Opinión

  • | 2017/05/25 00:01

    La dirección por virtudes: un modelo de self-management

    Si somos más prudentes, seremos más ecuánimes y menos emocionales y, especialmente, ganaremos en madurez porque no seremos impulsivos o precipitados para actuar.

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Todos tenemos objetivos y metas. Sin embargo, muchas veces no alcanzamos esas metas porque se nos olvidan, nos devora el día a día o, simplemente, al perseguirlas desequilibramos nuestra propia vida. Por ejemplo, dedicamos mucho tiempo al trabajo y logramos algunos objetivos pero nuestra vida familiar o personal puede llegar a ser un desastre. Fruto de esta reflexión, me he preguntado por un método o camino que nos ayude a conseguir de manera equilibrada y plena nuestras metas. El modelo de self-management podría ayudarnos a alcanzar una vida mejor.

El camino para lograrlo parte de una necesidad que consiste en forjar hábitos personales, que son la disposición para actuar de cierta manera, como resultado de la repetición de actos iguales o semejantes. Esto quiere decir que un acto bueno, aquel que nos hace mejores personas, fruto de la repetición, puede autogobernarnos (sin que nos demos cuenta), generando conductas positivas que nos acercan de la excelencia humana.

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En consecuencia, ¿cuáles son los hábitos positivos que puede realizar una persona en el camino hacia su automejoramiento? La respuesta es sencilla y, a la vez compleja: depende. Por ejemplo, Banjamin Franklin, en el siglo XVIII en los Estados Unidos, definió 13 virtudes. La idea de Franklin era que cada persona se ejercitara en una virtud a la semana y llevara un registro personal de sus logros en el cumplimiento de esa virtud. Por ejemplo, en la virtud del orden, Franklin aludía a que “todas tus cosas tengan su sitio; que todos tus asuntos tengan su momento”.

Posteriormente, en el siglo XX, Stephen R. Covey, basado en Aristóteles, creó un modelo de dirección personal llamado “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, donde definió los principales hábitos para una vida más efectiva, tanto en el plano personal como en el profesional.

Estos autores nos llevan a la conclusión que toda su antropología, su visión de la persona, está muy ligada al éxito económico o individual y, por el contrario, está muy desligada de otros aspectos integrales de la persona humana, por ejemplo, el bien de los demás. Por esta razón, indagando, encontré un modelo más completo de la dirección personal de la propia vida: las virtudes cardinales, que el pensamiento clásico resumió en cuatro, las cuales integran el resto de virtudes que nos ayudan a llevar una vida más plena e integral: la prudencia, la fortaleza, la templanza o moderación y la justicia.

La prudencia es el gobierno de sí mismo

A primera vista puede ser anacrónico gobernar la vida basados en las virtudes. Sin embargo, si tenemos una mirada más profunda descubriremos que estas virtudes significan algo más de lo que convencionalmente creemos. Por ejemplo, la prudencia no solo es cautela o previsión sino que también significa dirigir nuestra vida a partir de las buenas decisiones que tomamos.

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El ciclo de la prudencia para tomar las decisiones más importantes de nuestra vida se resume en cuatro pasos:

  1. Los hechos y las evidencias y el diagnóstico del problema
  2. La deliberación, el pedir consejo
  3. La decisión
  4. El poner por obra lo decidido.

Si somos más prudentes, seremos más ecuánimes y menos emocionales y, especialmente, ganaremos en madurez porque no seremos impulsivos o precipitados para actuar.

 La fortaleza como la virtud de las tareas arduas

Luego, viene la virtud de la fortaleza que es la capacidad de una persona para acometer una tarea ardua, que requiere esfuerzo y perseverancia para insistir y resistir. Es la fuerza y el vigor que necesitamos cuando queremos desfallecer. La fortaleza nos ayuda a no escoger únicamente los caminos fáciles y menos transitados y, sobre todo, nos guía en los momentos en los que la voluntad quiere hacer lo que las emociones indican, desatendiendo lo que manda la inteligencia.

Esta es una virtud para entender que la vida es lucha, sacrificio y que si queremos alcanzar un objetivo, normalmente, el precio es el esfuerzo. Esta es la verdadera virtud para nuestros tiempos en que todo lo queremos fácil y rápido. Cuando no desarrollamos la fortaleza vienen las contrariedades y dolores de la vida; nos venimos abajo.

 La templanza o la moderación como señorío de sí mismo

La virtud de la templanza o de la moderación tiene un significado que proviene de medida; medida del placer. Aristóteles señalaba que el fin de la vida no era el placer, la riqueza o el prestigio. Si bien se requieren para una vida mejor, no son la garantía de más plenitud y felicidad. Por tal motivo, el placer, que es un bien, debe vivirse con moderación porque las pasiones o las emociones pueden terminar por gobernar a la persona y esta perdería el dominio de su vida y sus decisiones. En última instancia, la persona pierde la capacidad de tomar sus decisiones y podría actuar bajo la influencia de una droga, una adicción o un vicio.

 La justicia o buscar el bien del otro

La justicia es el deber que tenemos frente a los demás. Es una virtud que nos lleva a la renuncia del propio interés en todas nuestras actuaciones. Gracias a la justicia somos capaces de reconocer el deber que tenemos con los demás y, concretamente, con la sociedad. Es la virtud del otro; la más difícil de practicar debido a la presión individualista. Por el contrario, nos invita a salir del egoísmo y buscar maneras de trabajar por el bien de los demás.

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Como se observa, el modelo de dirección por virtudes nos puede cuestionar cómo estamos conduciendo nuestra propia vida. Sin duda, nunca llegaremos al ideal humano de la perfección. Sin embargo, lo que vale es la lucha y la determinación por ser mejores cada día.

Mantengamos las cuatro virtudes presentes en nuestra vida y hagamos diariamente el propósito de mejorar en cada una y, luego, al finalizar la jornada evaluémonos, tomemos el pulso en cada virtud (como quien lleva la contabilidad de un negocio).

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