Opinión

  • | 2017/12/01 00:01

    Desconectados, desregulados y desconfiados: así nos enfrentamos a la economía digital

    A propósito de las recientes declaraciones del Ministro TIC, David Luna, sobre la legalidad de Uber y otras plataformas de intermediación digital, la cuestión de fondo es ¿cómo estamos pensando el avance del país en el marco de la economía digital?

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Las madres se empeñaron en decirnos que no habláramos con extraños, que no les recibiéramos nada y mucho menos que nos subiéramos a sus carros; hoy, hacemos lo contrario sin siquiera pestañear. Este es el ejemplo que se está usando a nivel mundial para demostrar cómo cambiaron los usos que le damos a la tecnología y la forma en que nos relacionamos a través de ella. Sin embargo, que estemos más conectados no quiere decir que estemos preparados para una economía digital.

De acuerdo con la Cepal, la economía digital “está constituida por la infraestructura de telecomunicaciones, las industrias TIC (software, hardware y servicios TIC) y la red de actividades económicas y sociales facilitadas por Internet, la computación en la nube y las redes móviles, las sociales y de sensores remotos”. Es decir, una economía basada en el intercambio que facilita Internet, una economía que solo para los países del G20 sumó US$4,2 billones en 2016, y que proyecta un crecimiento del 18% para los países en desarrollo y del 8% en los países desarrollados, según estima el ICANN.

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Sin embargo, a pesar de que Colombia es uno de los líderes en la región en materia de infraestructura y de apoyo a los emprendimientos de base tecnológica (startups), como país pareciera que no estamos preparados para afrontar los retos de la economía digital, y el claro ejemplo de esto es el debate sobre la legalidad de aplicaciones como Uber.

Nos desconectamos del contexto global. Bajo la lógica de generar "políticas públicas activas, innovadoras e integradas", la Ocde promueve la adaptación de los países hacia la economía compartida, base de la economía digital. Aunque el discurso en Colombia promueve la inclusión del país a economías de primera escala, resulta contradictorio que hoy, por parte incluso de entidades de gobierno, se intente frenar el avance económico del país en línea con las tendencias globales, basados en un aparente desconocimiento del rol decisivo del ecosistema digital en este proceso.

El mundo está más conectado que nunca, y no solo se trata de cables y dispositivos, hablamos de la generación de nuevos vínculos basados en el principio de colaboración que enmarca a los modelos económicos derivados de Internet. Del mismo modo que evolucionamos de consumidores a productores de contenidos en digital (publicando ‘likes’ o comentarios en redes sociales, para poner un ejemplo hoy practicado por casi todos), también evolucionamos de clientes a proveedores de conocimiento, habilidades, productos y servicios que circulan en un mercado intermediado por todo tipo de plataformas.

La economía digital hace que las interacciones virtuales tengan valor en el mundo real. Desconocer el aporte económico de lo digital sería negarnos la posibilidad de abrir nuevos mercados para las grandes industrias, pero también sería cerrar la puerta al potencial de los micro-emprendedores del país, aquellos que hoy comercializan sus productos a través de grupos en redes sociales o aquellos que potencian el valor de los bienes subutilizados.

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Pero estamos desregulados, y ese sí es un verdadero problema. Las legislaciones del mundo, por no decir solo la colombiana, están décadas atrás frente a los avances de la tecnología y los nuevos modelos económicos. Esto es una verdad que ha estado sobre la mesa en todos los debates relacionados con los efectos de posibles bloqueos de Internet o de aplicaciones específicas. El punto es: ¿qué vamos a hacer? La historia confirma que la prohibición no es una buena salida, el desafío para los legisladores es avanzar la regulación hacia formas más compatibles con los nuevos modelos de negocio.

Todos queremos una economía digital regulada desde la coherencia frente a las amplias posibilidades que abre internet. Entonces, aquí además de los derechos al trabajo, la seguridad o la libre creación de empresa, entran en juego tres conceptos clave en el ámbito digital: lo público, lo privado y lo abierto. Los dos primeros equivalen a una extensión de lo habitual en el mundo real, pero la noción de abierto genera otros debates y otras implicaciones. En Internet es público el conocimiento que se comparte bajo esquemas de copy-left, por ejemplo; lo privado pueden ser los datos alojados en las redes internas y nubes privadas de las compañías; pero lo abierto alberga aquello a lo cual podemos acceder por decisión, aunque no puede juzgarse como derecho de todos  porque sigue estando atado a ciertas limitaciones (conectividad, dispositivos, perfiles profesionales, intereses particulares, tarjetas de crédito, etc.), hablamos de Facebook, Twitter, Whatsapp, Uber, junto al extenso listado de servicios y plataformas que pueda imaginar.

Al final, el problema es que desconfiamos. Las economías colaborativas, y en consecuencia la economía digital, se basan en la confianza. Rachel Bostman, reconocida analista en estos temas, señala que con el avance de Internet tuvimos que replantear las formas de construir confianza, primero al compartir información con otros (qué publicamos en redes), al compartir nuestros datos bancarios (transacciones en línea), y ahora, confiamos en que desde Internet se hagan posibles asuntos del mundo análogo (tareas domésticas, domicilios, transporte).

Lo digital implica conexiones y, en un mundo sobresaturado de información, lo significativo de esas conexiones es la clave del avance de la sociedad. Para ello es necesario generar compresiones conjuntas, en todos los ámbitos sociales, organizacionales e institucionales, sobre el uso y las posibilidades que abre la web, esto se conoce como apropiación digital; pero también supone entender, prepararnos y asumir como sociedad que el mercado cambió con Internet, donde los negocios van de consumidor a consumidor – C2C – y la nueva moneda es la reputación de cada uno de ellos.

Como nunca antes, Colombia está pasos delante de la línea de frontera en materia de economía digital, pero tenemos la necesidad de definir el camino que queremos seguir: nos quedamos con la desconfianza que abre el desconocimiento de los alcances de la transformación digital y regulamos en contra de su avance, o damos pasos firmes hacia un futuro más colaborativo y conectado.

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