Opinión

  • | 2014/12/01 16:00

    Probando fuerzas

    Hace más o menos tres meses quise saludar a mi buena amiga y periodista Gisselle Aparicio para averiguar por su salud. Desde hace varios años ella lucha contra un cáncer de tiroides que no ha podido ser erradicado del todo. Opinión de Will Vargas.*

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La conocí hace casi 20 años en unos Juegos Deportivos Nacionales, cuando yo hacía parte de la Selección Bogotá de triatlón y ella de la Selección de Baloncesto. Desde ese entonces hemos mantenido contacto y compartimos algunos amigos en el deporte. Luego de saber sus dificultades de salud le hablé por un chat y como si estuviera planeado terminamos hablando de la posibilidad de que comenzara a entrenar atletismo con mi grupo GoodWillRunner, y por qué no, de viajar como parte del equipo a la maratón de Buenos Aires.

A ella le sonó interesante como buena deportista que siempre ha sido pero a la vez manifestó mucho miedo por no poder con la carga de entrenamientos y la competencia en sí. “¿Correr 42 kilometros? … es una locura!”, decía.

Dos días después de nuestra charla virtual, a las 6 de la mañana en el Parque El virrey, estaba en su primer entrenamiento absolutamente expectante de lo que iban a ser las 14 semanas antes de la competencia.

Esos días fueron emocionantes, pero a Gisselle le dolía todo: las plantas de los pies, los tobillos, las rodillas, los músculos… todo! Ella no se daba cuenta, tal vez, que su rendimiento iba mejorando y que en cada entrenamiento la hacía más fuerte. Todos los GoodWillRunners la apoyamos con ejemplo y disciplina hasta que poco a poco la “engomamos” en el atletismo.

Antes de viajar apenas tuvo tiempo de participar en dos carreras cortas y de lograr 24 kilómetros como mi máxima distancia en entrenamiento. Y así, sin mucho más, nos fuimos a correr el famoso Maratón de Buenos Aires.

Y mejor dejo que sea ella misma la que cuente la experiencia de su primer maratón. Yo solo les digo que cuando llegó a la meta, fui nuevamente un “coach orgulloso”.

MARATÓN DE SENTIMIENTOS (por: Gisselle Aparicio)

El día de la carrera todo era nuevo para mí. La logística y la parafernalia previa me apabullaron un poco porque el evento era realmente grande. Se presentaron atletas de todo el mundo y varios de los mejores del continente buscando batir marcas. Todos sabían que hacer en los minutos previos menos yo, que solo estaba ahí de pie en la mitad de una marea de 12 mil personas esperando la largada con más dudas que certezas sobre lo que iba a pasar con mi organismo cuando llegara al límite de sus fuerzas.

A las 7:30 a.m. se dio la largada y arranque a correr, con calma porque el reloj y el tiempo no eran mi prioridad. El objetivo era terminar la carrera en buena forma y en eso me concentré. Pasaba y pasaban atletas con más velocidad a mi lado y por un momento llegue a creer que iba a ser la última persona en cruzar la meta. Sin embargo la carrera va regalando referentes, compañeros ocasionales durante varios tramos del recorrido y una idea clara del ritmo que se debe mantener para llegar al objetivo.

Mi paso lento comparado con muchos, me dio tiempo, y lo digo sin pena, de hacer un poco de turismo visual y disfrutar del entorno. La primera maratón creo que permite darse ciertos lujos como buscar algo que distraiga para no sufrirla e incluso tratar de conversar con los demás atletas sobre las sensaciones que uno va experimentando kilómetro tras kilómetro. Vi varias personas que corrieron con sus teléfonos celulares en la mano y que sin dudarlo paraban en cada esquina para tomarse la foto del recuerdo. Pasarla bien era para muchos la prioridad y creo que fue una buena estrategia, porque para quienes no llevamos teléfono, ni cámara, ni música, el cansancio no fue divertido después del kilómetro 32.

En un momento solo quería sentarme en un andén a llorar mi dolor en las piernas o caminar hasta otra calle donde pasara un taxi que me llevara al hotel, pero ya en el kilómetro 34 habría sido un verdadero acto de cobardía desistir. Sabía que mi cuerpo tenía arrestos para llegar a la meta y que era mi cerebro era el que estaba dando la orden equivocada. Así que apelé al instinto y a la inercia y puse la mente en otra cosa. Canté mentalmente, recordé cosas de la infancia, oré bastante y pensé en las personas que durante estos 5 años de lucha contra el cáncer me dieron su voz de aliento. Y santo remedio!

Cuando me di cuenta estaba en el kilómetro 40 y solo escuchaba la misma expresión de la gente que estaba mirando la carrera: “Ya está muchachos… ya está… dos kilometro y se acaba… ánimo”

Crucé la meta y con la misma calma con la que arranque y dije: “Prueba superada… gracias Dios”. Caminé más de 100 metros hasta el punto de entrega del chip electrónico, recibí mi medalla y solo quería encontrarme con mi coach para darle un abrazo. Me estaba esperando en una carpa cercana a la meta, nos miramos, nos reímos, nos abrazamos y en ese momento me di cuenta que correr una maratón nunca fue una locura como yo lo pensé durante todo este proceso.

Mis otros compañeros del equipo habían llegado mucho antes a la meta y se había ido al hotel. Cuando llegue a mi cuarto mis “room mates” Catalina Palacios y Ana María Ramirez, grandes atletas, me abrazaron y dijeron algo que resumió muy bien lo que había logrado: “Gisse… eres maratonista!”.
Durante un par de días no pude ni moverme. Los músculos sintieron el esfuerzo y se reusaban a seguir en marcha. Solo caminar por las calles de Buenos Aires me fue dando alivio y unos días de descanso allí fueron la mejor recompensa a tantas horas de “sufrir” el maratón.

Así terminó la historia, tal vez la menos importante de todas, pero para mí fue toda una hazaña y con esa sensación me quedo. Para la próxima seguramente iré más esclava del reloj y con la ineludible obligación de mejorar la marca personal. Pero hoy, sin haber corrido una segunda maratón, podría asegurar que esta, la de Buenos Aires, habrá sido la mejor de todas porque me dio la oportunidad de vencer miedos, probar mis fuerzas y recuperar vida.

*Coach Good Will Runners
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