo clave: que las deficiencias no pueden resolverse con cambios en una o en pocas facultades, porque se trata de problemas profundos y sistémicos que no solo afectan a las escuelas profesionales sino al ambiente laboral y legal. Así, los peores fraudes han ocurrido en empresas con extensos códigos de ética, como Enron e Interbolsa. Tampoco es que Colombia carezca de leyes que castiguen la corrupción, pero no hay mayores corruptos que los legisladores que las formulan y los jueces y gobernantes que deben hacerlas cumplir, no por ignorancia sino por su mala voluntad.

En el fuero interno, la formación en casa condiciona pero no determina de manera fatalista lo que alguien es o no capaz de lograr. Obviamente resulta mejor adquirir la formación ética desde la infancia, pues los malos hábitos construidos en el tiempo influyen enormemente en el modo de pensar. Sin embargo, también hay cosas que se aprenden más fácilmente desde la madurez y la experiencia, al tener un punto de vista más práctico que ayuda a corregir lo que antes se ha hecho mal.

Se requiere de educación adecuada, y de buen consejo y ejemplo de padres, maestros y jefes con autoridad para darlos. Pero si queremos mejorar el razonamiento moral de los estudiantes, más que el miedo a ser atrapado en la trampa, debemos mostrar mejores ejemplos y aumentar el compromiso personal con unos principios tan firmes y elevados que, llegado el momento, los induzcan a huir valientemente de las tentaciones que induzcan a la corrupción.

Siendo realistas, ninguna formación por sí misma puede “garantizar” que alguien decida libremente actuar bien como consecuencia de unas clases tomadas diez o veinte años atrás. Pero si no se ofrece ni se promueve una formación ética adecuada y un ambiente más íntegro a lo largo de la vida profesional, seguiremos asegurando que los futuros profesionales sean tan carentes de criterio que ni siquiera reconozcan una situación de riesgo moral cuando se enfrenten a ella.

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