Opinión

  • | 2017/02/10 00:01

    Educación y pobreza, escuela con sentido crítico

    Uno de los problemas más graves de la sociedad colombiana es que no existe, en la escuela y en los maestros una formación de los estudiantes crítica frente a lo que atenta contra la dignidad, la inequidad y la vida humana.

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Este hecho se produce, la mayoría de las veces, por miedo relacionado con la violencia política, la corrupción, la delincuencia, o por desconocimiento.

Pregunto: ¿cómo vivimos, como si nada pasara, en uno de los países más inequitativos del mundo? Con un Gini de 54%, Colombia se ubica como el 14º país con mayor desigualdad dentro de 134 observados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud).

La inequidad se refleja en la pobreza monetaria; según el DANE, para el periodo de julio de 2014 a junio de 2015, quienes son pobres en Colombia representaban el 28,2% de su población, es decir, el país sabe que para más de 13 millones de colombianos, sus familias no reciben ingreso necesarios para adquirir los alimentos y otros bienes no alimentarios, para tener un nivel de vida básico decente.

Y qué no decir del 7,9% de quienes viven en pobreza extrema, cerca de 4 millones de personas, cuyos ingresos no alcanzan para adquirir los alimentos para la sobrevivencia. Duro reconocer frente a estas cifras de pobreza, la corrupción, según la Revista Dinero, costó alrededor de $189 billones entre 1991 y el 2010, el equivalente al 4% del PIB del país durante esos 19 años.

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La escuela y los maestros conocen que la desigualdad económica impide el acceso a otros servicios como la cultura, la información o a servicios de mejor calidad como la salud o la educación. Jorge Sequeira, Director de la Oficina Regional de Educación de la UNESCO para América Latina y el Caribe, sostiene que la falta de servicios sociales de calidad permite que la desigualdad permanezca. Agrega que “de todos los servicios sociales, el que contribuye más a mitigar la desigualdad es la educación: un derecho que habilita el ejercicio de otros derechos”

La escuela y los maestros deben formar y educar con respecto a los problemas de hoy de la sociedad, del país y del entorno donde viven los estudiantes. En algunas regiones los maestros por miedo a los violentos no hacen uso de la crítica, ellos tienen que eludir los problemas más relevantes de sus municipios o departamentos, los que inciden en el bienestar de las personas, en el desarrollo de ciudadanía y en los derechos de las personas. 

Los maestros y quienes trabajamos en educación tenemos la responsabilidad de avanzar en la calidad de la educación pública y privada, este es un primer camino para generar mejores posibilidades de igualdad y un sentido ético de la vida humana.

Además, la paz, que empezamos a consolidar, debe ser una oportunidad para que en las escuelas, sin miedo, se estudie de manera critica la existencia de problemas cercanos al entorno social y a la vida de los estudiantes, tales como la inequidad, la corrupción, el cuidado del medio ambiente, la cultura de la ilegalidad y del atajo, así como la necesidad de contar con un Estado con una institucionalidad que funcione y gobiernos probos.

En el proceso de formación de los niños y adolescentes la escuela tiene la obligación moral de promover en los estudiantes un conocimiento crítico a partir de la capacidad humana de dudar, de razonar, de preguntar, y por lo tanto, de investigar y de buscar respuestas lo más objetivas posibles. Como diría Hannah Arendt: formar para una aptitud por la verdad, pero siempre con duda.

No hay verdades reveladas, anoto que no siempre lo cuantitativo -las encuestas, los datos, los modelos econométricos, entre otros- es evidencia y verdad, pues también pueden ser objeto de manipulación y se pueden sesgar. No se nos puede olvidar que la mayoría de las veces se preparan con objetivos específicos, en ese sentido, dudemos.

La escuela a través del conocimiento y la búsqueda de la verdad debe enseñar a sus estudiantes a criticar y a valorar lo positivo de la vida humana, igual estudiar y analizar lo que atenta contra el desarrollo pleno de la persona.

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La escuela y sus maestros deben aceptar que lo humano es diverso y complejo, que no todo es ciencia demostrativa que puede existe un pensamiento crítico de un docente o de un estudiante frente a la desigualdad que se apoya en una ideología, una creencia religiosa, o una manifestación contra el poder, lo cual, en principio, no está mal si se produce con el propósito de un mejor bienestar humano.

Por ejemplo, conozco colegios católicos y cristianos de buena calidad que forman a partir de sus creencias, pero con un enorme sentido crítico frente a la desigualdad o a las injusticias humanas, dignos del mejor aplauso.  

Lo que está mal es que la escuela no enseñe competencias ciudadanas y otras por miedo, y prepare a los estudiantes para pruebas y evaluaciones en ciudadanía lejos del contexto en el que viven los estudiantes.

Grave para el desarrollo social y del país que los docentes y los jóvenes desconozcan o eludan realidades problemáticas del país y de su entorno. Si ello ocurre estamos perpetuando las actuales condiciones de vida, nos acostumbramos a la pobreza, corrupción y desigualdades de todo tipo y no pasa nada. Por ejemplo, siempre elegimos a los mismos y en la televisión, las series con los peores ejemplos de la vida humana obtienen las más altas sintonías.

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