Opinión

  • | 2016/10/28 00:01

    El dilema del prisionero

    Cuando el egoísmo destroza al grupo.

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Casi todos conocemos la película ganadora de cuatro premios Óscar “Una mente brillante” (protagonizada por Russell Crowe) que cuenta la vida de John Forbes Nash, ganador del Premio Nobel de Economía en 1994 por su contribución a la Teoría de Juegos, la cual define estrategias óptimas con modelos matemáticos para estudiar interacciones en estructuras formalizadas de incentivos. Fue mi asignatura favorita en la universidad y logré obtener la máxima calificación.

Los economistas por lo general explicamos el pasado y a veces predecimos el futuro. Una de las herramientas más importantes para lograrlo es el equilibrio de Nash. El ejemplo más conocido es el dilema del prisionero: dos delincuentes en celdas separadas se enfrentan a la misma oferta. Si ambos confiesan el asesinato, cada uno cumplirá seis años de cárcel. Si uno niega el crimen mientras el otro confiesa, entonces el informante se queda libre mientras que el otro permanecerá diez años en prisión. Y si ambos permanecen en silencio, cada uno de ellos estará sólo un año encerrado:

Está claro que la mejor opción para los dos es permanecer callados, aunque también es la más arriesgada (si el compañero le traiciona, pasará mucho tiempo en la cárcel). No obstante, aunque para el bien común lo mejor es que cooperen, al final traicionar es lo que minimiza pérdidas, pues ofrece la posibilidad de salir libre o, en el peor de los casos, de tener una condena menor si el compañero también confiesa.

El equilibrio de Nash ayuda a los economistas a entender cómo las decisiones que son buenas para el individuo pueden ser terribles para el grupo. Esta tragedia explica la sobrepesca en los mares y por qué emitimos demasiado carbono a la atmósfera. Pero también ayuda a los políticos a encontrar soluciones a problemas difíciles. En el año 2.000, el gobierno británico vendió sus licencias 3G para móviles por US$35.400 millones. Su truco consistió en tratar la subasta como un juego y modificar las reglas para que los licitadores hicieran ofertas alcistas. El equilibrio de Nash sustenta la microeconomía moderna porque permite a los economistas elegir a ganadores y perdedores. Es fácil ver el porqué.

Hace unos días me detuve en el Museo del Prado a ver un cuadro de Goya: “Saturno devorando a un hijo”. Es la representación del miedo a perder el poder. En la mitología, cuando Saturno pensó que sus hijos podrían destronarle en el futuro, ordenó a su esposa Cibeles que se los trajera para matarlos, pero uno de ellos (Júpiter) logró vencerle.

Análogamente, hace años Kobe Bryant lanzó un órdago a Los Angeles Lakers que acabó con Shaquille O’Neal ya que exigió al club de la NBA que se decantara por uno de los dos. Recientemente en su retirada Bryant se arrepintió: “yo era un idiota cuando era un muchacho”. Su egoísmo perjudicó al club y O’Neal manifestó: “Definitivamente, yo no quería irme de L.A., pero ya sabes cómo tienes que hablar cuando estás en negocios”. O’Neal incluso ha dicho que, de haberse quedado en el quinteto angelino, habrían ganado varios campeonatos más.

Algo parecido sucede en las empresas en la actualidad. A pesar de que un buen líder debe procurar captar el mejor talento para la organización en la que trabaja, por desgracia muchos directivos prefieren descartar a los profesionales muy cualificados por miedo a que les quiten protagonismo y les desplacen en el futuro. Es un claro ejemplo de que el interés personal afecta al de la compañía.

Por ello traigo a colación una de mis frases favoritas de Steve Jobs: “No tiene sentido contratar a personas inteligentes y después decirles lo que tienen que hacer. Nosotros contratamos a personas inteligentes para que nos digan qué tenemos que hacer”.

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