Opinión

  • | 2016/06/09 00:01

    El directivo es sobre todo… ¡Un político!

    La dirección de una empresa y, en términos generales, de una organización es un acto político. El problema es que hemos reducido la política, el arte de gobernar, a un acto mecánico de búsqueda, adquisición y mantenimiento del poder.

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En realidad, la política -como pensaba Aristóteles- consiste en gobernar organizaciones de cara al bien común. Lo más decisivo en la política es la gobernabilidad, la cual redunda en la capacidad del gobernante de contar con la aceptación y la legitimidad de su gente.

Lo primero es entender que el mecanismo por excelencia para gobernar es el poder que no es otra cosa sino el logro del acatamiento. Cuando el directivo no logra el acatamiento se dice comúnmente que en esa organización la gente “hace lo que quiere”, dando a entender que es caótica.

¿Cómo lograr el acatamiento de los empleados hacia los directivos? Para responder, hay dos caminos: el fácil y el difícil. En primer lugar, el camino fácil consiste en el ejercicio del poder y la coacción que otorga la jerarquía en la empresa, lo que se conoce como el poder del jefe: se hace y punto. En segundo lugar, el camino difícil tiene que ver con el proceso de logro de la legitimidad de quien dirige. Gracias a esta aceptación, quienes son dirigidos actúan por convicción propia. Estos dos caminos fueron ampliamente descritos por los antiguos bajo la distinción de Potestas y Auctoritas.  

A primera vista, dirigir desde la Potestas muestra resultados en el corto plazo pero en el largo tiene como consecuencia que, al obrar desde la coacción o el miedo, la persona pierde el interés, quedan heridas, se pierde la confianza y baja la moral de la persona con respecto a su propio trabajo. En cambio, la dirección desde la Auctoritas expande las potencialidades de la persona, aumenta el querer hacia la misión de la empresa y sobre todo, se compromete en su totalidad: cuerpo y alma.

La Auctoritas está precedida por la legitimidad del directivo, es decir, la aceptación que todos tienen de él y el merecimiento de estar en la posición que ocupa. Para lograr la legitimidad, cuya tarea es ardua, el directivo debe ser un reflejo interno para los demás. Su integridad, normas internas de excelencia y liderazgo personal determinarán el acatamiento pleno de su autoridad. ¿Cuándo reconocemos que un directivo ha logrado la Auctoritas? En el momento en el que se logra, siguiendo a Pérez López, el elemento más “difícil y decisivo del poder: llegar a ser innecesario para la consecución de resultados que, en un principio, tan solo pudieron ser alcanzados con la ayuda del poder”.

La efectividad en el ejercicio del poder, esto es, el logro del acatamiento hacia el directivo es una tarea difícil porque involucra la libertad humana que, como se sabe, es impredecible y sobre todo es el reflejo de la persona con sus pensamientos, sentimientos y aspiraciones.   La dificultad radica en que el querer de la persona depende de ella misma. Como ejemplo bastaría lo que pensaba Cervantes ante sus enemigos: “me obligarán a pasar la noche en la cárcel; pero a dormir en ella nadie puede obligarme”.

 ¿Qué hacer para mejorar nuestra capacidad política?

Lo primero es reconocer que a gobernar (a dirigir) se aprende mediante la experiencia. En otras palabras, dirigir implica una observación muy detallada de la manera como dirigimos, las decisiones que tomamos y, sobre todo, la manera cómo llevamos las relaciones verticales y horizontales. La clave está en convertir la rutina directiva en experiencia, lo cual se consigue mediante el aprendizaje y la reflexión. En este sentido, el directivo debe hacerse el autoexamen diario en el que se pregunte: ¿Qué hice bien?, ¿qué hice mal?, ¿qué puedo mejorar?

En segundo lugar, toda acción y decisión del directivo es un mensaje para toda la organización. Recordemos que el directivo se comunica siempre y, en ocasiones, verbaliza.  Por tal motivo, el mayor reto de un directivo es transmitir la coherencia entre sus palabras y sus acciones. En este sentido, su imán es la integridad y la capacidad de demostrar con sus acciones y madurez la razón por la cual fue nombrado como número uno de la organización. En consecuencia, el liderazgo es algo que surge de dentro hacia fuera. Para gobernar a otros se requiere de una fuerte preocupación por el enriquecimiento de la vida interior y del crecimiento personal.

En tercer lugar, un buen político debe aprender a leer muy bien a los demás lo que significa reconocer las motivaciones de las personas, sus intereses e incluso el lenguaje no verbal de las personas. En igual sentido, resulta imprescindible aprender a vivir las contradicciones de la vida en las organizaciones. Ello implica descubrir agendas ocultas, intrigas, luchas y celos. Por lo tanto, es necesario reconocer estas dinámicas como normales y, más bien, convertirlas en objeto de gestión.

En conclusión, debemos desmitificar la política en las organizaciones. Más que algo deseable o indeseable es, sobre todo, la realidad humana. Donde hay dos personas, hay política porque hay mando y poder. El secreto del éxito radica en que los directivos deben aprender a reconocer la política y aprender a ser políticos sin sonrojarse y sin sentimientos de culpa porque, en última instancia, la finalidad de la política es el bien común.

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