Opinión

  • | 2017/06/27 00:01

    El millonario que se creyó mi Salvador

    Siempre sostuve que quería casarme con un millonario para no tener que trabajar. Hasta que pesqué mi millonario. Hace casi 40 años conocí a un abogado gringo. Nos gustamos, pero no hubo tiempo de desarrollar una amistad porque poco después me casé con mi único marido (qepd).

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Durante estos años nos comunicamos dos veces. El se había divorciado después de diez años de matrimonio y su mujer nunca le permitió volver a ver a sus dos hijas. Bandera roja. Era un abogado muy destacado, pero tenía la costumbre de saltar encima de la mesa cuando algo no le gustaba y rompía los documentos que tuviera en las manos. Al cabo del tiempo se vio envuelto en un escándalo y su licencia de abogado fue suspendida. Pero continuó haciendo aún más dinero a punta de inversiones riesgosas pero exitosas.

Por una casualidad entramos en contacto el año pasado. Por teléfono era muy simpático y parecía inteligente e intelectual, que eran condiciones mías no negociables. Me invitó a un hotel Ritz Carlton en Florida. Yo nunca había estado rodeada de tanto lujo. La habitación costaba US$1.500 la noche. Donde fuéramos el trago y la comida eran gratis e ilimitados. Había piscina para adultos, playa, restaurantes, gimnasio, hot tubs en todas partes.

Las propinas eran de cien y doscientos dólares. Todos en el hotel le rendían pleitesía. Él era bajito, barrigón y muy hablador. Yo no tenía que hacer nada, solo estar ahí escuchando su interminable monólogo sobre sí mismo.

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El segundo día de nuestro encuentro hincó la rodilla en tierra y me propuso matrimonio. Otra bandeja roja. Yo le acepté vivir juntos pero sin casarnos. Todos mis problemas estaban solucionados. Viviría con un millonario en New York, con casa de verano en los Berkshires, Mercedes, una casa de tres pisos y nos dedicaríamos a acompañarnos en la vejez. Estábamos felices.

Sin pensarlo más, viendo como mi sueño se volvía realidad, empaqué todo, incluyendo el carro, y me fui a New York. La casa era un lujo pero había condiciones. No podía entrar con zapatos a la casa porque se ensuciaba la alfombra. Los regueros había que limpiarlos inmediatamente. De día no podía meterme a la cama a leer como suelo hacer. Dejar una luz prendida era una ofensa.

Por la noche el millonario dormía tres horas y me despertaba porque estaba aburrido. Yo, que duermo nueve o diez horas, estaba desesperada. Quería una habitación separada pero mi Salvador –así se refería él a sí mismo- jamás lo permitiría.

Obviamente que Salvador tenía una super camioneta Mercedes a la que se le disparaban todas las alarmas cuando él se montaba. Era pésimo conductor, manejaba por el centro de la calle sin importarle que ocupaba dos carriles. Todo el mundo le pitaba exasperado y él a su vez insultaba y maldecía, lo que me estresaba mucho, especialmente porque era solo una cuestión de tiempo el vernos envueltos en un accidente.

Su pasatiempo favorito era enumerar todas las cosas que me había dado y ponerle precio a todo. Un collar de perlas que me había dado, se lo devolví en medio de una pelea; igualmente me sacó una tarjeta de crédito con un cupo de US$15.000. También se la devolví, no quería deberle nada.

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Pero lo más impactante es que puso mi nombre en algunas de sus inversiones, alcanzando US$8,3 millones. Con ello me manipulaba pero yo sabía que nunca tendría ese dinero. Había días en que se levantaba enojado y buscaba pelea por donde fuera.

Desafortunadamente el Salvador tenía Borderline Personality Disorder, Desorden Fronterizo de la Personalidad, que hacía imposible la convivencia. Esta es una condición mental donde la persona tiene un miedo al abandono tal, que antes que las relaciones sigan, los borderline prefieren terminar ellos las relaciones. Son impositivos, egoístas, controladores y oyen voces que les dicen qué hacer. Me regañaba sin motivos y me hacía sentir miserable.

El Salvador había buscado toda referencia mía en internet y me criticaba por mis artículos. Sobre todo que ya había escrito sobre él, en forma burlona y no me lo perdonaba. Al sexto día se levantó nuevamente regañándome porque no cerré bien la puerta del carro. Yo le hice una mueca que no le gustó y estalló: a grito pelado me decía que me tenía que ir, él no soportaba mi deseo de independencia.

Me di cuenta que la cosa iba en serio. Me dio miedo de que me pegara o algo peor. Él mismo me botó de la casa a las 6 pm sin la posibilidad de llamar a un hotel primero. Empaqué unas pocas cosas, el resto lo empacaría al día siguiente y me fui a un hotel a once millas de su casa.

Al día siguiente me llamó a decir que ya todas mis cosas estaban empacadas, que fuera a recogerlas. Yo tenía miedo de otra escena y llamé a la Policía para ir acompañada. Todas mis cosas estaban en la acera, en las maletas originales y en bolsas de basura negras. Me las pusieron en el carro y me fui para siempre.

Obviamente que Salvador se arrepintió al día siguiente y quería que volviera. Yo no quise. Despaché el carro con todas mis pertenencias al otro lado del país y conseguí un pasaje. Los gastos subieron a US$5.000 pero este hombre no quiso pagarme nada. Siguió escribiéndome, culpándome de la echada. Yo lo bloqueé en el teléfono y computador. No supe más de él. 

Mi sueño de casarme con un millonario se fue al suelo. Duré seis días con él. Me di cuenta que el dinero no hace la felicidad. Este personaje se odiaba a sí mismo y era infeliz. Definitivamente no me puedo casar a cambio de heredar una fortuna. Después de esta experiencia cierro mi vida sentimental y decido más bien quedarme soltera. Si quiero dinero, lo tengo que hacer yo. El precio es demasiado alto.

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