Opinión

  • | 2017/02/07 00:01

    El verdadero mal de Colombia

    Recurro a los ciudadanos de bien para que despierten antes de que sea demasiado tarde. Si creemos que la lucha contra la corrupción es una responsabilidad eminentemente pública nos equivocamos.

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Se nos dice con frecuencia y nosotros repetimos, a veces como loros, que el país requiere de recursos importantes para poder ejecutar los programas y proyectos educativos, de salud, sociales, de infraestructura y demás, que requiere para alcanzar un desarrollo adecuado, acercarse a la justicia social y reducir la pobreza. Con ello se han justificado todas las reformas tributarias recientes, a lo cual se ha agregado el que circunstancias fuera del control razonable de nuestros gobernantes (caída en el precio del petróleo y otros “commodities” por ejemplo) han tenido un impacto importante en la economía y han afectado seriamente la consecución y obtención de los recursos esperados.

Y todo ello puede ser cierto. En lo que no reparamos, es en el verdadero mal que orada en las finanzas del Estado y erosiona la capacidad de progreso y desarrollo de Colombia. Me refiero, como tantos otros en estos días, a la corrupción rampante que tenemos en el país.

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Este no es un problema nuevo. Existe desde tiempos inmemoriales, pero en los años recientes ha alcanzado índices francamente escandalosos. Apenas para aterrarse, las cifras divulgadas hace solo unos días por el Presidente de la Cámara Colombiana de Infraestructura. La corrupción en materia de contratación pública en los departamentos y municipios es impresionante.

Por supuesto que, no obstante las promesas de campaña política que se hacen y que siempre se han hecho, no hay ni ha existido una verdadera política y estrategia de largo plazo para combatir la corrupción de manera efectiva. Y al respecto bien pueden saltar los zares y comisionados y asesores y superministros que haya habido o que habrán de ser nombrados para el efecto y criticarme con virulencia y sacar de la manga estadísticas e índices que muestran lo efectivo de sus acciones contra la corrupción y la reducción que la misma ha tenido bajo su tutela. Lo cierto es que la corrupción nos está tragando vivos. Y poco estamos haciendo para salvarnos de este cáncer.

Se surten investigaciones y se castiga a los corruptos en casos muy contados. Ahora, recientemente, más por la inercia que producen investigaciones internacionales, como en el caso de Odebrecht, que como consecuencia de acciones propias locales. Y la verdad, son pocas las entidades públicas que no están contaminadas con este mal. Y todos creemos que la culpa es solo del Estado.

En efecto, el Estado tiene mucha culpa, pero quizás la misma tenemos los particulares y ciudadanos que nos connaturalizamos con las acciones corruptas que se ejecutan en nuestras narices y respecto de las cuales preferimos callar, cuando no es que sacamos un provecho propio. La corrupción se da por supuesto a nivel público, pero normalmente requiere la participación privada, la cual se brinda siempre y de manera generosa.

Podría buscar cifras, índices y estadísticas que apoyen una teoría como que sin corrupción los recursos del Estado no faltarían y muy probablemente no tendríamos que pagar nuevos y más caros impuestos, so pretexto de que falta plata. Así como hay estudios sobre el alcance la evasión (que teóricamente haría innecesarios un montón de impuestos de la cascada de tributos que hoy día aqueja a los colombianos) estoy seguro que habrá cifras sobre lo que del bolsillo de los colombianos se roban o apropian los corruptos.

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Colombia requiere una verdadera cruzada, arrancando por los particulares pues ya sabemos de las limitaciones que tiene el Estado para controlarse a sí mismo, para reducir la corrupción, Y no sueño con acabarla sino, de manera muy conformista y como en la frase tristemente célebre de antaño, con “reducirla a sus justas proporciones”. Como si hubiera proporciones justas a este respecto.

Nos compete a todos denunciar y ejercer nuestros derechos ciudadanos para proteger lo que nos pertenece y lo que nos están arrebatando los malos de verdad. Si, digo los malos de verdad, esos profesionales instruidos, prácticamente todos empleados y además, por nosotros mismos para que trabajen por lo público, autoridades que son, que con una voracidad inusitada se consumen lo de todos, en perjuicio de aquellos a quienes han jurado servir.

En lugar de una verdadera y efectiva lucha contra la corrupción, presenciamos día a día como esa supuesta intención de combatirla se ha convertido en un escenario para que los mismos políticos de siempre posen de moralistas y se echen culpas unos a otros mientras los ciudadanos presenciamos impávidos y sin reaccionar, cómo nos dividen más y más en beneficio de los que tanto mal le hacen al país. Claro que es un tema político el de la corrupción. En sus orígenes apenas. Luego, es un tema jurídico principalmente y lo que merece es que la justicia opere como debe ser y ponga en cintura a los glotones de los recursos públicos.

Recurro pues a los ciudadanos de bien para que despierten antes de que sea demasiado tarde. Si creemos que la lucha contra la corrupción es una responsabilidad eminentemente pública nos equivocamos. Primero porque todos somos parte de la solución y segundo, porque desde lo público esto nunca se va a solucionar.

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